Antes de nada...



Ni el Jardín de Balamb, ni Moltres ni muchos de los personajes, situaciones, lugares, objetos y conversaciones y que aparecen en este blog me pertenecen y en ningún momento doy ninguno de ellos por propio.
Por lo tanto, no plagio nada. Yo solo soy dueño de este blog.

6 de marzo de 2013

XXXV: Mientras tanto...



Aquel día empezó como otro todos los demás. Paré la alarma a las 6 en punto, como siempre. Ahora la ponía más bajita para no despertar a Lisander. Me llevaba bien con él. Nos habíamos hecho amigos en los pocos meses desde que nos conocíamos.
Me levanté sin hacer ruido, me duché, me vestí y preparé los libros para clase.
Busqué mi daga y la saqué brillo. Cuanto más avanza un Caballero Oscuro en su aprendizaje, mejor es el arma que lleva. En uno o dos años ya podría utilizar una lanza. Y más adelante un espadón.

- ¿Otra vez has madrugao? – me saludó Lisander.
- Sí.
- Con lo malo que es. Estás zumbao.
- Anda, levántate que vamos a llegar tarde.
- ¡Pero que queda una hora pa’ las clases! – protestó mientras se levantaba -. Anda, tira a desayunar, que ya luego voy yo.
- Vale. Está bien.

Lisander se metió al baño. Yo me puse los zapatos y salí de la habitación. Miré a ambos lados del pasillo para ver si había algún conocido. No me gustaba ir solo a desayunar. Ni a comer ni a nada. Me gustaba el calor humano.
Se acercaba a mí una persona de pelo violeta. No podía ser. No podía ser él.

- Buenas – me saludó Dívdax con una sonrisa.
- Vaya. ¿A qué se debe este cambio de actitud? Te recuerdo que la última vez que hablamos me amenazaste.
- No he venido a discutir. Me gustaría hacer las paces contigo. Hemos sido buenos amigos, ¿no te da pena que ya no lo seamos?
- Bueno, yo… vale. Si quieres hablar, hablamos. ¿Pero no tienes entrenamiento hoy?
- Nos han dado el día libre. ¿Vamos al patio a hablar?
- ¿No podemos hablar mientras desayunamos?
- Preferiría hablar contigo… en privado.

Bajó la vista cuando dijo esas palabras y… ¿se sonrojó? No me podía creer lo que estaba pasando. Creía que Dívdax y yo nunca volveríamos a ser amigos.
Comenzamos a andar hasta llegar al patio. Yo seguía a Dívdax, cruzamos el patio entero hasta que se sentó en un banco alejado. Me senté junto a él.

- Bueno. ¿Y de qué quieres hablar?
- De ti.
- ¿De mí?
- Sí, de ti, Belazor. Te necesito.

Me puse nervioso. El corazón parecía que se me iba a salir del pecho. ¿Acababa de decir lo que yo creía?
Le miré, pero no vi sus ojos violetas, sino una extraña sombra que los rodeaba. No recordaba haberla visto antes en él. Daba un poco de miedo.

- ¿Cómo…?

Le quería preguntar cómo había hecho que apareciera esa sombra, si se la había pintado o algo parecido. Pero Dívdax extendió un brazo hacia mí y… creo que perdí el conocimiento.

Cuando volví en mí estaba en una sala a oscuras. Estaba tumbado en el suelo, con las manos atadas a la espalda, y una mordaza. Me puse muy nervioso. ¿Dónde estaba, qué había pasado, por qué me había hecho eso Dívdax?  No, no era Dívdax. No podía ser Dívdax. Era un mago fuerte, pero no podía dejar a la gente inconsciente solo moviendo la mano. ¿Pero entonces por qué se parecía tanto a él, y para qué me necesitaba?
Intenté hablar, pero ni yo mismo oía mi voz a través de la mordaza. Grité, pero nadie podía oírme.
Después de varios intentos conseguí levantarme. Menos mal que no me habían atado los tobillos, solo las manos. Bajé los brazos cuanto pude y metí las piernas por el hueco entre los brazos, con cuidado, ya que no podía ver. Todo estaba envuelto en sombras. Me caí al suelo, pero conseguí que los brazos se me quedaran por delante del pecho, y no por detrás de la espalda. Con las manos libres pude aflojarme el nudo de la mordaza, que estaba apretadísimo. Tardé bastante, pero conseguí quitármela.

- ¡EH! ¡SOCORRO! ¿ME OYE ALGUIEN? – grité.

Escuché el eco de mi voz. Tenía que estar en un sitio muy grande. Empecé a moverme a tientas por la estancia, buscando con los pies posibles agujeros o cosas raras en el terreno, como charcos o arena. Todo el suelo parecía de un material bastante duro, tal vez metálico. Mis ojos comenzaron a adaptarse a la sombra, podía ver pequeños brillos a lo lejos. Me acerqué a ellos, despacio para no caerme. Había un tablero con varios botones y palancas. Podía ser una trampa. Pero si me querían vivo me habrían puesto vigilancia, y si no me necesitaban ya me habrían matado. Pulsé varios botones, pero no ocurrió nada.

- ¡SOCORRO! ¿NO ME OYE NADIE? ¡ESTOY AQUÍ! ¡SOY BELAZOR!

Era una lástima que siendo Caballero Oscuro no pudiera aprovechar toda la oscuridad del sitio para hacer acumular fuerza o hacer algo para escapar.
Me puse a dar vueltas por la habitación sin saber qué hacer ni dónde ir. Después de un rato me senté. No podía hacer nada más.
Pensaba en Dívdax. En lo mucho que le había querido, y lo que él me odiaba a mí. Pensé en Lisander. En mis amigas. En el único recuerdo que creía que tenía de mis padres. Grité otra vez para pedir ayuda. Nadie contestaba.
Escuché un ruido extraño y me levanté corriendo. Sonaba como algo que conocía. Estaba por encima de mí. Algo que se alejaba. Después se acercaba y se volvía a alejar. Tardé un rato en darme cuenta, ¡era el ascensor del Jardín!

- ¿Así que… así que estoy en-en el Jardín? Pero esto… como no sea el sótano…

Me animé sabiendo que estaba más cerca de mi hogar de lo que creía. Pero seguía sin entender por qué Dívdax me había encerrado allí, ni cómo lo había hecho sin ser visto. Empezaba a creer que me había tendido una trampa. Aunque no sabía para qué.
No tenía reloj. Pero el ruido del ascensor significaba que alguien lo estaba usando. O sea, era hora de clase. Me estaba perdiendo las clases de ese día. Lisander se daría cuenta de que no estaba en clase, y avisaría a alguien. Y entonces vendrían a buscarme y yo les contaría que Dívdax me había encerrado allí. Quizá le expulsarían.
¿Pero yo quería que le expulsaran? No le deseaba ningún mal, aunque ya no fuéramos amigos. Pero no podía quedar impune después de hacerme eso.
El estómago me rugía. No tenía comida en los bolsillos. Tampoco parecía que hubiera nada para comer en ese sitio. Y si lo había seguro que era una trampa.
Empecé a marearme por el hambre. Me caí al suelo y me dormí, o perdí el conocimiento, o las dos cosas. A veces me despertaba el ruido del ascensor, pero volvía a dormirme en cuanto lo dejaba de escuchar. Perdí la noción del tiempo.

* * *

Eran las nueve de la mañana, terminaba la clase y Belazor no había aparecido. Me había extrañado no verle cuando empezó la clase, pero me extrañó más aún que terminara la hora y no hubiera llegado.

- Este se ha quedao encerrado en la habitación. Capaz.

Como me daba un poco igual llegar tarde a la siguiente clase bajé por las escaleras y tiré para el pasillo de las habitaciones. Llamé a la puerta de la nuestra.

- Belazor. ¿Estás dentro?

No me contestó. “Se habrá quedao dormido”, pensé. Metí la llave, la giré y entré, pero Belazor no estaba en la cama. Tampoco en el baño ni, aunque era ridículo pensarlo, debajo de la cama.

- ¿Y este dónde se mete?

No sabía si avisar a alguien. Era raro que Belazor no fuera a clase, pero que tampoco estuviera en la habitación… Ni tampoco le había visto en el comedor por la mañana. De hecho, no le había visto desde que me levanté.

 - Bueno, él sabrá lo que hace.

Cerré la puerta y volví a clase. Llegué cinco minutos tarde, pero daba igual porque era Historia. Además, me gustaba discutir con la profesora.
Pero Belazor tampoco fue a esa clase, ni a la siguiente. Cuando llegó la hora de comer pregunté a algunas de sus amigas, que dijeron que tampoco le habían visto. Volví a la habitación, fui a la enfermería, y como tampoco estaba, fui a hablar con un profesor.
Llamé a la puerta de la Sala de Profesores y entré, pero dentro solo estaba Ryuzaki, que me enseñaba las artes de los Dragontinos.

- Hola, Lisander. ¿Puedo ayudarte? – me preguntó.
- No encuentro a una persona.
- ¿De quién se trata?
- Belazor, mi compañero de habitación. Esta mañana se fue a desayunar y no le he vuelto a ver.
- Quizá haya sufrido un mareo y esté en la enfermería – contestó sin darle importancia.
- No está allí, ni tampoco en su habitación. No ha ido a clase.

Entonces Ryuzaki me miró muy serio. Me preguntó si mis palabras eran verdad, y le respondí que sí.

- Coge tu lanza y vuelve aquí lo más rápido que puedas.
- ¿Pero qué pasa?
- Hazlo – me ordenó mientras terminaba de colocar unos papeles a gran velocidad.

Sin perder un segundo me fui a la habitación, cogí mi lanza y mis muñequeras. Antes de salir se me ocurrió abrir uno de los cajones de Belazor. Cogí su daga, por si acaso, y volví al pasillo de profesores, donde Ryuzaki me esperaba frente a una puerta.

- Atento, Lisander – me advirtió -. Es importante que estés atento a cualquier cosa, que no hagas ningún movimiento brusco y, sobre todo, que te mantengas en silencio. ¿Podrás hacerlo?
- Pues claro.
- Bien. Allá vamos.

Ryuzaki abrió la última puerta del pasillo, que chirrió como si no quisiera que la abrieran. Al otro lado había una escalera pegada a la pared que subía y bajaba a la vez. Ryuzaki bajó, y yo le seguí. A medida que avanzábamos había cada vez menos luz. No se veía el suelo.
Al final llegamos a una sala circular muy pequeña. Ryuzaki dijo algo y apareció una llama en su mano que iluminó los alrededores. Delante de nosotros había un enorme montón de acero fundido que daba paso a una habitación completamente a oscuras. A lo lejos se oyó un ruido.

- Atento, Lisander – susurró Ryuzaki.

Me puse en posición de ataque.

- ¿Quién eres? – preguntó una voz.
- ¿Belazor? – le llamé.
- ¿Quién eres? – preguntó Ryuzaki en voz alta. El eco repitió su pregunta.
- Soy Belazor – contestó rápidamente -. De cuarto grado. Estudiante del Jardín, nú-número de identificación 30158.
- ¿Quién está contigo?
- Nadie. Estoy so-solo.

Un rayo verde salió de la mano de Ryuzaki y recorrió la sala por completo.

- Está solo, Lisander. Recógele y vámonos.

Mis ojos empezaron a adaptarse a la oscuridad. Me acerqué hasta el lugar donde había oído la voz de Belazor y le ayudé a levantarse. Corté las ataduras de sus manos con mi lanza.

- ¿Estás bien?
- Cansado. Muy cansado.
- ¿Cómo has llegado aquí?
- Dívdax… él…
- Venga, nos largamos de aquí.

No di importancia a la mención a Dívdax, pensé que el pobre estaba delirando. Dejé que se apoyara en mí para andar. Le llevé hasta donde estaba Ryuzaki y volvimos a la sala de la escalera.

- ¿Te encuentras bien? – le preguntó Ryuzaki.
- Cansado. Necesito descansar. Y comer algo…
- Escúchame, Belazor. Es muy importante que hagas caso a lo que te voy a decir ahora y que respondas con precisión. ¿Cómo has llegado aquí?
- Esta mañana. Me levanté para desayunar. Me encontré con… con Dívdax en el pasillo… me dijo que quería hab…lar conmigo. Fuimos al patio. Hizo algo… y me quedé inconsciente. Cuando me desperté ya estaba aquí.
- ¿Dívdax te ha hecho esto? – pregunté.
- Aguarda, Lisander. No saques conclusiones precipitadas. Belazor, ¿estás seguro de que te encontraste con Dívdax?
- Bueno… Era Dívdax. Pero actuaba de forma extraña… Decía cosas raras… Y tenía los ojos muy… oscuros…
- ¿Qué cosas raras dijo?
- Que me… necesitaba.

Ryuzaki se cruzó de brazos, pensativo. Me preocupó la expresión de su cara.

- ¿Qué pasa? – le pregunté.
- Necesito vuestra colaboración. Dívdax puede correr grave peligro.
- Te recuerdo que soy yo el que estaba encerrado – le cortó Belazor.
- Dívdax no es el culpable de lo que te ha ocurrido. De hecho, no has visto a Dívdax en todo el día.
- ¿Entonces quién era?
- Escuchadme atentamente. Hace meses, Dívdax se encontró con un individuo que se hizo pasar por el Director Cid. Le engañó y le encerró aquí durante horas. Es una persona que puede cambiar de aspecto. Estoy convencido de que es él con quien te has encontrado esta mañana.
- ¿Y para qué me ha…?
- Te necesitaba, Belazor. Necesitaba encerrarte aquí. ¿Para qué? ¿Se te ocurre la respuesta, Lisander?
- Supongo… que si Belazor está aquí… ese tío puede hacerse pasar por Belazor sin levantar sospechas. Si Belazor estuviera en las aulas la gente podría verles a él y al falso. Y eso no le conviene. Necesita pasar desapercibido.
- Bien deducido. Yo pienso lo mismo. Es muy probable que quiera aprovechar tu aspecto para acercarse a Dívdax. Han pasado varios meses desde la última vez que se encontraron, Dívdax habrá bajado la guardia y no se lo esperará. Por eso necesito pediros algo. ¿Queréis ayudar a Dívdax?
- Cuenta conmigo – dije.
- ¿Qué hay de ti, Belazor?
- ¿Seguro que no fue Dívdax quien me encerró aquí?
- Pronto podrás hablar con él y preguntárselo tú mismo. Pero tenemos que seguir los planes del impostor. Hacerle creer que todo va como él lo ha planeado. Es mejor pillarle por sorpresa.
- ¿Qué propones? – pregunté.
- Belazor no debe ser visto. Y tampoco podemos acercarnos a Dívdax, el impostor puede estar observándole. Si sospecha que planeamos algo perderíamos el factor sorpresa.
- ¿Entonces… quieres que me quede aquí? – preguntó Belazor.
- Es tu decisión.  Si quieres ayudar a Dívdax, deberías quedarte aquí. Te traeré comida y luz. Pero es imprescindible que no salgas de aquí. Si decides salir e ir a tu habitación, o a la enfermería, no te retendré.
- …De acuerdo. Me quedaré aquí si eso le ayu-yuda. Pero más vale que tengas razón con lo de que no era él de verdad.
- Gracias, Belazor. Lisander… tú debes buscar cualquier persona sospechosa por el Jardín. Tengo las grabaciones de las cámaras de seguridad. Es probable que “Belazor 2” ya se haya puesto en contacto con Dívdax. Ve a mi habitación en cuanto puedas.
- ¿Dónde está?
- En la tercera planta. El ascensor oculta una puerta en la parte de atrás. Si consigues abrirla, llegarás a mi habitación.
 - De acuerdo.
- Dirígete hacia allí en cuanto puedas. Yo voy a traerte provisiones, Belazor. No tardaré.

Mientras oíamos a Ryuzaki alejarse recordé que tenía la daga de Belazor.

- Ten esto – le dije, sacándola del bolsillo -. Por si te hace falta.
- Muchas gracias – la cogió y se la guardó -. ¿Crees lo que dice Ryuzaki?
- Creo que no conozco a Dívdax lo suficiente como para decir que es buena o mala persona. Pero no parece mal chaval. No creo que te haya encerrado aquí.
- ¿En serio crees que una persona se ha podido transformar en él?
- Tú manipulas la oscuridad, Dívdax crea rayos y hielo, y yo puedo saltar casi diez metros en vertical. ¿Qué te dice que no existe la magia para convertirse en otro?
- Bueno, os haré caso. Espero que tengáis razón.
- Yo también. Supongo que esta noche ya podrás salir, así que hasta esta noche.
- ¿Y qué voy a hacer todo ese tiempo?
- Tú sabrás. Practica magia o algo.

Me despedí de él y volví a subir la escalera. Ya de vuelta en el pasillo, fui al centro del vestíbulo y me monté en el ascensor. Pulsé el botón del último piso y esperé a que subiera. Cuando se abrió vi un recibidor con alfombra roja, y una puerta llena de relieves, la puerta del despacho del director. Me di la vuelta y miré el panel ascensor. Inspeccioné con cuidado cada detalle para encontrar algo que me hiciera abrir la puerta. Golpeé la pared con los dedos, la empujé y cedió un poco. Entonces encontré un saliente en la parte de arriba del ascensor. Lo agarré para utilizarlo como si fuera un picaporte y encontré con el dedo otro pequeño saliente en el tirador, como un botón. Lo pulsé y la puerta se abrió con facilidad.

Era la primera vez que veía la habitación de Ryuzaki. Hacía calor, y olía un poco a rancio. Ryuzaki no ventilaba mucho su habitación. Entré y la puerta se cerró a la vez que oía el ascensor bajar.

- Ya pensaré luego cómo salir.

La habitación era más grande que la que compartía con Belazor, pero muy oscura. Había varias ventanas con las persianas bajadas casi del todo, así que solo unos pocos rayos de luz la iluminaban. No había cama. Pero sí había una mesa en el centro de la habitación con varias pantallas encendidas en las que se veía gente moviéndose. Me acerqué y reconocí varias partes del Jardín, gente hablando o yendo de un sitio a otro.
A un lado de la pared había un corcho con muchos papeles clavados con chinchetas. Había recortes de periódico, estadísticas y en el centro, una imagen que parecía hecha a mano, quizá dibujada por el propio Ryuzaki. Era el rostro de un hombre joven vestido con traje y corbata. Tenía cara seria, pelo rubio/castaño y ojos… ¿rojos?

- No te entretengas en eso – dijo la voz de Ryuzaki a mi espalda.
- ¿Cómo has entrado?
- Saltando. Aquí están las grabaciones.

Sacó varios CDs de un cajón y los metió en los lectores que había debajo de las pantallas.

- Aún no las he visto, de modo que ambos tenemos que permanecer atentos a cualquier detalle relevante. Es evidente que el impostor aparecerá tarde o temprano delante de Belazor, pero tenemos que intentar detectar cualquier anomalía incluso antes de eso.
- Vale.

Ryuzaki puso en marcha las cintas.

- Tú ocúpate de las pantallas del lado derecho: planta baja. Yo me ocuparé de las demás: primera y segunda planta y exteriores.
- ¿No hay una cámara del sótano?
- Me temo que no. Y aunque la hubiera, no habría suficiente iluminación como para que se distinguiera algo. ¿A qué hora se suele levantar Belazor?
- Antes de las 7.
- ¿Y a qué hora sale de su habitación?
- No lo sé. Hoy se ha ido cuando me he levantao yo, que ha sido casi a las 8.
- Está bien. Estos CDs empiezan a grabar a las 6 de la mañana. Atento a esas dos horas.

En la parte de debajo de cada pantalla había un reloj que avanzaba muy deprisa. Cada segundo en el vídeo eran veinte en la realidad, así que había que estar atento para ver algo.
Vi a Ryuzaki recorriendo pasillos, supongo que vigilando que todo estuviera en orden. Una puerta se abrió en nuestro pasillo, y salió… ¿Dívdax?

- Ryuzaki, ¿es él?
- No, creo que es el auténtico Dívdax. Mira.

Varios alumnos y alumnas más salieron de sus habitaciones y se unieron a Dívdax hasta salir del Jardín.

- Ah, los entrenamientos – recordé.

Después de que los últimos salieran corriendo de sus habitaciones las pantallas se mantuvieron en calma un buen rato. La enfermera Kadowaki llegó a la entrada del Jardín sobre las 7 y se metió en la enfermería. Sacaba cosas de los armarios y guardaba otras. Las cocineras comenzaban a servir las mesas. Todo normal.

- Me temo que aquí no hay nada que nos dé ninguna pista – dijo Ryuzaki cuando el reloj marcaba las 7:45.
- Pues a mirar el pasillo de las habitaciones.

Los dos dirigimos la vista a la cámara del pasillo. En poco tiempo una figura se materializó de la nada, y adoptó la forma de Dívdax. Hasta el momento había creído a Ryuzaki, pero de todas formas me sorprendió verlo con mis propios ojos.

- No hay duda, es él – dijo Ryuzaki.
- ¿El impostor?
- Creo que sí.

Vimos a Belazor salir de la habitación, y al impostor andar hacia él. Dijeron algo y se fueron juntos por el pasillo, hacia el vestíbulo. No, hacia el patio. Les vimos caminar hasta el límite de la pantalla… y la imagen se perdía.

- ¿No hay más cámaras en el patio? – pregunté.
- Lamentablemente, no. Pero podemos esperar y ver si vuelven a cruzar por aquí – dijo Ryuzaki.

Pero pasaron los minutos y no se les volvió a ver. Ryuzaki rebobinó la cinta varias veces y vimos las escenas hasta aprendérnoslas de memoria, pero la información no cambiaba. Tampoco había nada extraño antes de que el impostor apareciera en nuestro pasillo.

- Seguimos sin saber cómo se llevó a Belazor al sótano.
- ¿Y no pudo hacer que Belazor cambiara de aspecto como hace él?
- Lo dudo. De poder hacerlo, no se habría tomado la molestia de encerrarle en el sótano. Le habría convertido en un botón o en una piedra, y lo habría arrojado en cualquier parte. Suena cruel, pero no dudaría que fuera capaz de hacerlo.
- Yo tampoco.
- Entonces sabemos que el impostor se encontraba en el Jardín antes de las 7:45, quizá desde hace varios días para conocer la rutina de Belazor y Dívdax.
- Ahora hay que buscar el momento en el que habla con Dívdax.

Ryuzaki asintió, rebobinó de las cintas y llegó a las 8:10. Los estudiantes de sexto habían vuelto al Jardín y estaban desayunando. No tardé en encontrar a Dívdax en una de las mesas de la cafetería. Sus dos amigos estaban con él. Se fueron, y después se acercó otra figura.

- Ahí está.

Hablaron durante un par de minutos y Dívdax salió del comedor mientras el impostor tomaba asiento en una mesa él solo y se servía el desayuno. Después de aquello se levantó, volvió a entrar en el patio y desapareció ante nuestros ojos.

- Seguro que se convirtió en un pájaro o alguna otra criatura lo suficientemente pequeña como para pasar desapercibida – opinó Ryuzaki.
- ¿Cómo sabes que puede convertirse en un animal?
- Sabemos que puede cambiar de tamaño. Ha sido Dívdax, Belazor y el Director Cid. Los tres tienen cuerpos muy distintos. Además, también le has visto emplear su poder en el pasillo de las habitaciones. Es capaz de transformarse en algo lo suficientemente pequeño como para no ser detectado por las cámaras.
- Ajá.
- Pero no te fijes solo en él. ¿No has visto esto?

Rebobinó de nuevo las cintas hasta la conversación entre Dívdax y Belazor. Ryuzaki señaló a Dívdax, y me fijé en él. Salió de la cafetería, y luego… ¿echaba a correr?

- ¿Qué le habrá dicho? – me pregunté.
- Algo lo suficientemente preocupante como para asustarle, pero no lo suficiente como para notificárselo a un miembro del personal del Jardín.

Dívdax no hizo nada extraño en las demás grabaciones. Se quedó en su habitación, fue a la biblioteca, de nuevo a la habitación, más tarde al comedor, y después de vuelta a su habitación. Seguro que todavía estaba ahí dentro.

- ¿Y ahora qué hacemos, Ryuzaki?
- ¿Ahora? Vigilaré a Dívdax desde aquí. Cuando vuelva a necesitar tu ayuda te lo haré saber.
- ¿Y para eso me querías? ¿Para mirar pantallas?
- Por supuesto que no. Quería que estuvieras al corriente de la situación. Puedes volver a tus asuntos, pero ten tu arma preparada. Iré a buscarte cuando llegue el momento de actuar.
- De acuerdo.
- Gracias por tu ayuda, Lisander.
- De nada.

Ya me iba cuando volví a fijarme en el dibujo de aquel hombre con traje.

- Ryuzaki… ¿puedo preguntarte una cosa?
- Era un amigo – me contestó, como si me hubiera leído el pensamiento -. O eso creí durante mucho tiempo.
- Vale.
- No tiene sentido estancarse en el pasado, Lisander. Ahora estamos aquí. Y aquí y ahora son las dos cosas que importan. Nada más.
- Entendido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario