–¿... Disfrutando de las vistas? –preguntó una voz.
Sentí
un escalofrío y pegué un respingo que hizo que el collar se me cayera
de las manos. No había visto a nadie más en el patio al entrar, ¿me
había seguido alguien? ¿El imbécil de Belazor? Giré la cabeza para ver
quién era...
–Tranquilo... Mi deber es protegerte, no hacerte daño.
No pude evitar ponerme nervioso. Me resultaba conocida aquella voz que inspiraba miedo. No la identifiqué del todo hasta que vi su cara.
–¡Seymour!
–Es un honor que recuerdes mi nombre. Siento haberte asustado, no era mi intención.
–No... No pasa nada.
La vez que nos acompañó a la Caverna de las Llamas se me heló la sangre cada vez que le oía hablar, y esta ocasión no era distinta. Sentía deseos de mirar a mi alrededor, de apartar mis ojos de los suyos, que me ponían la piel de gallina, pero algo dentro de mí me decía era mejor no quitarle los ojos de encima, que podía interpretarlo como una muestra de debilidad... y que tenía que parecer fuerte delante de él.
–¿Qué estás haciendo aquí? –le pregunté intentando disimular el miedo.
–He venido a disculparme.
–¿A disculparte? ¿Por qué?
–Por mi falta de precaución cuando fui vuestro escolta, ¿por qué si no? No sabes cuánto lamento no haber podido protegeros durante el ataque que sufristeis en la Caverna de las Llamas. Vuestras vidas corrieron peligro por culpa de mi imprudencia. He venido a presentarte mis disculpas.
–No pasa nada. Solo hacías tu trabajo... Hay que alegrarse de que no ocurriera nada grave.
–Pero podría haber ocurrido. ¿Qué habría pasado si no hubieras llegado a despertarte? ¿Y si no hubieras sido lo bastante fuerte para derrotar a Moltres y hubiera acabado con vosotros?
–¡¿Qué?!
El corazón se me paró cuando mencionó a Moltres. Pensé que así es como debía sentirse un asesino cuando le detienen, cuando su vida se desmorona por completo. No obstante, Seymour, ajeno a mi reacción, seguía hablando.
–... En cuanto oí su chillido, atravesé la caverna tan rápido como me fue posible, pero los arimanes se encontraban completamente fuera de control. Había centenares de ellos. Esa es la razón por la que tardé tanto en llegar hasta vosotros.
–Pero... Moltres... No sé a qué te refieres... –intenté disimular, aunque era consciente de lo mal que lo estaba haciendo.
–Al espíritu legendario al que os enfrentasteis, por supuesto.
–Nosotros no... No vimos ningún... Quiero decir, no era...
–Ah, te aseguro que su chillido es inconfundible. Además, he visto ese collar que tienes. Es él... ¿no es cierto?
–No... Eso era una... Estaba fumando, por eso estaba aquí fuera –puse el zapato sobre el collar y lo arrastré para fingir que apagaba una colilla–. Es que en el Jardín está prohibido.
–No es necesario que mientas. Pero puedes estar tranquilo, cuentas con mi silencio.
–De... De acuerdo...
–Cuando te vi tirado en el suelo, temí haber llegado tarde –continuó Seymour–. Afortunadamente, has demostrado ser más fuerte que él. Es un consuelo.
–Gracias. Pero si viste a Moltres podrías habérselo dicho a alguien...
–Eso
habría hecho que cundiera el pánico. Imagina cuál habría sido tu
reacción si te hubieran dicho que un ser de las leyendas existe y se ha
materializado no muy lejos del lugar donde vives.
–Bueno... Visto así...
–En
cualquier caso, no llegué a verlo. Parece ser que fuisteis más rápidos
que yo, y no he tenido constancia de que
tú fueras su legítimo dueño hasta este preciso momento.
–¿Su legítimo dueño?
Bajé un poco la guardia, pero no demasiado. Ahora éramos cuatro los conocedores del secreto del collar, y no sabía hasta qué punto podía fiarme de Seymour. Aunque, por otra parte, tenía ante mí una forma de obtener información.
–Entonces... ¿tú conoces a los espíritus legendarios?
–Estoy familiarizado con ellos.
–¿Podría... preguntarte sobre el tema?
–No veo inconveniente.
–De acuerdo... Primero me gustaría saber cómo se invoca un espíritu legendario. O sea, yo no quiero invocarlo... Es para... saber cómo evitarlo si llega el caso.
–Qué pregunta tan curiosa –rio y sentí que se me erizaban los pelos de la nuca–. Bien, para realizar una invocación se requieren tres elementos: un medio, un pacto y un sacrificio. El medio es un objeto físico, como el collar que tú tienes.
–Sí... –suspiré de nuevo por mi falta de cuidado.
–El pacto es un vínculo que te une al espíritu, una muestra de respeto. Si bien existen espíritus menores que pueden ser convocados sin complicaciones, para los espíritus mayores se requiere un pacto entre invocador y espíritu que asegure que puedas controlarlo. Una de las formas de adquirir ese pacto es derrotar al espíritu, como tú bien lograste. Bajo la existencia de un pacto, el espíritu te obedecerá.
–¿Y... el sacrificio? –pregunté algo temeroso.
–El sacrificio es simplemente una alta cantidad de magia –cuando lo dijo, suspiré aliviado–. Una invocación consume tanta energía como varios hechizos simultáneos. Harás bien en emplearlas con cautela.
–No... No voy a usarlo. No creo que... lo necesite.
Seymour se rio de nuevo, como si supiera lo que estaba pensando.
–En cualquier caso, ¿puedo saber qué haces aquí? Está claro que fumar no... ¿No es un poco tarde para un alumno? Además, comienza a hacer frío.
–Ya, bueno... A veces me gusta venir aquí a... pensar.
–La presión de los jóvenes aspirantes a Seed... ¿Realmente merece la pena? Habrá gente que cuente contigo. Vidas que dependerán de ti... Si fracasas, aquellos a quienes tenías que defender no tendrán que preocuparse una segunda vez. Casi podría decirse que se salvarían al dejarlos morir –rio de forma siniestra–. Pero serás tú quien tenga que cargar con el peso de la culpa, de almas a las que no has podido salvar. ¿Estarás dispuesto a pagar el precio?
–Tampoco tienes que ponerte tan dramático.
–Sí... –contesté–. Es el camino que he elegido.
–Y el camino que seguirás... –volvió a reír.
–Eso espero.
–He oído que lanzaste Hielo++ ahí arriba.
–¿Dónde?
–En la caverna, en el combate contra Moltres. Es toda una hazaña para un estudiante que apenas ha comenzado su sexto año.
–Gracias... Pero estuve inconsciente un día entero por culpa de esa "hazaña".
–Durante el viaje de vuelta, no parabas de agitarte en sueños. En concreto mencionaste un nombre que llamó mi atención... Gárland...
Se me detuvo el corazón por segunda vez en menos de cinco minutos. El nombre de Gárland tenía una conexión conmigo, pero no sabía cuál. Solo recordaba que era un hombre con armadura... y de pronto tuve la sensación de que era alguien terrible a quien no debía mencionar. Al menos, no delante de Seymour. Como si fuera otro secreto que debía guardar y por el que pudieran condenarme. Opté por hacerme el tonto, o intentarlo.
–¿Gárland? –repetí.
–Así es.
–No me suena...
–Ah, ¿no? Tal vez fuera yo quien lo interpretara mal.
–¿Qué es Gárland?
–Yo mismo trato de obtener respuesta a esa pregunta. Para empezar, no se trata de qué, sino de quién.
En ese momento estuve seguro de que Gárland y yo nos habíamos conocido en algún momento y lugar. ¿Pero dónde? ¿Solo en mis sueños? Podía reproducir en mi cabeza una imagen de la reluciente armadura plateada con absoluta claridad, y la sonrisa que se dibujó en la boca de Seymour me hizo sentir como si él también la estuviera visualizando.
–¿Te encuentras bien? –me preguntó con un tono que no denotaba preocupación alguna.
–Sí, sí.
–Se hace tarde. Quizá deberías retirarte a tu habitación.
–Sí, será lo mejor.
Eché a andar de vuelta al interior del Jardín.
–Espera. Te dejas esto.
Me di la vuelta y vi a Seymour recogiendo el collar de Moltres del suelo. Lo observó con especial interés, como si se tratara de una compleja obra de arte que intentara descifrar. Sentí miedo al ver el collar entre sus dedos.
–No creo que alguien tan joven como tú deba tener esto. Es una enorme responsabilidad.
Extendió la mano y lo dejó caer sobre la palma de la mía. Tenía unas uñas largas y afiladas, tanto que pensé que podría rajarme la piel solo con rozarme.
–... No obstante, y como ya he dicho, te guardaré el secreto. Cuida bien de Moltres. Y que él te cuide del peligro.
–No tengo pensado buscar más peligros.
–El peligro no se busca; él te encuentra a ti. Cuanto más te alejes de él, con más fuerza acudirá.
–De... acuerdo...
Cogí el collar y me alejé lentamente, con la mirada de Seymour clavada en mi nuca. En cuanto entré en el pasillo del Jardín y supe que ya no podía verme, eché a correr y no paré hasta llegar a mi habitación. Cerré de un portazo.
–Eres imbécil, Div, lo más imbécil que ha pisado nunca este Jardín –me dije–. ¿Cómo cojones no te has dado cuenta de que llevabas el collar encima?
Aunque le había sonsacado información sobre las invocaciones,
Seymour me había aterrorizado, y no descartaba que fuera a delatarme, de modo que decidí que lo mejor
era quitarme de encima a Moltres cuanto antes. No quería seguir cargando con el collar
como si fuera un cadáver y tuviera que temer por mi vida cada vez que alguien descubriera que lo tenía.
Si Kei hubiera estado en la
habitación, me habría gustado pedirle su opinión, pero el collar era
mío, por lo que la decisión también. Me di la vuelta, decidido a salir de la habitación para hablar de inmediato con el director Cid, explicarle lo ocurrido y entregarle el collar. Tal vez fuera comprensivo y no me castigara...
Puse la mano en el pomo y lo giré, pero me quedé congelado. Seymour seguía en el Jardín, y tenía muy claro que no quería cruzarme con él una segunda vez.
Respiré hondo e intenté calmarme para armarme de valor, pero no me atrevía a girar el pomo del todo. Desistí y lo devolví a su posición original. No me gustaba ceder al miedo y echarme atrás, pero me dije que una noche más no me haría daño. Me desharía de
Moltres al día siguiente. Además, en sábado me encontraría poca gente en el Jardín y el director estaría más libre.
Cogí el collar, lo metí de nuevo en su caja y recogí las cintas, que se habían quedado tiradas en el suelo antes de irme a cenar. Las até con toda la fuerza que pude y les hice tantos nudos como era físicamente posible. Una vez hecho esto, busqué celo, gomas elásticas, esparadrapo y cualquier cosa que hubiera en la habitación y que me permitiera sellar el collar aún más. Para terminar, lo metí en un calcetín viejo, le hice un nudo y lo guardé en un cajón. A lo largo del proceso, pensé varias veces en tirar el collar por el váter, pero aquello me parecía aún más irresponsable.
Me acosté temeroso. Casi pensé en esperar a que volviera Kei para hablar con él, pero no quería preocuparle. Era la primera vez que salía desde que empezó el curso y no quería que pensara que me estaba haciendo la víctima para llamar su atención. El pobre tenía derecho a divertirse.
Apagué la luz convencido de que dejar entrar la oscuridad no era una buena idea. Cada vez que crujía algo en la habitación pensaba que había alguien más conmigo, cada vez que se movía algo en el exterior pensaba que me estaban acechando. No dejaba de sudar. Los segundos se convertían en minutos, los minutos en horas.
–Menudo Seed estás hecho –me dije–. Eres un cobarde. Un chiste.
Aquella noche tardé en dormirme y mis sueños estuvieron plagados de pesadillas angustiosas.
Antes de nada...
Ni el Jardín de Balamb, ni Moltres ni muchos de los personajes, situaciones, lugares, objetos y conversaciones y que aparecen en este blog me pertenecen y en ningún momento doy ninguno de ellos por propio.
Por lo tanto, no plagio nada. Yo solo soy dueño de este blog.
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2 de julio de 2010
7 de junio de 2010
Interludio Primero: En pedazos
En este mundo no existen la piedad ni la compasión.
Corríamos en dirección a la salida a lo largo de los pasillos del que otrora fue mi hogar. Dondequiera que miraba me venían a la cabeza infinidad de recuerdos: conversaciones de juventud, risas e inquietudes, alegrías y decepciones... Un sinfín de los retazos que habían confeccionado la historia de toda mi vida.
Pero aquel enorme castillo había dejado de ser un lugar seguro y nos quedaban pocos minutos para poder abandonarlo.
–No entiendo cómo puedes correr con eso puesto –le dije a Gárland, que iba a mi lado.
–Calla y ahorra fuerzas, todavía queda lo peor.
–Bah, no será para tanto. ¡Cuidado!
Un ser alado de extraños colores se abalanzó sobre nosotros. Le apunté con mi ballesta sin frenar la carrera y le disparé a bocajarro hasta que cayó inmóvil al suelo.
–¿Ves? Las ventajas de no llevar armadura: velocidad y libertad de movimiento. Además de lo que estarás sudando.
–Ya me lo dirás cuando uno de esos te muerda.
–¿Es que no confías en el poder de mi magia de curación? Que sea mago negro no implica que no pueda lanzar Cura o Esna de vez en cuando.
–Entonces serás mago rojo, no negro.
–Digamos que soy rojo oscuro.
Abrimos unas puertas dobles y cruzamos un corto pasillo para entrar en el enorme vestíbulo. Era una sala circular de dimensiones gigantescas y con varias salidas. Desde nuestra posición se abría un corredor a izquierda y derecha, flanqueado por enormes columnas. Delante de nosotros, una escalera doble bajaba en torno a una fuente llena de motivos escultóricos y desembocaba en un amplio espacio con una puerta doble de varios metros de altura que conducía al exterior. La parte superior del vestíbulo, a la que no se podía acceder desde donde nuestra posición, formaba un corredor circular similar a una terraza que podía verse desde abajo. Imponentes jarrones y lámparas adornaban la estancia... y cientos de monstruos la llenaban y le quitaban el aspecto acogedor que había tenido en el pasado.
–Como en los viejos tiempos –dije.
–¿Crees que podrás con tantos?
–Bueno... Será duro si aparece uno más.
–Entonces yo me encargaré de él.
–¡Ja, ja, ja! Te tomo la palabra.
–Prepárate.
Pegó un fuerte tirón de su enorme espada y reveló una larguísima cadena sujeta al mango. Me abracé con fuerza a la espada, él nos levantó en vilo con el mismo esfuerzo con el que un niño levanta un lápiz y nos lanzó hacia arriba con fuerza, como si la espada fuera un arpón. Las primeras veces había sentido vértigo, pero con el paso de los años me había acostumbrado a la sensación más que de sobra. La espada cruzó limpiamente el aire hasta clavarse en el techo.
–¡Buen tiro! –grité.
Con cuidado, salté desde mi complicada posición hasta el corredor del piso superior y Gárland tiró entonces de la larga cadena, provocando que la espada se desprendiera del techo y golpeara con fuerza la lámpara, que se rompió en pequeños cristales y se estrelló con estrépito contra el suelo.
Yo me situé junto al borde del corredor, que no tenía barandilla, y me colgué bocabajo sujetándome solo con las piernas. Cargué la ballesta y, sin apuntar a ningún punto concreto del vestíbulo, grité:
Yo me situé junto al borde del corredor, que no tenía barandilla, y me colgué bocabajo sujetándome solo con las piernas. Cargué la ballesta y, sin apuntar a ningún punto concreto del vestíbulo, grité:
–¡FULGOR!
Desaté una lluvia de proyectiles en la sala. De por sí solos, apenas habrían matado a un par de monstruos, pero estaban cargados con Fulgor, lo que provocó una cadena de explosiones cada vez que hacían impacto contra cualquier superficie o monstruo. Seguí disparando, intentando no perder el equilibrio y sin preocuparme por dónde golpearan mis ataques, ya que todo estaba perdido.
Cuando se me acabaron los proyectiles, me levanté y salté los varios metros que me separaban del rellano inferior. Intenté mantener la calma y, cuando el suelo empezó a estar cerca, grité:
Cuando se me acabaron los proyectiles, me levanté y salté los varios metros que me separaban del rellano inferior. Intenté mantener la calma y, cuando el suelo empezó a estar cerca, grité:
–¡Lévita!
Un campo de energía apareció debajo de mí y frenó a tiempo mi caída. Mis pies flotaban a pocos centímetros del suelo, como si caminara por el aire.
Miré a mi alrededor y lo vi todo cubierto de una sustancia verde, que debía de ser la sangre de los monstruos, cuyos cuerpos destrozados se amontonaban por todas partes. Había roto también un par de columnas con las explosiones y la fuente estaba destrozada. Sabía que era inevitable, pero no pude evitar ponerme triste. Aun así, no había tiempo para lamentarse.
Miré a mi alrededor y lo vi todo cubierto de una sustancia verde, que debía de ser la sangre de los monstruos, cuyos cuerpos destrozados se amontonaban por todas partes. Había roto también un par de columnas con las explosiones y la fuente estaba destrozada. Sabía que era inevitable, pero no pude evitar ponerme triste. Aun así, no había tiempo para lamentarse.
–¡Deprisa, Gárland! ¡La estructura no resistirá mucho más!
Mi compañero me deshizo de un par de monstruos con sendos golpes en lo que yo desconvocaba el hechizo Lévita para volver a pisar el suelo. Gárland bajó corriendo la escalera para unirse a mí y echó abajo la puerta principal con su arma, que ahora había adoptado la forma de un hacha gigante.
Al otro lado nos esperaba Rosso, una mujer elegante con una larga cabellera de color carmesí y una larga cola peluda del mismo color.
Al otro lado nos esperaba Rosso, una mujer elegante con una larga cabellera de color carmesí y una larga cola peluda del mismo color.
–Ya iba siendo hora. ¿Habéis sido vosotros los de las explosiones?
–Solo yo –dije.
–Supongo que era inevitable –suspiró–. El dispositivo está listo. Vámonos.
–Pero espera, ¿qué pasa con los demás?
–Dívdax... No podemos esperarles.
–¡¿Qué?! No habrás pensado en serio que vamos a abandonarles...
–Ya lo habíamos hablado, y solo quedan dos minutos. No va a llegar nadie.
–¡Pero...!
–¡No hay tiempo! ¡VAMOS!
Corrimos tras Rosso por la terraza, esquivando a los monstruos que aparecían, hasta llegar al transportador, una plataforma circular que nos sacaría de allí. Gárland y Rosso subieron de un salto, pero yo me detuve para girarme y eché un último vistazo al formidable castillo.
–¿Qué crees que estás haciendo? ¡Sube!
–Mientras quede tiempo, queda esperanza.
–Dívdax, no hagas locuras y sube.
–¡No! ¡Tienen que venir!
Cerré los puños con tanta fuerza que me clavé las uñas en las palmas de las manos. Miraba las puertas como si me fuera la vida en ello, esperando la más mínima señal que me diera una excusa para echar a correr y salvar a uno de los nuestros. No quería creer que no fuera a venir nadie. No podía darles por muertos.
–¡Quince segundos! ¡Gárland!
–¡Se acabó! ¡Adentro! –rugió Gárland, que me cogió por los hombros y me subió al transportador sin que pudiera resistirme.
–¡No, Gárland! ¡Tenemos que ayudarles! ¡¡¡SUÉLTAME!!!
La bomba estalló en ese instante y no pude contener las lágrimas mientras veía los bloques de piedra volar por los aires, los muros hundiéndose, los tejados desmoronándose, los cristales estallando y, en definitiva, todo vestigio de mi vida anterior desapareciendo en pedazos.
Gárland me soltó. El castillo y sus alrededores comenzaron a desfigurarse hasta que su figura desapareció por completo. Nos movíamos por una vorágine de luces naranjas y amarillas. O eso creía, porque las lágrimas me hacían verlo todo borroso. Me sobresaltó el contacto de la mano de Rosso sobre mi hombro.
Gárland me soltó. El castillo y sus alrededores comenzaron a desfigurarse hasta que su figura desapareció por completo. Nos movíamos por una vorágine de luces naranjas y amarillas. O eso creía, porque las lágrimas me hacían verlo todo borroso. Me sobresaltó el contacto de la mano de Rosso sobre mi hombro.
–Nuestra venganza se verá cumplida, que no te quepa duda de ello.
–No le prometas lo imposible –intervino Gárland–. Poco podemos hacer tres personas solas. Quizá haya llegado el momento de hacer lo razonable y...
–No somos solo tres –le interrumpí.
–Sé realista, Dívdax. Ya sabes que las probabilidades de que hayan sobrevivido son...
–¡¡¡Cállate!!! ¡No lo digas! ¿No te enseñó tu abuela que...?
–¿Que no hay que decir cosas malas porque se hacen realidad? –recitó Rosso–. Yo también me niego a creerlo, Dívdax. Deseo que mi hermana y que todos los demás hayan sobrevivido... pero...
–Hemos hecho cuanto estaba en nuestra mano –declaró Gárland–. La alternativa era quedarnos a esperar la muerte. Nadie puede juzgar nuestros actos.
El transportador se detuvo. A nuestro alrededor se materializó un extenso y vasto campo.
–¡¡¡No están muertos!!! –insistí–. ¡Volveremos y les encontraremos!
–No creo que sea aconsejable volver en un tiempo.
–¡Pues iré yo solo! Son demasiado fuertes, no pueden haber... –se me rompió la voz –. No pueden haberse ido...
–De seguir vivos, nos encontrarán.
–Y, de no seguirlo, nos cobraremos nuestra venganza.
–¡No es venganza lo que quiero! Lo que yo quiero es...
Una luz muy fuerte comenzó a brillar. En esa luz se encontraba la respuesta.
16 de mayo de 2010
III: Anamnesis
Recuerdo que estaba en un salón de enormes dimensiones. Había dos hileras de columnas a ambos lados. Frente a mí, una alfombra roja cubría una rampa que conducía hasta un trono apenas visible tras la figura que se erguía ante mí. Se trataba de un hombre enfundado en una imponente armadura que no permitía ver ni un centímetro de su piel, y de la que destacaba su casco que recordaba a una calavera con dos largos cuernos. Llevaba una capa violeta que ondeaba a pesar de que no había corriente.
Nos miramos durante unos segundos sin mediar palabra, como esperando a que ocurriera algo. Finalmente, levanté una ballesta y le apunté con ella. El hombre se rio, como si se burlara de mí.
–¿Qué te hace tanta gracia? –le pregunté.
El hombre comenzó a hablar, pero no decía palabras, sino que emitía un extraño pitido.
Abrí los ojos. Un pitido de lo más irritante me estaba perforando los oídos.
–Puta alarma de los cojones, os odio a ti y a ella –protesté.
–Sabes que tengo que levantarme a esta hora –replicó Belazor.
–Eres gilipollas. Las clases empiezan a las 8:30, ¿para qué necesitas levantarte a las 6? Y, encima, también me despiertas a mí.
–Es que, si la pongo más ba-bajo, no la escucho.
–No es mi problema. Juro que os destruiré a tu alarma y a ti.
–No es mi problema. Juro que os destruiré a tu alarma y a ti.
–¿Por qué estás tan enfa-fa-fadado... desde por la mañana?
–Te dedicas a despertarme todos los días con tu manía estúpida, ¡¿cómo no voy a...?!
Respiré hondo. Había más gente durmiendo en las habitaciones contiguas y no quería fastidiarles como Belazor me fastidiaba a mí, de modo que me resigné y me giré en la cama para darle la espalda. Le escuché abrir sus cajones y entrar al baño. Poco después, empezó a correr el agua de la ducha. Tuve que reprimirme para no entrar con mi bastón y lanzarle un hechizo Electro. Ganas no me faltaban, desde luego.
Me costaba mucho dormirme y una vez me desvelaba era misión imposible volver a conciliar el sueño hasta la noche siguiente. Si al menos supiera utilizar Morfeo, un hechizo de sueño, podría evitar esos problemas y dormirme plácidamente hasta la hora que quisiera. Pero nooo, me tocaba estar en pie de guerra a las 6 día sí y día también por culpa del imbécil de mi compañero de habitación...
Tenía algo en la cabeza, pero no recordaba qué era. ¿Estaba relacionado con mi sueño? Sé que había soñado algo raro, salía un hombre de acero en un templo, pero no recordaba de los detalles.
–Tú y tu mierda de alarma –protesté para mí.
Exasperado, me levanté para no perder el tiempo en la cama. Preparé la mochila para las clases del día y me vestí. Aun así, no eran ni las 6:15. Qué mierda.
En vista de que no había mucho más que hacer en mi habitación, y con las pocas ganas que tenía de verle la cara a Belazor, cogí la llave y salí en dirección al patio.
–Has madrugado –me saludó una voz.
Pegué un salto en el sitio por la sorpresa. Se trataba del conserje.
–Disculpa si te he sobresaltado. Buenos días.
Pegué un salto en el sitio por la sorpresa. Se trataba del conserje.
–Disculpa si te he sobresaltado. Buenos días.
–Pues cómo serán los malos –contesté de mala gana.
–¿Ha ocurrido algo?
–El tonto de... –respiré hondo–. Ha sido culpa de Belazor.
–¿Continúa con su manía de poner la alarma excesivamente pronto?
–Sí. ¿Cómo lo sabes?
–Suelo oírla en mis patrullas diarias por el pasillo.
–Entonces ya lo sabes.
–Suelo oírla en mis patrullas diarias por el pasillo.
–Entonces ya lo sabes.
–Si estás a disgusto, tal vez pueda conseguir que dejes de sufrir a causa de su alarma.
–¿Cómo vas a...? No, déjalo. No es necesario.
–¿Has salido de tu habitación en busca de algo, o solo querías alejarte de tu compañero?
–Necesitaba... despejarme.
–Si quieres mi opinión, te aconsejo buscar una actividad extraescolar. He visto unas cuantas generaciones de estudiantes pasar por aquí y la gestión del estrés es vuestro mayor problema. Es importante saber calmar la mente, ya que el curso puede llegar a resultar agotador.
–Y que lo digas. Y eso que acaba de empezar...
–Además, tú siempre has sido un buen estudiante con gran talento para la magia. Solo necesitas tener un poco de paciencia y seguir esforzándote. Cuando el curso acabe, te convertirás en Seed y podrás dejar atrás todo esto.
–Ojalá lo consiga.
–Que no te quepa duda.
–¿A qué viene todo esto?
–¿A qué te refieres?
–A estos... ánimos y consejos que me estás dando. ¿Por qué?
–Bueno... Podríamos decir que son solo eso, consejos.
–Entiendo... Gracias.
–No tienes por qué darlas.
Noté que me sonrojaba y bajé rápidamente la vista al suelo, más sorprendido que avergonzado por mi reacción.
–Eeeh... Bueno, yo... creo que voy a... eeh... Hace un poco de frío, así que mejor me quedo en... Hasta luego.
Me di la vuelta y traté de acertar con la llave en la cerradura, pero se negaba a encajar. Después de los diez segundos más vergonzosos de mi vida, conseguí entrar y cerrar a mi espalda.
¿Por qué me había puesto tan nervioso? No era más que el conserje, un personaje irrelevante en mi vida. Respiré hondo hasta que conseguí tranquilizarme.
–No pasa nada –me dije–, tranquilízate.
Por suerte, a Belazor aún le quedaba un buen rato en el baño, así que me ahorré que empezara a preguntarme qué estaba haciendo y dónde me había ido. No me apetecía nada hablar con él, pero tampoco podía seguir durmiendo, así que levanté la persiana, giré mi silla hacia un rincón y me senté a leer. Cuando por fin salió del baño, ignoré todo lo que me dijo hasta que por fin desistió de intentar hablar conmigo.
Fui a desayunar en cuanto abrió la cafetería, luego volví a mi habitación a por la mochila y me dirigí a clase. Entré en el aula unos minutos antes de que sonara el timbre. El profesor de filosofía aún no había llegado, así que me senté mientras el resto iba llegando poco a poco. Mis compañeros eran unos alumnos tan responsables que se quedaban hablando a voces en el pasillo en lugar de sentarse y prepararse para la clase, que es lo que me gustaría que hicieran. Bravo por el sistema educativo vigente.
Al meter la mano en la mochila, me acordé de mi estuche olvidado. Busqué en la cajonera de la mesa y me alivió ver que seguía allí. Saqué mi carpeta y los apuntes de los días anteriores, cogí un boli y empecé a garabatear en el margen. Sonó el timbre que indicaba el comienzo de las clases, pero el profesor tardó otros cinco minutos más en dignarse en aparecer.
–¿Dónde nos quedamos el otro día?
Unos golpes en la puerta impidieron que llegara la respuesta. Se abrió y entró la jefa de estudios junto a un... Bueno, no sé si sería más apropiado decir chico u hombre. Parecía de mi edad y tenía un rostro jovial, pero era mucho más alto que yo, me sacaba al menos dos cabezas. Tenía los ojos marrones y el pelo moreno, lo llevaba corto excepto por un mechón notablemente más largo que crecía de su flequillo. Llevaba camiseta, pantalones y botas de colores oscuros, con una chaqueta de cuero rojo. "Mola", fue la impresión que me dio al verle.
–Disculpa que interrumpa un segundo –le dijo la jefa de estudios a nuestro profesor antes de dirigirse a nosotros–. Os informo de que a partir de ahora vais a tener un nuevo compañero en clase. Su nombre es Keiichi Snake y está especializado en combate con espadas y cuerpo a cuerpo.
El tal Keiichi alzó el brazo e hizo el saludo militar. Me reí, pero tosí y conseguí apagar la carcajada. Otros no se esforzaron ni en disimularla.
–Otra cosa más –añadió la jefa de estudios–. ¿Quién de vosotros es Dívdax?
–Yo –levanté la mano un poco intimidado.
–Acompáñanos un momento, ¿vale?
–Vale...
Me levanté sin saber muy bien lo que iba a decirme. Me puse algo nervioso, pensé que iban a sancionarme o a castigarme, aunque no recordaba haber hecho nada malo. ¿Tal vez Belazor se había quejado de mí? Si acaso, debería ser yo el que se quejara de él, ¿no?
La jefa de estudios sujetaba la puerta del aula, como indicándome que tenía que salir. El chico nuevo también salió, y la jefa nos imitó y cerró la puerta a nuestras espaldas.
La jefa de estudios sujetaba la puerta del aula, como indicándome que tenía que salir. El chico nuevo también salió, y la jefa nos imitó y cerró la puerta a nuestras espaldas.
–Mira, Dívdax, va a haber un pequeño cambio de organización durante los próximos meses. A partir de ahora, Keiichi va a ser tu compañero de habitación. ¿Te parece bien?
–¿Qué? ¿Y eso?
–Acaban de llegar dos nuevos estudiantes al Jardín: Keiichi es de sexto grado y el otro es un chico de cuarto. Ya sabes que procuramos que en las habitaciones vayáis siempre a la par, pero tu compañero y tú habéis sido un poco la excepción, os sacáis dos años. Como da la casualidad de que tú eres de sexto y tu compañero es de cuarto, hemos pensado cambiar de habitación a tu compañero y juntaros a los cuatro por curso. Además, así le puedes ayudar y guiarle un poco por el Jardín.
–Eeeh... Vale, de acuerdo –no estaba muy seguro de si sentirme aliviado por librarme de Belazor o asustado por tener un desconocido de metro noventa en mi habitación.
–Tranqui, churra, que no te voy a comer ni nada –dijo el nuevo.
–No, si no es por ti. Es que ha sido muy repentino. Pero vamos, que por mí vale...
–No, si no es por ti. Es que ha sido muy repentino. Pero vamos, que por mí vale...
–Es más; por mí perfecto. Adiós, Belazor.
–¿Sí? Estupendo. Muchas gracias por tu colaboración, Dívdax. Ahora avisaremos a tu compañero y ya luego hacemos el traslado tranquilamente. Ya podéis entrar a clase.
Me habría gustado presentarme como es debido, pero delante de la jefa de estudios me daba vergüenza, así que entramos otra vez en el aula. El profesor, después de dar la bienvenida al nuevo, le colocó en un asiento libre justo delante de mí. Apenas hizo nada en toda la clase. Pero yo tampoco, la verdad. Tenía la cabeza en otra parte, como de costumbre.
Al terminar la hora, me acerqué a la mesa del nuevo para hablar con él. Me costaba mucho hablar con gente que no conocía, pero, ya que íbamos a ser
compañeros de habitación hasta que terminara el curso, pensé que era mejor coger confianza cuanto antes. Me paré junto a su mesa y levantó la vista al verme.
–Hola –le saludé.
–Hola –repitió.
–Esto... Como nos han puesto en la misma habitación, quería presentarme en condiciones. Me llamo Dívdax, pero puedes llamarme Div. Soy mago negro.
–Yo soy Keiichi, pero llámame Kei. Manejo la espada. Encantao'.
Me tendió la mano y se la estreché. Me hizo un poco de daño con el apretón, vi que no era mentira lo de que se especializaba en el cuerpo a cuerpo.
–Bueno, y... ¿Qué horario tienes? –le pregunté.
–Supongo que el mismo que tú, ¿no?
–Sí, qué pregunta más tonta... Pues... nada, cuando acabe la última hora, si quieres te espero y te acompaño a la habitación, que no creo que te hayan dado la llave.
–Oye, que si lo de cambiarte de compañero es un problema a mí no me importa irme con el otro chaval nuevo.
–No, no. No es un problema. De hecho... –me pensé bien lo que quería decir, no quería parecerle el tipo de persona que critica a todo el mundo–. Digamos que tenía ganas de perder de vista a mi compañero de habitación.
–Juas. Has tenido suerte entonces.
–Pues sí, un poco sí –sonreí.
El resto del día transcurrió con especial lentitud. Casi toda la clase se acercó a hablar con Kei. Parecía que todos querían ser amigos del nuevo, enseñarle el Jardín y de todo.
Al terminar las clases, tardé más en recoger a propósito para esperar a que se pasaran las aglomeraciones de la escalera. Cuando vi que Kei me estaba esperando, cogí la mochila y me levanté rápidamente.
–¿Te han enseñado las instalaciones? –le pregunté.
–Qué va, de pasada solo.
–Vale. En la planta de abajo hay un mapa, pero, como tenemos las mismas clases, de momento te haré de guía.
–Aro.
–¿Eh?
–Digo que sí, que claro.
No acababa de entender la forma de hablar de Kei, pero me imaginé que ya me acostumbraría. Bajamos las escaleras y empezamos a recorrer el pasillo. Yo empecé a señalar cada zona.
–Por aquí delante se va al pórtico, que lleva a la salida del Jardín. Después tenemos la enfermería... jefatura de estudios... la cafetería... y, por último, los dormitorios. Al otro lado están la zona de entrenamiento y la biblioteca.
–¿Tenéis una zona de entrenamiento? Mola. ¿Está abierta?
–Supongo que sí... Pero primero hay que reservar hora.
–Ah, va. Otro día, entonces. De momento tengo que ir a por mis cosas.
–Hola –le saludé.
–Hola –repitió.
–Esto... Como nos han puesto en la misma habitación, quería presentarme en condiciones. Me llamo Dívdax, pero puedes llamarme Div. Soy mago negro.
–Yo soy Keiichi, pero llámame Kei. Manejo la espada. Encantao'.
Me tendió la mano y se la estreché. Me hizo un poco de daño con el apretón, vi que no era mentira lo de que se especializaba en el cuerpo a cuerpo.
–Bueno, y... ¿Qué horario tienes? –le pregunté.
–Supongo que el mismo que tú, ¿no?
–Sí, qué pregunta más tonta... Pues... nada, cuando acabe la última hora, si quieres te espero y te acompaño a la habitación, que no creo que te hayan dado la llave.
–Oye, que si lo de cambiarte de compañero es un problema a mí no me importa irme con el otro chaval nuevo.
–No, no. No es un problema. De hecho... –me pensé bien lo que quería decir, no quería parecerle el tipo de persona que critica a todo el mundo–. Digamos que tenía ganas de perder de vista a mi compañero de habitación.
–Juas. Has tenido suerte entonces.
–Pues sí, un poco sí –sonreí.
El resto del día transcurrió con especial lentitud. Casi toda la clase se acercó a hablar con Kei. Parecía que todos querían ser amigos del nuevo, enseñarle el Jardín y de todo.
Al terminar las clases, tardé más en recoger a propósito para esperar a que se pasaran las aglomeraciones de la escalera. Cuando vi que Kei me estaba esperando, cogí la mochila y me levanté rápidamente.
–¿Te han enseñado las instalaciones? –le pregunté.
–Qué va, de pasada solo.
–Vale. En la planta de abajo hay un mapa, pero, como tenemos las mismas clases, de momento te haré de guía.
–Aro.
–¿Eh?
–Digo que sí, que claro.
No acababa de entender la forma de hablar de Kei, pero me imaginé que ya me acostumbraría. Bajamos las escaleras y empezamos a recorrer el pasillo. Yo empecé a señalar cada zona.
–Por aquí delante se va al pórtico, que lleva a la salida del Jardín. Después tenemos la enfermería... jefatura de estudios... la cafetería... y, por último, los dormitorios. Al otro lado están la zona de entrenamiento y la biblioteca.
–¿Tenéis una zona de entrenamiento? Mola. ¿Está abierta?
–Supongo que sí... Pero primero hay que reservar hora.
–Ah, va. Otro día, entonces. De momento tengo que ir a por mis cosas.
–¿Dónde están?
–Guardadas en jefatura.
–¿Quieres que te ayude con ellas?
–No, pero dime cuál es nuestra habitación, para no liarme.
–La 215.
–Va. Pues ahora te veo.
Kei se fue a jefatura a por sus cosas y yo fui a la habitación. La puerta no estaba cerrada cuando llegué. Al abrir vi a Belazor recogiendo sus cosas, había llenado su cama de ropa.
Kei se fue a jefatura a por sus cosas y yo fui a la habitación. La puerta no estaba cerrada cuando llegué. Al abrir vi a Belazor recogiendo sus cosas, había llenado su cama de ropa.
–¿Por fin te han expulsado? –le pregunté.
–No, me cambian de habitación.
–¿Serás capaz de detectar mi sarcasmo por una sola vez en tu vida?
–Te "voyachar" de menos –balbuceó, incapaz de vocalizar bien.
–Ni que me fuera a otro país. Puedes ahorrarte las formalidades.
–No son formalidades... Es la verdad.
–Lo que tú digas.
–¿Todavía sigues... cabreado por lo de esta, esta mañana?
–En parte.
–Lo siento, sabes que, que yo me levanto a esa hora.
–Sí, ya, cuéntaselo a tu nuevo compañero. A ver si tus tonterías le hacen tanta gracia como a mí.
Dio la batalla por perdida y dirigió la vista al suelo. En esto llegó Kei, llamó a la puerta y entró con una bolsa de deportes de color gris y una funda enorme a su espalda.
–Permiso –dijo.
–Hola. So-soy Belazor.
–Kei. Encantao'.
–Cuida bien de Div, es un poco...
–Div sabe cuidar de sí mismo, gracias –le corté.
–Aquí tienes mi llav...
–No se la des –le volví a cortar.
–¿Por qué?
–Porque es la hora de comer. Si le das la llave ahora, cuando salgas no vas a poder cerrar la puerta.
–Ah... Tienes razón.
–Acompáñame y te enseño el comedor –le dije a Kei.
–Hola. So-soy Belazor.
–Kei. Encantao'.
–Cuida bien de Div, es un poco...
–Div sabe cuidar de sí mismo, gracias –le corté.
–Aquí tienes mi llav...
–No se la des –le volví a cortar.
–¿Por qué?
–Porque es la hora de comer. Si le das la llave ahora, cuando salgas no vas a poder cerrar la puerta.
–Ah... Tienes razón.
–Acompáñame y te enseño el comedor –le dije a Kei.
–Ahí, ahí, a lo importante.
Salimos de la habitación y dejamos solo a Belazor, que seguía recogiendo. Ni me molesté en decirle que no hacía falta que recogiera ahora, que tenía toda la tarde para hacerlo, que primero fuera a comer. Si era tan cabezota como para perderse la hora de la comida, era su problema.
–Pues sí que hay buen rollo –comentó Kei.
–Si a ti te despertara todos los días a las seis de la mañana, tampoco te llevarías bien con él.
–¿A las seis? No jodas, ¿pero las clases no empiezan a las ocho y pico?
–Sí.
–¿Entonces pa' qué tan pronto?
–Buena pregunta. Si te enteras de por qué lo hace, me lo dices.
–¡Hola, chicos! –nos saludó una voz jovial.
–Hola, preciosa –saludé a Leta.
–Bueno, que no nos hemos presentado en clase –le dijo a Kei–. Soy Leta. Encantada.
Hizo amago de estirarse para darle dos besos, y Kei se tuvo que doblar para que Leta le llegara a la cara. Si a mí me sacaba dos cabezas, a Leta le sacaba tres.
–¿Qué, qué tal tu primer día? –le preguntó Leta.
–Pos bien, hay poco que contar.
–Has llegado en un momento un poco rollo, estamos con el temario fuerte.
–Ya me he dao' cuenta.
–Al final del trimestre tenemos los exámenes finales y ya se acabó la teoría, ¿no?
–Creo que sí –tercié.
–Pues sí que hay buen rollo –comentó Kei.
–Si a ti te despertara todos los días a las seis de la mañana, tampoco te llevarías bien con él.
–¿A las seis? No jodas, ¿pero las clases no empiezan a las ocho y pico?
–Sí.
–¿Entonces pa' qué tan pronto?
–Buena pregunta. Si te enteras de por qué lo hace, me lo dices.
–¡Hola, chicos! –nos saludó una voz jovial.
–Hola, preciosa –saludé a Leta.
–Bueno, que no nos hemos presentado en clase –le dijo a Kei–. Soy Leta. Encantada.
Hizo amago de estirarse para darle dos besos, y Kei se tuvo que doblar para que Leta le llegara a la cara. Si a mí me sacaba dos cabezas, a Leta le sacaba tres.
–¿Qué, qué tal tu primer día? –le preguntó Leta.
–Pos bien, hay poco que contar.
–Has llegado en un momento un poco rollo, estamos con el temario fuerte.
–Ya me he dao' cuenta.
–Al final del trimestre tenemos los exámenes finales y ya se acabó la teoría, ¿no?
–Creo que sí –tercié.
Mientras nos servían la comida y buscábamos mesa, estuvimos explicándole el funcionamiento del Jardín, de las clases, le advertimos sobre algunos profesores, lo típico. Él, por su parte, nos habló del Jardín en el que estudiaba antes, y nos explicó que sus padres habían tenido que trasladarle por su trabajo.
–¿Entonces vienes de otro Jardín? –le preguntó Leta.
–Sí, del Jardín de Arcadia.
–¡Pero si eso está lejísimos!
–Me lo vas a decir a mí. He tenido suerte de que me aceptaran en este.
–Bueno, tampoco llevamos mucho curso –comenté–. Menos de un mes.
Seguimos hablando cuando mi mirada se clavó en la de otro chico. Vestía de negro, con muñequeras y tobilleras naranjas que destacaban sobre el resto de su ropa. Tenía el pelo largo y rizado. Era el chico del día anterior. Le miré durante un buen rato, pero no pareció darse cuenta. Debía de ser el nuevo compañero de habitación de Belazor, el supuesto dragontino.
Recordé que el día anterior me había venido su cara a la cabeza con absoluta claridad, como si le conociera de antes. Pero ¿dónde le había visto?
–¿Gár... land? –pregunté.
–¿Qué?
–¿Qué dice este? –preguntó Kei.
–Eh... –me di cuenta de que seguía en mi mesa–. No, nada. Es solo que... acabo de acordarme de... Nada, es igual.
Leta y Kei reanudaron su conversación y yo volví a mirar al chico de negro y naranja, pero esta vez él también me estaba mirando. ¿Cómo describir su mirada? ¿Sorpresa? ¿Acaso me había oído?
Fingí que solo le había mirado por casualidad: dirigí la vista a varios sitios distintos y finalmente la bajé a mi plato. Recordé el sueño que había tenido por la mañana: la sala gigante con las columnas, el hombre de la armadura y su nombre... ¿Cómo le había llamado? Algo que empezaba por G... Ya se me había olvidado. Pero estaba convencido de que ese era el nombre del guerrero de mi sueño. Lo sabía por algún motivo, me lo decía el instinto. Aun así... ¿por qué me había venido a la cabeza mirando a ese chico?
Fingí que solo le había mirado por casualidad: dirigí la vista a varios sitios distintos y finalmente la bajé a mi plato. Recordé el sueño que había tenido por la mañana: la sala gigante con las columnas, el hombre de la armadura y su nombre... ¿Cómo le había llamado? Algo que empezaba por G... Ya se me había olvidado. Pero estaba convencido de que ese era el nombre del guerrero de mi sueño. Lo sabía por algún motivo, me lo decía el instinto. Aun así... ¿por qué me había venido a la cabeza mirando a ese chico?
Genial. En apenas unas horas, ya tenía la cabeza llena de cosas: sueños extraños, nombres que surgían en mis pensamientos, un nuevo compañero de habitación... El lado bueno era que me había librado de Belazor, gracias a Arceus.
–Si estás a disgusto, tal vez pueda conseguir que dejes de sufrir a causa de su alarma–, recordé.
O tal vez no había sido gracias a Arceus. Tenía que darle las gracias al conserje la próxima vez que le viera.
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