Antes de nada...



Ni el Jardín de Balamb, ni Moltres ni muchos de los personajes, situaciones, lugares, objetos y conversaciones y que aparecen en este blog me pertenecen y en ningún momento doy ninguno de ellos por propio.
Por lo tanto, no plagio nada. Yo solo soy dueño de este blog.

19 de febrero de 2013

XXXIV: Al borde de la Muerte




Buscar una aguja en un pajar no es tan difícil como suena, porque tienes una idea definida de lo que estás buscando. Encontrarla puede resultar tan sencillo como utilizar un imán lo suficientemente potente como para atraerla, separándola de la paja. No es difícil, pero sí algo estúpido. Es más fácil conseguir una aguja nueva que un imán con la suficiente potencia.
En cualquier caso, no es difícil encontrar si sabes lo que estás buscando. Pero es muy distinto estar en medio de un pajar y no saber lo que buscas. ¿Qué haces? ¿Hundes las manos entre los montones de paja intentando encontrar algo que no sabes que estás buscando? Podría ser una aguja lo que buscas, podría ser una piedra, o podría no ser ninguna de las dos cosas, pero durante la búsqueda quizá te claves algunas agujas y te golpees con algunas piedras.
Toda esta metáfora viene a que, después de un par de semanas, no había conseguido ninguna información sobre el país del que Ryuzaki me había hablado. Y cada vez que estaba a punto de ocurrírseme algo (o según diría Ryuzaki, recordarlo), se desvanecía de mi mente. Era como mirar una de esas ilusiones ópticas: al fijar la vista en un punto es cuando el cerebro crea las ilusiones, pero al moverla, la ilusión desaparece.
No quise contar a Leta nada sobre el tema, me limité a hablarle de la parte de la conversación referente a Moltres. Me contestó que había decidido darle a Kirin a Ryuzaki. No podía haber estado más de acuerdo con ella.

- ¿Y qué pasa contigo? – me preguntó -. ¿Te vas a quedar con Moltres sabiendo que es peligroso?
- Puedo apañármelas. Recuerda que mi especialidad es el Hielo. Teniendo el fuego de Moltres no habrá quien pueda conmigo.
- Pero quizá me habría sido de utilidad quedarme yo con Kirin. O habérselo dado a Kei.

Kei seguía hablando con Aqua de vez en cuando, aunque con menor frecuencia que antes. Supuse que le dolería tener que hablar con ella a distancia, además de seguir sin noticias de su padre.
A veces me cruzaba con Belazor por los pasillos. Me limitaba a mirarle con odio un segundo y a apartar después la mirada para que su asquerosa cara no me desagradase la vista. Él ya no me suplicaba perdón por algo que jamás había tenido importancia, pero murmuraba algo cada vez que me veía. No conseguía entender qué, pero me traía sin cuidado.

- SeeDs del futuro, suficiente por hoy – anunció la voz de Shantotto tras el entrenamiento del día, sacándome de los recuerdos -. Tengo un mensaje para vosotros, acercaos y os lo doy.

Los entrenamientos se hacían cada vez más duros, aunque con el conflicto mental que tenía, el ejercicio físico era casi un alivio, incluso teniendo que levantarme a diario entre las 5 y las 7 de la mañana y acabar sudado y con la vista nublada. Pero al menos ya no jadeaba al terminar, ni me temblaban las piernas al andar. Era un avance importante desde el principio del trimestre.
Todos los presentes nos acercamos a ella y nos colocamos en fila, esperando escuchar su mensaje.

- Sé que Junio aún está lejano, y que la primavera apenas ha empezado. No obstante, que realicemos un simulacro ha sido planeado.
- ¿Un simulacro?
- ¿De qué? ¿De incendio?
- ¡De amenaza terrorista! ¡El Jardín lleno de monstruos!
- Ya deberíais haber aprendido que nadie me interrumpe sin recibir su merecido – Shantotto extendió los brazos y cayeron varios rayos del cielo, que golpearon a los estudiantes que habían hablado. Tragué saliva, sintiéndome intimidado -. Como iba diciendo, mañana se realizará el simulacro. No se os dará datos sobre objetivos o villanos hasta mañana, en el previo momento de descanso. Es todo.
- Ya era hora de hacer un examen de esto – dijo Kei mientras nos íbamos.
- Si es que ha querido decir eso. Sigo sin entenderla a veces.
- ¿De qué crees que será el examen?
- Ni idea. ¿Liberar a un pueblo invadido por un ejército?
- Tío, no te pases. Que ni siquiera estamos graduados aún.
- ¿Te imaginas? ¿Habría alguien tan imbécil como para mandar a una panda de chavales de 18 años sin graduar para luchar contra un ejército hecho y derecho?
- Me pitan los oídos – dijo el director Cid, que salía del Jardín y se acercaba a nosotros mientras se rascaba frenéticamente el oído -. Buenos días, muchachos.
- Buenos días, señor director.
- Decidme, ¿ya habéis terminado la clase de hoy?
- Sí, señor. Nos han informado sobre el simulacro de mañana.
- Ajá. Bueno, voy a hablar con Shantotto. Y vosotros, a desayunar. Creo que hoy dan bollos de crema de avellanas con los cafés. ¡Ñam, ñam!
- Ya he perdido la fe de verle actuar con normalidad alguna vez – susurró Kei mientras el director se alejaba.
 - Después de seis meses uno se acostumbra.
- ¡Seis meses! – dijo Kei -. Es verdad, ya llevo aquí medio año.
- El tiempo vuela.
- Pero ojo lo que hemos pasado ya. Parece que hayan pasado años desde que me vine aquí.
- Y tú que lo digas.

Al llegar al comedor nos sentamos en la mesa de siempre. Leta se nos unió poco después.

- ¡Qué nervios! - dijo tras sentarse.
- Cálmate, chica, que es solo una prueba - dijo Kei.
- Ya, pero es como nuestro primer examen. ¿Qué creéis que será?
- Han dicho por ahí que van a llenar el Jardín de monstruos y habrá que cargárselos - dije -. Ojo la prisa que se da la gente para empezar a inventar cosas.
- Yo creo que será algo como el primer día - dijo Kei -. ¿Os acordáis, cuando la mujer esa que estaba rodeada de monstruos?
- Qué horror de día - recordé.
- Espero que los monstruos sean más débiles - deseó Leta.
- Ya tienes nivel para cargártelos - la animé -. No te quites puntos antes de tiempo.
- Mañana saldremos de dudas.
- Más vale irse a dormir pronto hoy, para no estar cansado - sugerí.

Me tomé el desayuno con bastante calma, y Kei y Leta se fueron bastante antes que yo. Cuando por fin me terminé el café, una persona se sentó en la silla vacía que había frente a mí.



- Hola, Dívdax - me saludó Belazor.
- Adiós, Belazor - me despedí sin mirarle siquiera.
- Nada de adiós. Tenemos que hablar.
- No, no tenemos – me levanté y me dispuse a irme.
- Sí, sí tenemos. Hay que solucionar esto de una vez por todas. Esta noche, en la Zona de Entrenamiento.
- Está prohibido acceder de noche a la Zona de Entrenamiento.
- Me dan igual las normas. Tendrás que correr el riesgo.
- ¿Desde cuándo es normal en Belazor esta actitud?
- Si piensas que voy a saltarme las normas solo por…
- Esta noche – insistió, tajante -. En la Zona de Entrenamiento. Trae a Moltres si quieres.

Le miré a los ojos, tratando de intimidarle con la mirada.

- Creo que te advertí lo que te pasaría si volvías a mencionar a...
- Las cosas han cambiado – me cortó, poniéndose en pie -. Ya no me dan miedo tus amenazas, Dívdax Palazzo.

Pero al mirarle, detecté en sus ojos una frialdad que nunca antes había visto en Belazor. Una frialdad tan profunda que me hizo estremecerme… ¿de miedo, quizá? Belazor pareció notarlo, y sonrió con desdén.

- Hasta esta noche, Dívdax.

Me alejé intentando aparentar que no me había puesto nervioso, pero dándome prisa para alejarme de él cuanto antes. ¿Desde cuándo me daba miedo Belazor? ¿Y desde cuándo actuaba de forma tan rara?

- ¿De qué coño va? Sabe perfectamente que nos podemos meter en un lío por acceder a la Zona de Entrenamiento de noche y sin permiso de un profesor. ¿Pero y si se va de la lengua? La gente podría empezar a hacer preguntas, podría llegar a oídos de profesores... Y no solo yo tendría problemas, también Ryuzaki por permitirme tener a Moltres, y Kei y Leta por no haberme delatado. Además, si voy podría solucionar esto con él de una vez por todas.

Comenté todo esto a Kei, que se ofreció a “partirle la cara a Belazor” por mí. Agradecí su ofrecimiento pero le dije que yo me encargaría.

- Se le van a quitar las ganas de hablar – dije, intentando hacerme el valiente para reponerme del susto aún reciente.

[...]

Poco después de cenar me vestí, cogí a Estrella Fulgurante y me dirigí a la Zona de Entrenamiento, no sin antes esconder bien a Moltres en la habitación.
Sus palabras “trae a Moltres si quieres”, se repetían en mi mente una y otra vez.
- Igual es una trampa para intentar quitármelo. O igual lleva a más gente y se lo quiere enseñar a todos. Sería mi fin. Podrían expulsarme. Pero no hay vuelta atrás. No soy ningún cobarde, no pienso quedarme en mi habitación. Aunque mañana madrugue.

Tras asegurarme de que no había ningún profesor en los pasillos cercanos, entré en la Zona de Entrenamiento.
Estaba configurada como de costumbre, formando una especie de jungla llena de árboles, desniveles y con un pequeño riachuelo. Avancé por la espesura deshaciéndome de los pocos monstruos que salieron a mi encuentro, hasta llegar a una ligera elevación del terreno, desde la que podía ver gran parte del lugar. Esperaba no tener que esperar mucho.

- Me alegro de que hayas venido - dijo la voz de Belazor a mi espalda.

El sobresalto me hizo dar un salto para alejarme de él.

- ¡¿Qué coño pasa hoy con Belazor?!
- ¿De qué quieres hablar? - pregunté.
- Vas al grano.
- No quiero perder aquí el tiempo. Mañana madrugo.
- Tranquilo, terminaremos pronto. Aunque seguro que recordarás esto durante mucho tiempo.



En la mano de Belazor se materializó una guadaña de metal, que brillaba con intensidad, reflejando la luz de la enorme sala.

- Has hecho bien en traerte ese bastón - dijo Belazor -. ¡Te hará falta!

Belazor saltó hacia mí a la vez que agitaba el brazo, segando el aire con su guadaña. Apenas tuve tiempo de esquivar su ataque; salté de nuevo hacia atrás más por reflejo que por Decisión propia, y caí rodando unos metros, manchándome de tierra y quedando aturdido. Me levanté rápidamente y le vi corriendo hacia mí, dispuesto a lanzar un segundo ataque.

- ¿QUÉ COJONES ESTÁS HACIENDO? - le grité.
- ¡Cumplir con el destino!  ¡Y el destino es que mueras aquí esta noche, a mis manos!
- ¡Electro!

Belazor hizo girar la guadaña, mi rayo impactó contra la hoja metálica y rebotó, golpeándome en el pecho. Un horrible calambrazo sacudió todo mi ser y me hizo gritar.

- ¡Tu magia es ahora tan inútil como tú!

No esperé a esquivar su siguiente ataque, sino que eché a correr en dirección a la salida sin perder un segundo.

- ¡Es inútil escapar de mí, Dívdax!

La tierra a mis pies empezó a agitarse como si Belazor la estuviera moldeando cual montón de arcilla. Los árboles se derrumbaban o se elevaban al quedarse sus raíces sin tierra, las ramas caían a mi alrededor, y en más de una ocasión perdí el equilibrio y me golpeé contra el suelo o contra un tronco.

- ¿Desde cuándo tiene Belazor estos poderes? ¡Es ridículo! Tiene más poder incluso que yo, no puede ser él. Pero entonces… ¡eso significa que ese impostor hijo de puta me ha vuelto a engañar! ¡¿Cómo he podido ser tan imbécil?!

A lo lejos oía sus pasos acercándose. Caminaba con calma, sabiendo que acabaría por darme alcance más temprano que tarde. No tenía escapatoria, estaba a su merced. Comencé a pensar en un plan.

- Si me acerco me parte en dos, y los ataques físicos tampoco son mi fuerte. Y si le ataco con magia me la devolverá. ¡Tenía que haber traído a Moltres, maldita sea! Necesito una estrategia. No puedo esquivarle eternamente. Tengo que escapar de este sitio. Del Jardín, de Balamb, de este país y de este mundo. No estaré a salvo en ninguna parte.

- ¡Ryuzaki! - grité -. ¡RYUZAKI!
- ¡Grita todo lo que quieras, ¡solo yo puedo oírte!!

- Un programa especial de ordenador es lo que permite cambiar la apariencia de la Zona de Entrenamiento - recordé -. Ese programa tiene varios sensores dispuestos alrededor de la sala, así que solo tengo que encontrar uno y destruirlo. El sistema fallará y hará que la sala desaparezca. Entonces solo tendré que correr hacia la puerta, aunque no tendré la ventaja del terreno desigual para evitar al impostor. Vendrá en línea recta contra mí. Si al menos supiera dónde están los sensores...
- ¡Cae!

Me tiré violentamente al suelo para esquivar un nuevo golpe de su guadaña, que me rasgó la ropa por el costado. Momentos después noté el escozor de una herida abierta. Pero no tenía tiempo para comprobar si era o no grave; apunté al suelo y grité:

- ¡HIELO++!

El impostor giró nuevamente la guadaña para rebotar mi hechizo, aunque no pudo, puesto que no iba dirigido a él. El hechizo impactó en el suelo, y el terreno en unos tres metros a la redonda se congeló y llenó de pequeños cristales gélidos.

- ¿Realmente crees que con esto vas a detenerme? – se burló, golpeando una de las estructuras de hielo y partiéndola en pedazos.

Aproveché ese momento de distracción para lanzar un hechizo de Fuego contra él, que no pudo hacer rebotar con la hoja. Las llamas le envolvieron durante unos segundos, aunque no pareció sentir dolor.

- Eres un chico muy valiente. Tendré que compensarte debidamente por ello.
- No hace falta, gracias. ¡Aqua++!

La hoja volvió a interponerse entre nosotros, pero una vez más, el blanco de mi hechizo no era él, sino el techo. Varios bloques de agua comenzaron a caer a nuestro alrededor. Aproveché su desconcierto para alejarme unos metros corriendo tan rápido como pude. Tenía que evitar que uno de los bloques me golpeara a mí, o que se me encharcaran los zapatos en el barro. Tan pronto como escuché sus pisadas de persecución, grité apuntando al suelo:

- ¡ELECTRO++!

Mi plan funcionó. La corriente eléctrica se liberó con fuerza sobre los charcos del suelo, destrozando varios árboles que aún seguían en pie, y prendiendo fuego a tantos otros. Oí un grito del impostor. Esta vez sí parecía que le había hecho daño.

- ¡Mocoso impertinente! ¡Veremos si lanzas magia cuando te haya seccionado los brazos! ¡LACERACIÓN TRIPLE!

No supe qué esperar de ese ataque. Oí rápidos movimientos de su arma, y al girarme vi que una onda de aire se acercaba a mí a gran velocidad. Si no me hubiera hecho a un lado no me habría golpeado de lleno con el tronco de un árbol, ni me habría clavado astillas en el brazo y en el costado, pero la onda que me había rajado el brazo derecho podría habérmelo cercenado, o aún peor, podría haberme matado. Aunque estaba extremadamente débil, me tiré al suelo (o más bien, me dejé caer) para esquivar las otras dos ondas que supuse que seguirían a la primera. Las oí silbar sobre mí, cortando varios troncos y ramas que, por suerte, no me cayeron encima. Hice acopio de fuerzas para levantarme de nuevo, y reemprendí la huida, presionando con fuerza con la mano izquierda la herida del brazo, mientras me seguían aquellos pasos cada vez más rápidos. Estaba empezando a ponerse nervioso.

- No puedo seguir así; cualquiera de sus ataques puede matarme, y no podré seguir esquivándole mucho tiempo, o la pérdida de sangre perderá el combate por mí. Necesito escapar de aquí. Necesito ayuda. Pero no hay nadie. Si pudiera encontrar algún sensor… quizá podría esquivar un ataque y hacer que impactara contra el sensor… y entonces lanzaría Ruina y escaparía… No sé si puedo lanzar Ruina, no lo he intentado desde hace semanas, pero no tengo otra opción. Necesito encontrar esos sensores.

Intenté ponerme en la mente de los creadores de la sala, y decidí que los sensores estarían situados a intervalos fijos de distancia unos de otros y de las esquinas. Calculé que debía encontrarme cerca de una de las paredes de la sala, así que solo tenía que avanzar hasta quedarme cerca de la esquina. Pero después, ¿qué? ¿Cómo encontraba el sensor? Y peor aún, ¿cómo le obligaba a lanzar un ataque contra el suelo?
La voz del impostor anunció que un nuevo ataque triple se dirigía hacia mí. Me situé tras un árbol y lancé el hechizo de Hielo más potente que me permitieron las pocas fuerzas que me quedaban. Pretendía crear un escudo de hielo que hiciera rebotar las ondas. Su ataque rebotó mi escudo improvisado, haciendo mella en el hielo y clavándome pequeñas esquirlas gélidas en la cara, pero conseguí salvar la vida una vez más. Solo esperaba conservar energía suficiente para lanzar Ruina durante mi huida.

- ¿Sabes por qué se llama Laceración Triple, Dívdax? No es porque dispare tres por ataque. ¡Es porque nadie sobrevive a ella más de dos veces!
- Solo intenta ponerte nervioso – me dije -. Tranquilízate. Vas a salir de esta. Ten confianza.

No me creía mis palabras, pero no podía rendirme todavía. Tenía que salir de la Zona de Entrenamiento, recorrer al menos dos pasillos y, entonces, rendirme y caer inconsciente. Pero todavía no podía dejarme vencer por el agotamiento, que ya ni siquiera me permitía correr. Justificaba mi lentitud andando diciéndome mentalmente que estaba acumulando fuerzas para la huida.
El destino quiso que tropezara, haciéndome perder toda esperanza de salvar la vida. Un tropiezo podía suponer varios segundos para recuperar el equilibrio, levantarme y retomar el ritmo anterior. Segundos que podían resultar vitales, segundos que quizá equivalían a la poca ventaja que aún le sacaba al impostor.
Pero el destino no quería que perdiera la ventaja. Lo que el destino quiso fue que mi cabeza golpeara contra un objeto especialmente duro en el suelo. Dicho así resulta casi de chiste, pero lo cierto es que ese golpe me salvó la vida.
Al alzar la vista para detectar el origen del golpe me encontré con un objeto de color azul metálico, medio enterrado en el suelo. Esperanzado, rasqué la tierra alrededor con los dedos, y detecté unos pequeñísimos destellos. Había encontrado el sensor.

- Ahora tengo que aprovechar la posición en la que me encuentro. Es muy arriesgado, y tengo que calcular el momento justo, o todo puede salir mal. Va a ser la finta más difícil que haga en toda mi vida, pero no tengo otra opción. Es intentarlo o morir.

- Veo que no va a hacer falta que recurra de nuevo a la Laceración Triple.

Me giré para quedarme bocarriba, y vi a Belazor acercándose a mí. No conseguí levantarme, aunque tampoco era mi intención; tenía que quedarme tumbado. Retrocedí unos pocos centímetros, moviéndome como un cangrejo, lo suficiente como para que mi cabeza ocultara mi descubrimiento.

- Por favor, no – supliqué. No confiaba del todo en mi plan, por lo que mis súplicas no eran del todo fingidas -. Haré lo que quieras, por favor, no me mates, por favor, por favor…
- Mírame a los ojos.

Mientras se acercaba, recordé que no había detectado nada fuera de lo común cuando, hace meses, el impostor haciéndose pasar por el Director Cid me encerró en el sótano. Pero esta vez sí había algo distintivo en el impostor: sus ojos estaban cubiertos de sombras. Quizá fuera un efecto provocado por la luz del fuego que yo mismo había creado, que se seguía extendiendo por toda la sala, o quizá fuera lo mismo que había visto en los ojos de Belazor por la mañana. Retiré la vista al momento, aterrorizado.

- ¿Qué le ha pasado a Belazor?
- Te he dado una orden. Mírame a los ojos, Dívdax Palazzo.

Levanté la vista de nuevo, para mi sufrimiento mental. Su rostro no demostraba ningún sentimiento, solo una indiferencia que irónicamente, me daba más miedo que cualquier otra cosa. Prefería que me mirara con odio, o incluso con una sonrisa de burla en los labios, cualquier cosa antes que esa indiferencia. Si sobrevivía, aquella mirada me perseguiría en mis pesadillas durante meses. Creo que comencé a llorar.

- No ha sido culpa tuya – dijo -. Simplemente te encontrabas en el lugar equivocado en el momento equivocado. No te preocupes, no habrá represalias contra tus amigos.

Intenté decir algo, pero no era capaz de articular ninguna palabra. Y aunque hubiera podido, dudo que me hubiera servido de nada.

- Quien quiera ser el poseedor de Moltres… para ser el verdadero amo de una de las joyas, debe arrebatársela a su anterior propietario – recitó -. Cuando alguien gana una joya, la lealtad de ésta cambia.
- Te daré a Moltres…  Te daré a Moltres, pero no me mates, no me hagas daño…
- ¿No crees que ya te la habría quitado, después de todas las oportunidades que he tenido para hacerlo? Durante meses has dejado tu habitación sola por las mañanas, durante las comidas. Te llevo observando mucho tiempo. Si quisiera quitártela ya lo habría hecho, pero no me habría servido de nada. No funciona así. Mientras tú vivas, Dívdax, el Cristal Anaranjado no será completamente mío.
- ¡Por favor!
- Recuerda lo que tienes que hacer – me dije, ya que comenzaba a perder toda esperanza de sobrevivir.

Belazor alzó el brazo, y con él, la guadaña. Tres o cuatro segundos después, caería brutalmente sobre mi cabeza y me mataría.

- Calma, Dívdax, te vas a salvar, tú solo cuenta hasta tres… Está levantando el brazo… SE HA PARADO. ¡¡¡AHORA!!!

El tiempo pareció detenerse durante un segundo. El brazo de Belazor comenzó el letal descenso, y la hoja de su arma trazó una curva destinada a poner fin a mi historia.
Encomendé mi alma a Arceus y rodé hacia un lado. Sentí que Belazor quiso decir algo, pero su brazo no fue tan rápido como su ojo, y no pudo el ataque, tal y como yo había previsto.
Su guadaña perforó el sensor, y este liberó una descarga eléctrica que recorrió la guadaña y el brazo de Belazor. La iluminación de la sala pareció volverse loca, y me puse en pie mientras los árboles y la tierra comenzaban a desvanecerse. Por suerte, la punta de la guadaña parecía haberse quedado clavada en el sensor, lo que volvía a darme ventaja. Vi de reojo que Belazor intentaba extraerla, probablemente no tardara más de cinco segundos en lograrlo.

- ¡MALDITO CRÍO DE MIERDA! ¡VEN AQUÍ Y MUERE!
- Todavía no ha llegado mi hora – dije sin reconocer mi voz.

Eché a correr apenas encontré la silueta de la puerta. Reuní toda la fuerza que me quedaba, apunté hacia atrás con Estrella Fulgurante y clamé desde lo más profundo de mi ser:

- ¡RUINA!

Sin esperar a ver si mi hechizo había surtido efecto, eché a correr en dirección a la puerta. Oí un ligero estallido, que me hizo pensar que el hechizo había surtido efecto. Me habría gustado girarme y ver la cantidad de niebla que había conseguido crear, pero prefería salvar la vida y quedarme con la duda.
Escuché cómo el impostor extrajo al fin la guadaña de la maquinaria del sensor.

- ¡MOCOSO COBARDE!

Sin dejar que sus gritos me distrajeran, seguí corriendo hacia la puerta, de la que me separaban apenas cinco metros. Extendí el brazo para abrirla.

- ¡LACERACIÓN TRIPLE!

No hay comentarios:

Publicar un comentario