Antes de nada...



Ni el Jardín de Balamb, ni Moltres ni muchos de los personajes, situaciones, lugares, objetos y conversaciones y que aparecen en este blog me pertenecen y en ningún momento doy ninguno de ellos por propio.
Por lo tanto, no plagio nada. Yo solo soy dueño de este blog.

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21 de diciembre de 2010

XVII: Conversaciones de biblioteca

Los días siguientes al incidente del sótano me vi obligado a volver a clase contra mi voluntad. Había dejado de sentirme seguro en el Jardín, pero no podía comentar lo sucedido con nadie. ¿Qué profesor me iba a tomar en serio, qué excusa les pondría a mis compañeros de clase? Lo único que iba a conseguir es darle al responsable de mi secuestro la satisfacción de verme asustado.
Para mi desgracia, nada cambió. Por más que me había imaginado una escena en la que la policía irrumpía en el Jardín y se llevaba detenido a alguien del personal, no tenía muchas esperanzas de que ocurriera. De hecho, ni siquiera vi policías en todo ese tiempo: no vinieron a tomarme declaración, ni a vigilar el Jardín ni nada de nada. Era como si nunca hubiera estado encerrado. ¿Se lo habrían creído Leta y Kei? A lo mejor pensaban que me lo había inventado todo para llamar la atención.
Los primeros días me acercaba a preguntar a Ryuzaki cada vez que me cruzaba con él, pero siempre me contestaba lo mismo:

–La investigación sigue en curso.

No sabía si es que no estaba autorizado a darme información, si me la ocultaba para no preocuparme o si directamente estaba ignorando el asunto, pero al final me harté de ir detrás de él y me resigné a vivir con miedo en el que consideraba mi hogar.
Por suerte, contaba con el apoyo de Kei. Se sentía responsable de lo que me había pasado, aunque yo le insistía en que no era culpa suya y que ni siquiera sabíamos quién estaba detrás del incidente. Habíamos retomado los entrenamientos en los pocos ratos libres que teníamos y me esforzaba al máximo en ellos, pero me desmotivaba al pensar que las otras veces que me había visto en peligro no me habían servido de nada. En cualquier caso, Kei me acompañaba a casi todas partes, pero yo procuraba aprovechar los escasos minutos que me quedaba a solas en la habitación (cuando él se metía al baño, por ejemplo) para agacharme frente al armario y asegurarme de que el collar de Moltres seguía grapado ahí debajo. Acariciaba la tela con los dedos y me sentía un poco mejor.

También tenía la sensación de que mis compañeros de clase habían empezado a evitarme. No sabía si estaban enfadados conmigo por el cambio en el reglamento de las salidas o si era yo el que, en mi empeño por buscar cómplices del secuestro, trataba de evitarlos todo lo posible.
Poco a poco, intenté razonar que nadie quería mi cabeza. No tenía sentido que me hubieran atacado ahora, que me faltaban pocos meses para graduarme y abandonar el Jardín, momento a partir del cual sería mucho menos arriesgado venir a por mí. Si el grupo militar que secuestró al padre de Kei fue capaz de infiltrarse en el Jardín para encerrarme, habría sido más fácil que fueran directamente a por él y no a por mí, así que no le veía la lógica. La posibilidad que más sentido tenía era que el culpable fuera Seymour, pero ¿qué podía querer de mí? ¿El collar de Moltres? Si me lo hubiera quitado cuando me pilló con él en el patio, no habría sido capaz de impedírselo. La opción que parecía más razonable era que todo hubiera sido culpa de un fallo eléctrico, como sugirió Ryuzaki. Me había quedado encerrado por casualidad y no había más misterio. Pero cada vez que me acordaba de las puertas abriéndose y cerrándose de golpe delante de mí me convencía más de que no había podido ser un accidente.
Por más que trataba de tranquilizarme, empecé a observar con recelo a todo el mundo, pues no sabía en quién podía confiar y en quién no. Aprovechaba las clases o el comedor para tomar nota de los movimientos de la gente, de su comportamiento, de su forma de hablar, de cualquier cosa que me permitiera confirmar o descartar sospechosos.

Aquel día le tocaba a Gawain, uno de mis compañeros de clase. Era lunes y la semana había empezado por todo lo alto: con otra soporífera clase de historia de la profesora Grudo. Pero aquel día la lección me importaba menos que nunca: estaba más interesado en observar a ese chico.

Gawain estaba sentado dos filas por delante de mí, pero le veía perfectamente desde mi posición. Era caballero de profesión, lo que significaba que en combate utilizaba una táctica defensiva que complementaba con habilidades ofensivas... y que tenía motivos de sobra para dárselas de noble y de presumido. No me gustaba hablar con él, porque iba de entendido fuera cual fuera el tema de conversación, y siempre tenía que llevar la razón.
Tenía el pelo de color castaño claro, lo llevaba corto y le quedaba mucho mejor de lo que me gustaría admitir. Sus ojos eran azules, perfilados por dos cejas finas y elegantes. Me fijé también en la curva de su oreja, que parecía un poco enrojecida. A lo largo de los pómulos le empezaban a nacer unos cuantos pelos sueltos de lo que sería una futura barba. Me acaricié inconscientemente las patillas y la barbilla, como para comprobar que yo aún no tenía barba, aunque no estaba seguro de si habría preferido tener más o menos que él. Si hubiera tenido más, probablemente pensaría en lo mal que me quedaba y que debería afeitarme para no hacer el ridículo, mientras que teniendo menos me sentía inferior, como si estuviera mucho más lejos que él de convertirme en adulto.
Movió la mano para rascarse el lóbulo y algo en su muñeca reflejó la luz de las bombillas. Llevaba un reloj de plata. O a lo mejor no era de plata, pero brillaba como si lo fuera. Bajé la vista hacia mi muñeca. Yo llevaba un simple reloj digital con correa de plástico. Agaché la vista y me fijé en sus zapatos. Tenía los tobillos cruzados hacia atrás y los movía con inquietud. Las suelas de sus zapatos eran bastante grandes, debía de calzar un cuarenta y algo, y estaban completamente blancas, como si los zapatos fueran nuevos. Estiré mi pierna derecha a un lado de la silla y miré mi zapato de reojo. Ya tenía por lo menos un año y se notaba: estaba sucio, descolorido y presentaba bastantes grietas por el uso. Oí risitas a mi espalda y pensé que mis compañeros se estaban burlando de mí, o que se reían porque estaba mirando a Gawain, y agaché la cabeza mientras todo el cuerpo me empezaba a picar por culpa del pudor.

Quise pensar que no importaban ni mi aspecto ni mi ropa, que estaba en el Jardín para aprender y convertirme en un miembro útil de la sociedad... pero era fácil decirlo. Me sentía ridículo en comparación con Gawain, muy inferior a él. Para empezar, él era mucho más guapo, con sus ojos claros y su sonrisa afable. No era el tipo de belleza que me resultaba atractiva, como me pasaba con Ryuzaki y con el dragontino, sino el tipo de belleza que no tienes más remedio que admitir, aunque no sea tu tipo. El pelo le quedaba genial, mientras que yo me dejaba las greñas largas porque me daba pereza cortármelo y, cuando por fin lo hacía, me veía aún peor que antes. Él vestía de forma mucho más elegante que yo, que solo tenía la poca ropa que me podía comprar con la pensión de orfandad. No podía permitirme lujos como ropa de marca ni zapatos brillantes, sino que tiraba por lo práctico: camisetas anchas, pantalones cómodos y calzado deportivo; ropa que me permitía moverme con libertad y me iba a durar más tiempo que, por ejemplo, unos vaqueros.
Una gran desazón se apoderó de mí. Me sentí diminuto, insignificante en un mundo en el que no importaba. Siempre había soñado con ser Seed, alcanzar renombre y convertirme en una persona a la que la sociedad admirase... pero en aquel momento me parecía un objetivo inalcanzable. ¿Cómo iba a destacar entre Seeds más capaces y atractivos que yo, como Gawain, o más organizados y responsables, como Leta, o más fuertes y que inspirasen más confianza, como Kei? ¿Quién iba a contratar a un soldado que hiciera magia cuando cualquiera puede tirar granadas para imitar la magia Piro, o comprarse un táser y dar chispazos como si fuera Electro, o soltar un manguerazo a modo del hechizo Aqua?

–Solo estás celoso de Gawain porque tiene familia y dinero, no porque de verdad sea mejor que tú –me dije–. Todo esto no son más que nervios: entre lo del sótano y que se acercan los exámenes estás muy nervioso y por eso la estás tomando con todo el mundo.

Pero sabía que era mentira. No estaba nervioso, sino desmotivado. Mi complejo de inferioridad estaba empezando a ganar la batalla contra mi autoestima. Pensaba que jamás iba a estar al nivel de los demás, jamás lograría igualarlos. Hiciera lo que hiciera, siempre iba a estar por debajo, no había forma de evitarlo. Llegados a ese punto... ¿no sería mejor rendirse y darlo todo por perdido?
 
–Así que a la imbécil de la reina Brahne –narraba mientras tanto la profesora– no se le ocurrió otra cosa que declararle la guerra a Lindblum. Y digo "imbécil" porque no hay otra palabra para definirla. Pero esto no me lo pongáis en el examen, ¿eh? ¿Estáis tomando nota? No, ¿verdad?

Saqué a desgana una hoja en blanco de mi carpeta para empezar a tomar apuntes y vi que solo me quedaban dos. Tenía que coger unas cuantas cuando volviera a la habitación, así que abrí mi agenda y anoté “coger más hojas”. Al hacerlo, me fijé en la fecha. Era 16 de noviembre. Esa semana cumplía los dieciocho años.

–¿Te cuento una cosa? –le pregunté a Kei, que estaba en la mesa de al lado.

No me hizo caso. Giré la cabeza para volver a llamarle y me quedé atónito al ver lo que estaba haciendo. Entre sus papeles y bolis había un par de tornillos. Él tenía un destornillador en la mano y lo giraba con brío por debajo de la mesa, pero tenía la vista fija al frente, para que no se notara lo que estaba haciendo. Las risitas de antes se repitieron; se habían estado riendo de lo que hacía Kei, no de mí.

–¡...! –no sé si lo que reprimí era un grito o una carcajada.
–Chitón –me dijo sin desviar la mirada–. ¿Qué pasa?
–No, la fecha. No me había dado cuenta, pero esta semana es mi cumple.
–Ya te vale, mira que olvidarte de tu propio cumpleaños...
–Ya, bueno, he estado muy ocupado encerrado en sótanos –nos empezamos a reír.
–A ver, vosotros dos –nos cortó la profesora, y se hizo el silencio en el aula mientras varios pares de ojos se giraban hacia nosotros–. ¿Queréis contar el chiste en alto, para que se ría toda la clase?
–Perdón –me disculpé rápidamente y agaché la cabeza sobre mi hoja en blanco.
–Más os valía estar tomando nota, que no os he visto hacer nada en lo que va de curso –nos riñó antes de proseguir con la lección.

Me sentí un poco avergonzado, pero la sensación duró poco. Mientras ella se esforzaba en explicar la clase con todo su esfuerzo, yo le correspondía tratando de evadirme de ella con todas mis ganas. Y mi mente voló una vez más, lejos del aula y de las demás personas allí presentes.

Lunes 16 de noviembre. Tenía los días contados antes de cumplir la mayoría de edad. Por un lado, era algo bueno, porque suponía cierta independencia y privilegios. Por ejemplo, podía salir del Jardín los días libres sin necesidad de pedir autorizaciones. Es cierto que salía poco, y Redea nunca se había negado a firmarlas, pero prefería no molestarla por tonterías, y era un alivio saber que disponía de esa libertad. Además, uno de los requisitos para convertirse en Seed era ser mayor de edad. Si alguien superaba las pruebas siendo menor, no podía ejercer como tal hasta cumplir los dieciocho.
Por otro lado, la mayoría de edad implicaba cierta seriedad. Llegaba la hora de la verdad, se acababan todos los tratos infantiles: iba a ser un adulto sujeto a normas y responsabilidades, el responsable directo de todas mis acciones.
En realidad, el cambio era más simbólico que otra cosa, porque sabía que mi vida no iba a cambiar de la noche a la mañana. Pero, aun así, esos últimos días como menor de edad me sentí... ¿cómo definirlo? ¿Expectante, como cuando se acerca el Año Nuevo y sientes que todo va a ser diferente? Supongo que el tiempo ha borrado las palabras con las que quería describirlo.

Después de otros cuarenta minutos que se me hicieron eternos, el timbre decidió sonar y poner fin al suplicio de aquella clase. Me estiré, recogí mis cosas y me acerqué a Kei.

–¡¿Estabas desmontando la puta mesa?! –le grité.
–¿No me creías capaz o qué?

Cícar se acercó a nosotros. Era otro compañero de clase, un guerrero alto, aunque no tanto como Kei, de tez morena y con el pelo negro y muy corto. Al verle, me aparté y volví a mi sitio, no porque le tuviera manía ni porque me cayera mal, sino porque... ¿y si el secuestrador era él?

–Macho, eres de lo que no hay –se rio Cícar, que le puso una mano en el hombro a Kei–. ¿Cómo se te ha ocurrido?
–Tengo experiencia, en mi Jardín viejo lo hacía todo el rato –presumió Kei.

Intenté no prestar atención a su conversación. En su lugar, abrí la agenda y empecé a dibujar estrellas y símbolos llenos de picos y de curvas hasta que noté una presencia a mi lado. Me acobardé hasta que vi que era Kei.

–¿Qué me ibas a contar? –preguntó.
–¿Eh? Ah, no, nada... Que esta semana es mi cumple.
–¿Qué tenías pensado hacer?
–Nada, la verdad.
–Pues el viernes nos vamos a Balamb a celebrarlo, ¿va?
–¿Qué? Vale, pero... mi cumple es el jueves –le contesté.
–Pero los jueves no dejan salir, hay clase al día siguiente.
–Cierto. Aunque tampoco hay mucho que hacer en Balamb...
–Eso es lo de menos, la cosa es salir y que nos dé el aire.
–Vale, puede estar bien.
–Nos podemos quedar en el Jardín si lo prefieres. Seguro que al tartaja le hace ilusión –me vaciló.
–Ahora que lo dices, me han hablado de un restaurante buenísimo en Balamb...

Kei se rio con fuerza.

–En realidad, sin contar lo de la Caverna de las Llamas, llevo desde principio de curso sin salir del Jardín –expliqué.
–Me acuerdo. Yo por lo de Saturos, pero, si no, igual que tú.
–Vaya par de antisociales estamos hechos.
–La sociedad es una mierda –me contestó.
–Pues sí. A la hora de comer se lo digo a Leta y miramos cuándo nos viene mejor.
–¿Y a quién más vas a invitar?
–A nadie –contesté algo confuso, como si me hubiera preguntado de qué color es el cielo. ¿No era evidente la respuesta?
–Macho, qué tristeza –dijo Kei–. ¿Tu otra amiga del orfanato no viene?
–¿Mako? Es de segundo grado, necesitaría un permiso especial.
–Coño, va con el mejor equipo de combate del Jardín, más segura no va a estar.
–Puedo preguntar a un profesor...

Eso dije, pero en realidad no pensaba preguntarle a nadie. Estaba empezando a alejarme de Mako poco a poco. No quería que se viera involucrada en secuestros ni en espíritus legendarios, pero, por encima de todo, había decidido salir de su vida. Cuatro años de diferencia implicaban que apenas coincidíamos, así que para cuando me hubiera ido no notaría mi ausencia. Estaba intentando acelerar el proceso sin decirle nada a ella, evitándola o cortando nuestras conversaciones antes de tiempo. Tenía otras amigas, otra vida. Decidí que ya no me necesitaba.
 
–Además, seguro que deja de hablarme en algún momento del futuro. Como el resto de gente del orfanato... y de mi clase.

A la hora de comer, le comentamos el plan de mi cumpleaños a Leta, que comenzó a sugerir varios sitios en Balamb. Como Kei solo había estado allí dos veces y yo apenas salía, ninguno de los dos teníamos mucha idea de lo que decía. Yo quería buscar un sitio tranquilo y no muy caro para una cena sencilla, pero Leta nos habló de una feria artesanal que se celebraba el fin de semana. No era un especial admirador del tema, pero no perdíamos nada por probar. Además, lo importante, como había dicho Kei, era salir y despejarnos, olvidarme durante unas horas de Moltres, del sótano, del padre de Kei... y de que era un inútil sin futuro.

Aquella tarde la pasé estudiando en la biblioteca. Me las estaba arreglando bastante mejor de lo que me esperaba en la mayoría de asignaturas, pero tenía que ponerme las pilas en historia y filosofía. Me consolaba pensando que la teoría era lo difícil y que, en cuanto terminara el trimestre, empezaríamos con la práctica, que era mucho más amena, aunque también más exigente.
Al entrar en la biblioteca, me acordé de la conversación que tuve allí con Ryuzaki. “Necesito que confíes en mí”, me había dicho... Como si me hubiera servido de algo hasta el momento.
Me senté en la mesa que estaba más lejos de la que ocupé cuando entré con él, como para alejar el recuerdo, aunque tampoco había mucho espacio libre para elegir. Cuanto más se acercaban las evaluaciones, más gente iba a estudiar, a hacer deberes o, sencillamente, a leer. O así debía ser en la teoría. En la práctica se dedicaban a hablar en susurros que subían gradualmente de volumen y frecuencia hasta convertirse en cuchicheos y que continuaban exagerándose hasta que el profesor de guardia de turno tenía que ordenar silencio y sofocaba el ruido. Aunque solo durante un par de minutos, tras los cuales el ritual volvía a dar comienzo.
Aquel día no era una excepción. Yo estaba sentado en una mesa con una chica pequeña que ni siquiera me sonaba de vista. Intentaba, sin éxito, meterme en la cabeza batallas, fechas y personajes célebres que habían protagonizado los últimos siglos y, por si no me resultara ya bastante difícil, los odiosos susurros y risitas me quemaban todavía más. Solté un suspiro de exasperación.

–Buenas –me susurró una voz–. ¿Te importa si me siento?

Estaba tan ensimismado que pegué un respingo cuando lo escuché.

–No, claro.
–Gracias.

El dueño de la voz se descolgó la mochila del hombro y sentó a mi lado. Cuando lo hizo, un color muy intenso que provenía de su dirección atrajo mi mirada, así que miré de reojo para verlo mejor, pero eran solo unas muñequeras de color naranja.
Espera. ¿A quién conocía yo utilizaba muñequeras naranjas?
Miré hacia arriba y descubrí que el chico que me había hablado era el dragontino. Iba vestido igual que siempre: de negro y con sus distintivas muñequeras. Tenía la piel un poco pálida y lo parecía aún más en contraste con su ropa negra. El pelo, igual de negro, le caía por la espalda formando ondas curiosas. Nunca le había visto tan de cerca, ahora me podía fijar en que tenía la nariz y la barbilla afiladas y bien definidas.

–¡Ah! Hola –le saludé para no parecer inapropiado por mirarle tan de cerca.
–Hola. Eres el que desapareció hace poco, ¿verdad?
–¿Ahora me he ganado un mote?
–Supongo –le respondí.
–Te he visto muchas veces, pero no nos hemos presentado. Me llamo Lisander.
 
Me tendió la mano. ¿Había venido a burlarse de mí por lo del sótano o solo pretendía ser amable? Para no darle motivos de sospecha, se la estreché, pero con poca fuerza, por si llevaba las muñequeras por recomendación médica y no por estética.

–Dívdax –respondí.
–Tenía curiosidad por hablar contigo. ¿Ya estás mejor? –me preguntó.
–¿Mejor de qué?
–La última vez te vi en la enfermería. Tenías un brazo mal, si no me equivoco.
–¡Ah! Sí. Sí, ya lo tengo mejor, gracias –me arremangué y lo estiré para que lo viera–. ¿Y tú? Supongo que tampoco estabas allí por gusto.
–Me dio un bajón de azúcar –me explicó.
–Vaya.
–No fue nada. Tuve suerte de que Belazor estuviera pendiente, se dio cuenta de que estaba malo antes que yo.
–¿Cómo? Ah, claro. Eres su nuevo compañero de habitación, ¿verdad?
–Sí. Tú el viejo, ¿no?
–Sí. Espero que te sea leve estar con él.
–Es un poco maniático, pero es llevadero.
–Bueno, tú espérate a que coja confianza...

Sonreí por mi broma, pero no sé si le hizo gracia.

–Pues sí, Belazor es muy atento para esas cosas –continué para quitarle hierro al asunto–. Por lo de tu bajón de azúcar, digo. Hubo un día que me aconsejó que no comiera carne, dijo que me iba a sentar mal. No le hice caso y me pasé toda la noche con retortijones.
–Lo sé, me lo ha contado.
–¿Sí?
–Habla mucho de ti.
–Espero que no te haya contado nada vergonzoso...
–No, no te preocupes.

Lisander sacó un libro y un cuaderno de la mochila, los abrió y comenzó a escribir. Me odié por traicionar a mis principios y al silencio de la biblioteca, pero me parecía antipático terminar la conversación tan de golpe. Además, había algo que quería saber.

–Oye... ¿te puedo preguntar algo?
–Claro, dime.
–¿Es verdad que eres un dragontino?
–Sí. Pensaba que ya lo sabía todo el Jardín.
–No, yo no. ¿Cómo es? Quiero decir, ¿qué tipo de disciplina? Sin magia, ¿no?
–Exacto. Hombre, puedo aprender hechizos fáciles, como Aero y Cura, pero en principio es sin magia.
–Ya veo. Gracias.
–No hay de qué.
–Así que es un dragontino de verdad... Parece que los rumores eran ciertos. ¿Qué profesor le instruirá? Porque eso de los saltos...
–Tú eres mago negro, ¿no?
–¿Qué? Ah, sí. Y de los mejores –añadí con picardía.
–Eso está bien. Mi madre también era maga negra.
–¿Qué respondo a eso? Ha dicho "era"... ¿Será que ha dejado la profesión, o algo peor? ¿Qué le digo? ¡Lo que sea, pero rápido, no te quedes callado!
–¿Hacía magia elemental o no elemental?
–Creo que más que nada no elemental.
–¿Magia azul? ¿De tiempo-espacio?
–No lo recuerdo. Era una maga muy fuerte, pero le gustaba mucho experimentar y... un día uno de los hechizos le salió mal. Yo tenía nueve años.
–Oh... Tuvo que ser... muy duro. Siento haber preguntado.
–Fue terrible. Pero me queda mi padre. Él fue quien me convenció para que me convirtiera en dragontino. O draconarius, como lo llama él.
–Al menos te queda tu padre. Yo soy huérfano, no llegué a conocer a ninguno de los dos.
–Sí, Belazor me ha contado que os conocéis del orfanato. Lo siento.
–No te preocupes. Redea nos cuidaba muy bien, es como si fuera mi auténtica madre.
–¿Quién es Redea?
–Nuestra madre adoptiva, la mujer del director Cid.

La conversación volvió a morir y esta vez no intenté reanudarla. De algún modo, las conversaciones de una biblioteca no tienen un final determinado. Intenté volver a lo mío, pero si ya me costaba estudiar con el jaleo reinante no digamos ya con Lisander al lado. Parecía concentrado en sus deberes, pero para mí era una incógnita que tenía mucho interés en descifrar. O a lo mejor es simplemente que me parecía mono. Por un momento se me pasó por la cabeza invitarle a venir con nosotros a Balamb, pero me parecía muy inapropiado. Acabábamos de conocernos, seguro que no le apetecía pasar la tarde con tres desconocidos... y, sobre todo, no quería arriesgarme a que Belazor se enterase e intentara acoplarse. Leta no me dejaría decirle que no.
Le miré de reojo, porque no me atrevía a mirarle directamente a la cara, de modo que solo me fijé en sus manos: tenía la izquierda apoyada en la mesa, junto al cuaderno, y se sujetaba la cabeza con la derecha mientras leía. Tenía los dedos muy finos, no me lo habían parecido tanto al estrecharle la mano.

De modo que se confirmaba que era dragontino. Éramos como dos polos opuestos: él era un guerrero que aprovechaba las alturas y la energía de la caída para acercarse a gran velocidad y atacar, mientras que yo hacía daño a distancia y me daban miedo las alturas. Yo era huérfano, pero tenía a Redea, que era como una madre para mí y que me enseñó el don de la magia, mientras que a él la magia le quitó a su madre y solo le quedaba su padre, que le había instado a convertirse en dragontino. O draconarius, lo mismo daba.
No, en realidad no daba lo mismo: si la memoria no me fallaba, los draconarii, plural correcto de draconarius, iniciaron la tradición de su arte y eran tremendamente fuertes, cabalgaban sobre auténticos dragones. Los dragontinos, sus sucesores, eran más débiles, debido fundamentalmente a la escasez de dragones. Hacía unos doscientos años que estas criaturas se habían convertido en una especie protegida y, como consecuencia, también descendió el número de draconarii, que tuvieron que buscar un nuevo modo de combate y así fue como se convirtieron en dragontinos. Al mismo tiempo, como es evidente, aumentó el precio de las espadas, corazas y pócimas y todo tipo de artículos elaborados con dientes, escamas, huesos y otras partes de dragones.
 
–Ya te podías saber el examen de historia igual de bien que la vida de los dragones, capullo –me regañé–. La guerra de Alexandria dio comienzo en 1800, año en que la compañía de teatro Tantalus secuestró a la princesa Garnet...

No sé cómo lo hice, pero conseguí aprobar aquel examen. Por los pelos, sí, pero un aprobado es un aprobado. Un examen menos en mi camino hacia el futuro.

10 de diciembre de 2010

XIV: Sospechas

Durante unos segundos me sentí completamente perdido, intentando procesar lo que me acababa de decir el director. No sé cuánto tiempo me habría quedado plantado en el sitio si no hubiera notado su mirada clavada en mí, pero no quería hacerle esperar, de modo que me acerqué a la silla que me había ofrecido y tomé asiento. Él se quedó de pie a mi espalda.

¿Sería verdad que no se podía acceder al sótano, había quebrantado las normas del Jardín al entrar? ¿O era solo un truco para evaluar mi reacción? Me sentía tan confuso que llegué incluso a dudar de quién era y de dónde estaba.

–Esto... –balbuceé–. Comienzo mi informe.

Intenté aparentar profesionalidad. Si había realizado una prueba como si no, quería explicarle bien todo lo acontecido. Me aclaré la garganta y traté de organizar mis pensamientos.

–Esta mañana salí pronto de mi habitación. Me dirigía a su despacho para hablar con usted.
–¿Conmigo? ¿Qué he hecho ya?

–¿Usted...? Nada, solo quería... pedirle consejo con un problema.
–Imagino que te encontraste el despacho vacío y lo has ido dejando por pereza todo el día hasta ahora, ¿es eso?

–¿Cómo? No, yo... No pude venir antes.

–¿No acabas de decir que viniste por la mañana?
–No, no llegué a venir. Pasó algo y... me quedé encerrado en el sótano.

–Sí, antes has mencionado el sótano. ¿Cómo has acabado ahí abajo?

–Yo... No lo sé, señor. Me monté en el ascensor y estoy convencido de que pulsé el botón 2 para subir aquí, pero... Pero bajó en lugar de subir. No entiendo la razón.

–¿Entonces te has pasado el día entero ahí metido?
–Sí, señor.
–¿Por qué no volviste a subir en el ascensor?
–Lo intenté. Cuando se abrió la puerta y lo vi todo a oscuras, pulsé los botones para volver a subir, pero no funcionaban. Pensaba que el ascensor se había averiado y que estaba en una sala de mantenimiento que no conocía... ¡Ah, acabo de acordarme! El ascensor tardó un buen rato en venir desde que lo llamé y no había luz en el vestíbulo, por eso pensaba que se había averiado.
–Sí, Ryuzaki me ha informado de que esta mañana se ha producido un corte de luz.
–Pues tuvo que ser eso. Estuve un rato esperando ahí abajo, pero no pasaba nada, así que decidí bajarme para buscar a alguien... y entonces el ascensor subió sin mí y me quedé atrapado.
–Comprendo. ¿Qué hiciste entonces?
–Busqué un botón para llamar al ascensor, pero en la oscuridad no veía nada. Esperé por si bajaba solo, pero no, así que empecé a reconocer el terreno. Examiné el perímetro y tomé nota de todo lo que había en la sala.
–¿Para qué?
–Para buscar otra salida. Pensaba que formaba parte de la prueba.
–¿De la prueba...? ¿De qué prueba me hablas?
–Bueno... Originalmente pensé que se trataba de una prueba, como la de la Caverna de las Llamas. Pensaba que el objetivo era... investigar un lugar desconocido para ver cómo nos orientábamos y... Y que lo de hacerla sin avisar y sin armas era para... Bueno, para probar nuestra capacidad de adaptación... ¿e improvisación?

Dicho en voz alta sonaba aún más estúpido que en mi pensamiento. Había sabido desde el principio que no estaba realizando ninguna prueba, porque ni yo mismo había conseguido creerme mi mentira, pero era la única explicación que había encontrado. Si al director también le pareció estúpida o no, eso no lo sé, porque no hizo ningún comentario al respecto.

–No se trataba de ninguna prueba –explicó con calma–. No realizamos exámenes prácticos sorpresa.
–Ah... Yo pensé que...

–En teoría son ejercicios útiles, pero acaban siendo una catástrofe. En el pasado tuvimos varios casos de ataques de pánico y ansiedad. De ahí que termináramos por cancelarlos.
–Pues, si esa gente no era capaz de trabajar bajo presión, será que no estaba preparada para ser Seed. Claro, que yo he estado al borde de lo mismo...
–¿Cómo has conseguido salir? –continuó el director–. La puerta debería estar cerrada para impedir accidentes.
–Pues verá, señor... Como le decía, lo examiné todo para buscar una salida. No encontré el botón para llamar al ascensor desde abajo, así que busqué puertas, rejillas de ventilación... Cualquier cosa. También... manipulé un panel de control. Espero que no haya causado problemas en el Jardín...
–Por eso no te preocupes; todo lo que hay en el sótano lleva años desconectado.
–Oh, menos mal. Pensaba que por lo menos me serviría para encender la luz del sótano, pero... Bueno, conseguí encenderla, pero parece que las bombillas eran muy viejas, porque estallaron todas.
–¡Caray!
–Así que tuve que usar magia para iluminarme y...
–¿Magia?
–Sí.
–¿Pero no habías dicho que no decías que no llevabas armas?
–No, no tenía armas...
–¿Entonces cómo hiciste magia?
–Sin mi bastón.
–¿Has realizado magia pura? ¡¿Es que no te han enseñado lo peligrosa que es?!
–Sabía lo peligrosa que es, señor –le enseñé el brazo herido–, pero no tenía otra opción. No quería andar a oscuras y tropezarme o clavarme cristales.
–Mmm... –observó el estado de mi brazo con detenimiento–. Debiste ser más precavido, pero comprendo que no tenías otra opción. Continúa.
–En realidad... no hay mucho más que contar. Podría hacerle un informe completo con todo lo que hice ahí abajo, pero creo que eso no importa. El caso es que al final conseguí salir y me encontré con Flora, la profesora de albhed. Le pedí pasarme por el comedor antes de venir aquí. Necesitaba comer, porque ni siquiera desayuné antes de subirme al ascensor...
–Y entonces fue cuando envié a Ryuzaki a buscarte, ¿correcto?
–Sí.
–De modo que fue Flora quien te abrió desde fuera, ¿no es así?
–Ojalá... Verá, intenté todo lo posible para abrir la puerta. La golpeé, pedí ayuda, pero nada dio resultado, hasta que al final...

Me quedé callado unos segundos. Estaba muy cansado y solo quería poner fin a aquella conversación, irme a mi habitación y olvidarme de aquel horrible día. Además, se acercaba el momento de hablar de Moltres y aún no estaba seguro de cómo quería abordar el tema, pero había llegado el momento de tomar una decisión.

–Señor... Necesito hablarle de mi problema.

Como si estuviera esperando a que lo dijera, el director se dirigió a su silla y se sentó frente a mí. Apoyó los codos en la mesa, entrelazó los dedos bajo la nariz y me estudió con sus ojos grises. No le consideraba una figura paternal al mismo nivel que a Redea, pero nunca le había sentido tan cercano como en aquel momento.

–Cuéntame lo que te ocurre.
–El motivo por el que quería venir a hablar con usted esta mañana es... Porque tengo un espíritu legendario.

Esperaba algún tipo de reacción por su parte, pero su expresión no cambió. Únicamente dijo:

–Explícate.
–Verá, ocurrió en la prueba de la Caverna de las Llamas. Nos enfrentamos a una criatura que, según el resto de grupos, no debería haber estado allí. Era Moltres, el pájaro de fuego –el director asintió–. Mi grupo perdió la consciencia en el combate. Cuando se despertaron, encontraron un collar y me lo dieron. Les quemaba al tocarlo, pero a mí no, por eso decidieron que lo tenía que guardar yo. Pensaban que... Que la criatura estaba dentro del collar.

–¿Y sabes si de verdad está ahí?
–No... Bueno, no estaba seguro. Yo pensaba que sí, pero no tenía forma de saberlo hasta... hasta ayer.
–¿Qué ocurrió ayer?
–Hablé con Seymour, el guardaespaldas que nos acompañó en la prueba. Vino al Jardín para disculparse con mi grupo y... vio el collar.
–¿Qué te dijo?
–Solo que sabía lo que había pasado con Moltres en la cueva y que tuviera cuidado con el collar. Lo he tenido escondido todo este tiempo por precaución, pero cuando me dijo aquello pensé que era real. Por eso decidí que lo mejor era deshacerme de él antes de que ocurriera algo... y por eso vine a verle.
–De modo que has tenido un espíritu legendario bajo tu poder todo este tiempo. ¿Es eso?
–Yo... –empecé a pensar alguna excusa, pero no había hecho nada malo con Moltres, de modo que fui sincero–. Sí, señor. Quise hablar antes con usted, pero no encontraba el momento. Me daba miedo que el collar fuera de verdad y que tener un espíritu legendario fuera contra las normas. No quería que me expulsara.
–Esperar tanto tiempo solo agrava las cosas.
–Lo sé, señor –agaché la cabeza y apreté los puños–. Lo siento.
–¿Quién más conoce la existencia del collar?
–Solo mis compañeros de grupo y yo, además de... –no estaba seguro de si mencionar a Ryuzaki; si me había guardado el secreto, no quería meterlo en un lío–, bueno, además de Seymour –improvisé.

El director se quitó las gafas, cerró los ojos y se los frotó con los dedos. Se quedó en silencio, como pensando qué decir a continuación. ¿Estaría considerando mi castigo, buscando las palabras más amables para comunicarme mi expulsión?
¿Qué iba a hacer si me expulsaba? ¿Dónde iba a vivir a partir de ahora, sin familia y sin estudios? ¿Quién me iba a dar trabajo? Si no encontraba nada, ¿podría volver al orfanato? Mi inquietud iba en aumento con cada segundo que pasaba.
Me miré las manos. Estaba tan tenso que las había cerrado en puños y los apretaba con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Miré al director, temeroso de su reacción, pero su rostro no mostraba nada. Seguía con los ojos cerrados.

–Veamos –dijo al fin–. Me estás contando que llevas un mes con un espíritu legendario en tu poder, pero que no has sabido lo que era hasta ayer mismo y que esta mañana has intentado traérmelo, pero el ascensor te llevó al sótano y te has pasado encerrado el día entero.
–Correcto, señor. Pensaba que el collar estaría a buen recaudo con usted... ¿Hay algún problema?
–¡Naturalmente que lo hay! –se puso de nuevo las gafas y clavó sus ojos en los míos–. Si lo que dices es verdad, has tenido en tu poder un objeto que entraña un gran peligro no solo para ti, sino para todos tus compañeros del Jardín, el personal docente y las mismas instalaciones.
–Lo siento mucho, señor –bajé la vista al suelo y apreté aún más los puños, hasta notar que me clavaba las uñas en las palmas.

–Debiste venir y entregármelo de inmediato. Pero no sabías lo que era ese objeto y, por tanto, no eras consciente del peligro que entrañaba. Además, no has llegado a invocarlo ni puesto en peligro a nadie –levantó una ceja–. Porque no lo has invocado, ¿verdad?
–No, señor. Bueno... No hasta hoy.

Pareció asustarse ante mi comentario. Antes de que volviera a gritar, me expliqué.

–¡Ha sido antes, en el sótano, y no ha pasado nada! Como le estaba contando, no encontraba la forma de salir de ahí y probé a invocarlo, ¡no sabía qué otra cosa hacer! Llevaba el collar conmigo porque quería entregárselo, ¡solo por eso, nunca antes lo había invocado ni sacado de mi habitación!

En realidad, sí que lo había sacado; justo la noche anterior, cuando lo vio Seymour, pero fue por un descuido y no por decisión consciente. Como no me apetecía puntualizar ni dar más explicaciones de las necesarias, no lo mencioné.

–¿Puedo asumir entonces que tu espíritu es lo que te ha permitido salir del sótano?
–Sí, señor. Ha... derretido la puerta, me temo. Lo siento mucho, no sabía que tenía tanto poder, ¡pagaré la reparación si es necesario!, puede descontármelo de mi futuro sueldo de Seed...

–No es necesario.
–Oh... Vale. Menos mal...

Me quedé callado un momento. Había evitado un problema económico importante, pero sabía que ahora me iba a preguntar por el collar, así que tenía que improvisar algo rápido. Pero ¿por qué me estaba comportando de esa forma? ¿De dónde había salido ese empeño tan repentino por ocultar el collar y quedármelo, cuando esa misma mañana estaba deseando desprenderme de él? ¿Tanto me había cambiado la invocación?

–No eras consciente de la naturaleza del collar –declaró el director–. Tampoco hay documentos sobre espíritus legendarios que pudieras consultar para salir de dudas y, lo que es más importante, nadie ha resultado herido. Por lo tanto, haré la vista gorda en esta ocasión. Has tenido un artefacto sumamente peligroso en tus manos, pero no conocías su poder ni lo has utilizado con fines peligrosos. Incluso has mantenido el secreto y evitado así una posible alarma en el Jardín. Has demostrado ser una persona responsable. Por lo tanto, no te impondré castigo alguno.
–¿Está seguro, señor? Quiero decir, yo se lo agradezco, pero...
–No, me parece que ya has aprendido la lección. Entrégame el collar y podremos olvidarnos de este asunto.

–Me encantaría, señor... pero... no puedo dárselo. Ya no lo tengo.

Al decir aquello, la serenidad del rostro del director se rompió en mil pedazos; con un movimiento brusco apoyó las manos en la mesa y se levantó de la silla.

–¡¿Te lo han robado?! ¿Quién ha sido, y cuándo?
–¡Nada de eso, señor! No me lo ha quitado nadie, soy yo quien se ha deshecho de él.
–¡¿Cómo dices?! ¿Es que no eres consciente del peligro que supone si acaba en las manos equivocadas? ¡Y más después de ver con tus propios ojos el poder que posee! ¡Ahora mismo podríamos estar ante una alarma sin precedentes en la historia del Jardín...!
–¡No, señor...!
–Tanto guardar el secreto, ¿y luego para qué? ¡Para fastidiarlo todo en un segundo!

No me estaba escuchando, de modo que agaché la cabeza y esperé a que dejara de echarme la bronca. Empezó a hablar de mi irresponsabilidad, de que lo había echado todo a perder después de haber tomado tantas precauciones, de lo difícil que iba a ser encontrar el collar si alguien se nos había adelantado... Sentí que me subía un calor bochornoso por el cuello, pero no le repliqué. Los adultos siempre se piensan que tienen razón en todo y no se paran a escucharte, y a mí no me gusta gritar para hacerme oír, de modo que me callé, apreté más los puños y esperé.

Se pasó al menos un minuto entero echándome una bronca innecesaria. Cuando por fin terminó, parpadeé varias veces para ocultar las lágrimas de culpa que estaban empezando a asomar y entonces hablé.

–Antes le expliqué... –comencé sin levantar la cabeza– que Moltres derritió la puerta. Cuando vi el poder que tenía, me entró miedo. Era más fuerte que cuando combatimos contra él y no sabía cuándo conseguiría venir a hablar con usted. No quería esperar más tiempo y por eso... lancé el collar al metal fundido.
–¿Qué...? ¿Al de la puerta?
–Sí.

–¿De modo... que ahora el collar está dentro de lo que queda de la puerta?

–Así es, señor. Y creo que es mejor así.

El director se derrumbó en la silla. La ira con la que me gritaba segundos antes se esfumó tan rápido como había surgido. Yo también me sentí más tranquilo, como si me hubiera quitado un peso de encima. Era extraño, pero, desde que había notado nuestro vínculo, sentía que Moltres... me necesitaba.

–Será difícil poner un bloque de metal bajo custodia... pero sacar el collar de su interior suena casi imposible. Así no tendremos que preocuparnos de que nadie intente extraerlo. Tu decisión ha sido más acertada de lo que parecía. Ha sido consecuencia del miedo y no de un pensamiento racional... pero segura, al fin y al cabo.
–Le pido disculpas por las molestias, señor. Ha sido un día... complicado.
–Es comprensible... ¿Dónde podemos encontrar el metal?

–Supongo que en el sótano... No lo he movido.

–No, claro... No podrías mover una masa fundida...

El director casi arrastraba las palabras, como si le costara esfuerzo hablar. La agitación había desaparecido de sus ojos y ahora parecía estar tan cansado como yo, quizá incluso decepcionado. Tal vez fuera un erudito y sintiera curiosidad por estudiar el collar de Moltres. Me sentí mal por haberle mentido, pero me lo saqué de la cabeza. No quería insistir en el tema e irme de la lengua. Le hice una pregunta, pero no solo para desviar la atención. Ya era hora de conseguir respuestas.

–Señor... ¿Por qué me ha pasado esto? ¿Sabe quién es el responsable?

–¿Te refieres a tu primer encuentro con Moltres o a lo de hoy?
–Lo de hoy.
–Aunque también quiero saber por qué nos encontramos con él. ¿Sería cosa de Seymour? Ha estado presente en ambos incidentes... Bueno, en el de hoy no, pero sí que estuvo ayer en el Jardín. Está claro que sabe bastante del tema.
–Será mejor que te lo explique Ryuzaki; él dispone de más información. ¡¡Ryuzaki, pasa!! –le llamó.

La puerta del despacho se abrió y me giré para ver a Ryuzaki entrar. Se había quedado fuera durante toda nuestra conversación.

–Con permiso –dijo antes de acercarse.
–Quiere saber quién está detrás del incidente –le explicó el director cuando llegó hasta la mesa.
–Es difícil de decir, todavía hay muchas incógnitas por resolver. Comencemos por el principio. Esta mañana, en torno a las ocho, se produjo un corte de luz en el Jardín. Duró apenas unos minutos y no se han detectado daños en los sistemas electrónicos, pero fue tiempo suficiente para que algunos de ellos dejaran de responder de forma normal.
–Me lo ha dicho el director. ¿Eso incluye el ascensor? –pregunté.
–¿Llegaste al sótano a través de él?
–Sí, quería subir al despacho y... Espera, ¿cómo sabes que he estado en el sótano?

Se llevó una mano al bolsillo, sacó un trozo de metal oxidado y lo sostuvo entre el índice y el pulgar. Era la llave inglesa que le había dado antes.

–Por esto –contestó– Es una herramienta mucho más vieja que las que utilizo actualmente en el Jardín. Solo podías haberla encontrado en un sitio que llevara años sin usarse, y solo hay uno que cumpla esas características.
–Oh... Bueno, sí, bajé en el ascensor. Yo quería subir a hablar con el director, pero el ascensor bajó en lugar de subir. ¿Por eso tardó tanto en aparecer cuando lo llamé? ¿Por el corte de luz?
–Eso explica que antes no quisieras subir... Y sí, has dado en el clavo: tuviste que subir precisamente tras terminar restablecerse la energía.
–Pero entonces... –dije– habría ido más gente al sótano, ¿no? Alguien habrá tenido que usar el ascensor, y yo no he visto bajar a nadie en todo el día.

–Si me dejas terminar... Parece que el corte de luz hizo algo más que inutilizar los aparatos electrónicos.
–¿Qué más ha pasado?
–
Hace años, cuando se tomó la decisión de cerrar el acceso al sótano, se optó por la opción de sustituir la placa del ascensor para eliminar el botón. Sustituir el motor entero del ascensor habría sido mucho más costoso. Por lo tanto, el mecanismo que permite bajar al sótano sigue existiendo.

–¿Y se activó durante el corte de luz?

–Algo así. El circuito del ascensor debió de recibir la orden de bajar al sótano justo después del corte de luz. Dado que no hemos tenido aviso de más alumnos desaparecidos después de ti, asumo que el circuito del ascensor se reinició después de bajar al sótano y que por eso se ha comportado de forma normal el resto del día. Sospecho que elegiste el momento equivocado y que fue así como te quedaste encerrado.
–¿Eso qué significa? ¿Qué alguien lo ha manipulado desde fuera?

–Un corte de luz que ha durado apenas unos minutos, que se ha producido cuando más vacío estaba el Jardín y que termina en el momento exacto en el que subías al ascensor... Cabe la posibilidad de que no se deba únicamente a un agente externo.

Me dio un vuelco el corazón.

–¿Eso qué quiere decir? ¿Me ha encerrado alguien de aquí dentro?
–No podemos descartar la hipótesis de que haya sido solo un fallo eléctrico –siguió pensando en alto–, porque, en caso contrario, ¿quién haría algo así? Encerrarte dentro del propio Jardín es muy arriesgado: tu secuestrador se exponía a que lo descubriéramos o a que alguien más acabara encerrado contigo. Sin ir más lejos, un compañero tuyo ha dado la voz de alarma apenas una hora después del corte de luz. Se ha pasado la mañana buscándote.
–¿Quién? ¿Kei?
–No. Tu antiguo compañero de habitación.

–¡¿Belazor?! –grité con sorpresa.

–Fue quien me hizo saber que habías desaparecido. Iniciamos la búsqueda gracias a él.

–¿Qué quiere ahora ese pesado? Si pretende que le dé las gracias, lo lleva claro, porque yo no le he pedido ayuda. Además, he tenido que salir del sótano yo solito, por mis propios medios, así que de poco me ha servido su “ayuda”.

–Sea quien sea, tiene que conocer bien el Jardín, porque sabe de la existencia del sótano y que no se puede acceder a él –añadió el director–. Pero creo que, en estos momentos, es más importante determinar el motivo del responsable que su identidad.

–Correcto –respondió Ryuzaki–. No tenemos forma de saber cuánto tiempo pensaban retenerte, pero podemos asumir que iba a ser poco. De lo contrario, te habrían llevado a otro lugar en lugar de encerrarte aquí, en tu propio colegio. Es posible que lo que quisieran fuera evitar que interfirieras en algo.

Me daba miedo pensar en la posibilidad de un secuestro, pero oírlo en voz alta era aún peor. ¿Primero Seymour asustándome por la noche y ahora un secuestro ejecutado por alguien de mi propio Jardín? ¿Cuánta gente había colaborado para retenerme? ¿Qué querían de mí?

–Deberías ir a tu habitación y comprobar que esté todo en orden –me sugirió el director–. Aunque solo sea para descartar posibilidades.
–Pero mi compañero de habitación ha estado dentro todo el día y...
–¿Y si Kei es el cómplice y ayer se marchó para ultimar los detalles del secuestro? Tendría sentido... Pero...

–Pero no creo que nadie quisiera robarme –añadí–. No tengo nada de valor.
–¿Y qué me dices del collar?
–Ah... Sí, eso podría ser. Pero si me vigilaban hasta el punto de saber cuándo me iba a subir al ascensor... también sabrían que llevaba el collar encima, ¿no? Me lo habrían quitado en lugar de encerrarme con él.
–Y si Kei quería quitármelo no necesitaba encerrarme en el sótano, solo esperar en la habitación y aprovechar cuando yo estuviera comiendo o en la biblioteca. ¿Para qué iba a complicarse tanto? Además, es nuevo en el Jardín, así que no creo que conozca el sótano, ¡no lo conocía ni yo! No tiene sentido que haya sido él.
–Dudo que nadie pudiera ver lo que llevabas en los bolsillos –dijo Ryuzaki, como si me hubiera leído el pensamiento–. Habrían tenido que observarte desde dentro de tu habitación.
–Pero sí sabemos que ha sido alguien de dentro del Jardín, ¿no?
–Yo no he dicho que el responsable esté aquí dentro, ni siquiera que haya un responsable; solo que es una posibilidad.
–¿Y si ha sido Seymour? –les pregunté–. Anoche, cuando me habló de los espíritus, creo que quería asustarme. A lo mejor sabía que acabaría viniendo a ver al director y decidió aprovechar hoy porque era más fácil quitarme el collar a mí que quitárselo a usted.
–Seymour se fue anoche –explicó Ryuzaki– y no ha vuelto hoy. Como bien sabes, la entrada al Jardín está cerrada al público, no puede entrar nadie sin identificarse.
–Entonces... si no ha sido él...
–Aún es pronto para especular, pero tendremos en cuenta tus sospechas –dijo el director–. Investigaremos el tema de cerca.

Me callé unos segundos para intentar asimilar todo lo que me habían contado. Ryuzaki también estaba callado, parecía que tenía algo que decir pero que no encontraba las palabras. No supe si estaba buscando pruebas que le dieran peso a la opción del fallo eléctrico para dejarme más tranquilo o si buscaba una forma sutil de explicarme que la solución no iba a ser tan sencilla, pero su silencio me lo dijo todo.

–Deseo desde lo más profundo de mi corazón que haya sido algo fortuito –respondió el director, que negaba con la cabeza como si hubiera recibido una mala noticia.
–Ya... Bueno, si eso es todo, me gustaría retirarme.
–Ah, sí, por supuesto. Necesitas descansar. Pero antes que nada pásate por la enfermería y que te miren ese brazo.

–Sí, señor. Gracias por el consejo.
–Y otra cosa más. No comentes este tema con nadie hasta que lleguemos a una conclusión.
–Claro. No le contaré nada a nadie.
–Sobre todo mientras no sepa seguro quién está detrás de esto.

Me levanté, incliné la cabeza a modo de despedida respetuosa y salí del despacho. La sala me pareció todavía más grande que cuando había entrado y sentí un silencio muy incómodo cuando la recorría, como si estuvieran esperando a que saliera para empezar a hablar.

Tras salir al rellano, me acerqué al ascensor por pura inercia y alargué la mano para pulsar el botón, pero, cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, la aparté rápidamente y decidí bajar por las escaleras. Aunque Ryuzaki dijera que ya funcionaba correctamente, y aunque ya no hubiera puerta para encerrarme, no quería volver a jugármela.


Sentía que el cerebro me iba a estallar. Había esquivado la bala de Moltres, pero ahora tenía problemas mucho más grandes de los que ocuparme. ¡Me habían secuestrado en mi propio Jardín! ¿Qué podía haber hecho para ganarme tanto odio y merecerme un secuestro? No tenía ni dieciocho años y toda mi vida había transcurrido en el orfanato y en el Jardín. ¿Quién podía estar detrás?

Es cierto que Kei parecía la opción más probable, pero no tenía sentido. Y qué coño, me daba igual que tuviera sentido o no: era mi amigo y quería confiar en él. Pese a todo, no pude evitar una punzada de miedo ante la idea de que me hubiera quitado el collar. Quise ir directamente a la habitación para asegurarme de que lo había dejado allí, pero me obligué a ir primero a la enfermería. Alimentar mi ansiedad no iba a solucionar nada. Además, si me estaba equivocando con él ya no podía hacer nada, porque se lo había entregado hacía apenas media hora. Si el cómplice era él, ya no tenía nada de qué preocuparme, ¿verdad?

Ya iba a repasar la lista de toda mi clase en busca de posibles culpables cuando me di cuenta de que estaba delante la puerta de la enfermería. Llamé antes de recordar que no hacía falta y empujé la puerta.

–Qué mal aspecto traes –dijo la doctora Kadowaki nada más verme–. ¿Qué te ha pasado esta vez?
–Es una larga historia.

–Anda, ven aquí.

Me indicó que me sentara en la misma cama en la que me había despertado tras la lucha contra Moltres. Cuando lo hice, cerré los ojos un segundo y deseé despertarme en aquel día, que el último mes hubiera sido una pesadilla y poder volver a una realidad en la que no tenía que preocuparme por espíritus ni por secuestradores.

Cuando los abrí, seguía en la misma tarde de octubre, pero vi que había alguien más en la enfermería. El dragontino estaba sentado en otra de las camas y me miraba con una expresión difícil de definir. No sabía si quería algo ni tampoco se me ocurrió qué decirle, de modo que bajé la vista para no cruzarme con la suya.

La doctora Kadowaki me examinó las pupilas, los oídos y la garganta, me pidió que me quitara la camiseta y me auscultó. Me dio un poco de vergüenza quitármela delante de un desconocido, pero parecía que no me estaba mirando en ese momento. Por último, me examinó el brazo derecho.

–Así que has estado haciendo magia pura... ¿No tienes bastón o qué?
–No lo llevaba conmigo.
–No seré yo quien os diga lo que tenéis que hacer. Para eso ya tenéis instructores. Aunque para el caso que les hacéis...

Se dio la vuelta y aproveché para hacerle una mueca de burla antes de recordar que el dragontino aún estaba ahí. Ojalá no me hubiera visto, porque menuda vergüenza. Por si acaso, me estuve quietecito y no volví a hacer nada. La doctora volvió con guantes en las manos y un bote de pomada, sacó una buena cantidad con los dedos y empezó a untármela por el brazo.

–¡Tch! –protesté. Escocía tanto que parecía que me estaba quemando la piel.
–No te quejes tanto, que te estás entrenando para ser soldado –dijo al ver que me estremecía–. ¿Has comido algo?
–Un sándwich hará una media hora.
–Pues mañana a primera hora te vienes en ayunas para que te haga una analítica. ¿Te has clavado algo?

–No.

–Mejor. Por lo demás, estás hecho polvo, pero no veo nada que no tenga remedio. Esta noche come bien, pero sin hincharte y... –se acercó a un armarito y sacó de dentro un frasco– y te tomas esto.

Mientras se daba la vuelta, me miré el brazo. Estaba completamente enrojecido, como si me lo hubiera quemado en un día de verano. ¿Tan potente era la crema? ¿Tan mal estado tenía que era necesario quemarme la piel entera para curarlo?

La doctora me entregó un frasquito de color rosa que, según la etiqueta, contenía “Blisseminas”. Parecían un complemento alimenticio.

–Una de estas con cada comida durante una semana –dijo.
–Entendido.
–Y mañana aquí a primera hora.
–Sí. Gracias, doctora.

–Y ten más cuidado a partir de ahora, haz el favor.
–Como si dependiera de mí...

–De acuerdo –respondí.

Me volví a poner la camiseta y la doctora se dirigió a la cama del dragontino. Pensé en despedirme de él, pero no quería interrumpir a la doctora, así que preferí no decirle nada.

Me guardé el frasco y salí de la enfermería en dirección a mi habitación. Iba mirando instintivamente de un lado a otro, examinando todos los rostros con los que me cruzaba. ¿Quién estaría detrás del secuestro? ¿Tal vez esa chica un año menor que yo a la que solo conozco de vista? ¿La habré dejado mal en algún momento sin darme cuenta? ¿Quizás ese chaval que está sentado en el banco? Parecía muy joven para colaborar en un secuestro, pero quién sabe.
Pasé junto a un grupo de chicas que hablaban de forma animada. Una de ellas, bajita y energética, se me acercó tan rápido que me asusté y me puse en guardia.

–¡Chico, que soy yo! –me dijo.

Al verla de cerca, reconocí que era Mako. Se había hecho mechas rosas, que destacaban sobre su pelo castaño, pero no era el pelo lo que me había impedido reconocerla, sino mis ojos acusadores. Podía confiar en ella... ¿verdad?

–Me has asustado –me justifiqué.
–¡Y tú a mí! ¿Dónde estabas? Me tenías preocupada. ¿¿Qué te ha pasado en el brazo??
–Eh...
–me escondí el brazo herido en la espalda para que no se fijara en él–. No te lo puedo decir, el director me ha prohibido decir nada.
–¿Eh? ¿Pero qué movida es esa?
–Han pasado cosas muy raras y... no puedo hablar, lo siento.
–Pero ¿estás bien?
–Sí, tranquila.
–Vale, pues ya nos vemos. Y que no me entere yo de que te pasa nada, ¿eh?

Me dio un golpe suave en el hombro con el puño y volvió con sus amigas. Me quedé mirándolas un par de segundos, aunque no sé qué esperaba ver. ¿Que una de ellas me dedicase una mirada de odio y revelara ser la secuestradora? ¿Que echara a correr porque se sintiera acorralada y todo el Jardín iniciara una persecución contra ella?

–No son más que crías, Div. No seas peliculero.

Retomé el camino a mi habitación y esta vez conseguí llegar sin más interrupciones. Kei estaba sentado delante de la mesa cuando entré.

–Hombre, el desaparecido en combate –me saludó.

Me puse en tensión por acto reflejo hasta que recordé que había decidido confiar en él. La paranoia me estaba empezando a pasar factura. Me senté en la cama y solté en un suspiro todo el aire que me quedaba en los pulmones.

–Bueno, ¿qué coño ha pasado? –me preguntó.
–El director no me deja contárselo a nadie.
–¿A mí tampoco?
–Son órdenes suyas.
–Va... –se dio la vuelta y volvió con sus deberes.
–No te enfades... Te lo contaré en cuanto pueda y lo entenderás todo.
–Vaaaale, vaaaale, me esperaré. ¿Lo del pájaro me lo puedes contar, o tampoco?
–¿Qué pájaro? ¡Ah!

Señaló a mi almohada. La levanté y vi que el collar estaba escondido debajo. Kei no me había robado el collar. No era el cómplice.

–Menos mal que has aparecido antes –le dije–, me has salvado de tener que dárselo al director.
–¿Por qué se lo ibas a dar? ¿Y qué hacías que lo llevabas encima? No me jodas que te has ido esta mañana para invocarlo.
–No, para todo lo contrario. Es... muy largo de explicar y prefiero no decirte nada hasta que el director me dé permiso –no quería que se sintiera rechazado, así que añadí–. Lo que sí te puedo decir es... que sí. Lo he invocado.
–¡Y será verdad! –gritó y se giró para mirarme.
–¡Pero que quede entre tú y yo! Te contaré todo lo demás cuando me dé permiso... y cuando descanse un poco.
–Sí, falta te hace descansar, que estás hecho mierda.
–A mí me lo vas a decir...

Me levanté y cogí ropa limpia. Me metí en el baño para ducharme, pero antes asomé la cabeza para decirle algo más a Kei.

–Si vas a ir a cenar... espérame, ¿vale?
–Sí, señor.

Cerré la puerta y me acerqué al espejo.

Me miré. Parecía que acabara de salir de un combate: tenía el pelo revuelto, la frente sucia, los labios agrietados, las uñas ensangrentadas... Me daba vergüenza que me hubieran visto por el Jardín con esas pintas.

Me desvestí y miré mi cuerpo esmirriado y completamente pálido, excepto por el brazo enrojecido. Nunca había sido especialmente fuerte, apenas había entrenado el físico a lo largo de mi vida porque mi especialidad era la magia... ¿O había decidido usar la magia porque mi cuerpo no valía para el combate físico?

Me senté en el váter y me sujeté la cabeza con las manos. Mi cerebro reproducía a velocidad vertiginosa una lista de nombres y rostros de personas del Jardín e intentaba analizar quién habría sido capaz de participar en un intento de secuestro. Pensé en la gente de mi clase. Quitando a Leta y a Kei, ¿quién me parecía más sospechoso?

Estaba Arnal, un bardo con el que hablaba de vez en cuando. Cícar, un guerrero con el que no tenía relación. Danika, que era una tiradora y una pija. Garbel era maga negra, parecía maja pero tampoco la conocía mucho. Luego estaba Gawain, que era un chulo de mierda, pero intentaba evitarle para no discutir. Schío, un monje, que era compañero del orfanato, aunque en los últimos años pasaba de mí.
Nunca me había llevado verdaderamente mal con ninguno de ellos... Pero ese era mi punto de vista, claro. No tenía forma de saber lo que opinaba de mí la otra persona.
Empecé a recordar miradas, comentarios, gestos de muchas personas distintas, y a interpretarlos de otro modo. ¿Y si Schío no me había contestado aquella vez en clase de filosofía hacía año y medio porque me odiaba? ¿Y si Leana, esa chica dos años más pequeña, apartaba la mirada cuando nos cruzábamos porque se sentía resentida conmigo? ¿Le había hecho algo y no recordaba el qué?
Los rostros de Leta y de Kei sobresalieron entre todos los demás y conseguí tranquilizarme un poco. Si no quería volverme loco, necesitaba alguien en quien confiar. Por el momento, eran mi mayor apoyo. No; mi único apoyo. Lo que tenía que hacer no era buscar a la persona de la que tenía que esconderme, sino rodearme de personas con las que sabía que podía contar.

Cuando los pensamientos empezaron a agobiarme, abrí el grifo de la ducha para acallarlos. Esperé unos segundos a que se calentara el agua y entré. Me senté en el plato de ducha, pegué la espalda a la pared... y comencé a llorar. Me abracé a las rodillas y descargué todo el miedo que había sentido en las últimas horas. Me habían secuestrado, había estado en peligro y no habría podido escapar si no se hubiera dado la casualidad de que llevaba encima el collar de Moltres. Sin él, tal vez seguiría encerrado.

Después de la primera prueba, me había esforzado más que nunca en los entrenamientos para no volver a estar nunca tan indefenso, pero no había sido suficiente. Ni siquiera el combate contra Moltres había sido tan peligroso como tener que defenderme de una soledad y una oscuridad abrumadoras, rodeado de cristales y dándome golpes contra el suelo. Mis esfuerzos no bastaban. Sentí rabia e impotencia.

Me mordí el puño para que Kei no me escuchase y lloré con más fuerza aún. Por suerte, todo aquello ya había pasado. Puede que hubiera un secuestrador más cerca de lo que pensaba, pero por fin estaba en mi hogar. Por fin me encontraba a salvo.

4 de noviembre de 2010

XII: Desolación

Bip... Bip... Bip...

Estaba sonando el despertador. Me levanté para pararlo, bostecé con fuerza y estiré los brazos. Empezaba un nuevo día.


–Buenos días, Lisander –saludé a mi compañero de habitación.


Llevé las manos a mi mesilla para ponerme las gafas. Las limpié con el pañito para quitarles el polvo que les había caído encima durante la noche. Mi compañero no contestaba y empezaba a preocuparme.


–¿Lisander? –insistí–. ¿Estás bien?

–¿Mmm?
–¿Qué haces?
–¿Qué te parece que hago?
–No sé, como no contes-contestabas...
–Estaba durmiendo...
–¿Qué vas a hacer hoy?
–Seguir descansando.
–¿Estás bien? Parece que, que tienes la voz un poco...
–Déjame dormir, por favor.
–Vale, lo capto... Ya me voy.

Ignorado por mi compañero de habitación, entré al baño. Me quité las gafas para lavarme la cara y me miré en el espejo. Me devolvió una mirada triste y cansada. Me acordé de ti...

–Me pregunto qué estarás haciendo... Voy a ir a verte, a ver si hoy por fin lo arreglamos.


Me sequé la cara para ponerme otra vez las gafas, después me cambié de ropa y salí de la habitación. El pasillo estaba un poco oscuro, había mucha luz del sol, pero las bombillas estaban apagadas, aunque no entendía por qué.

Recorrí el pasillo. Estaba vacío porque todavía era muy temprano. Fui hasta tu habitación... Antes, también la mía. Acaricié el marco de la puerta con cariño, rememorando los momentos que había pasado dentro contigo. Llamé a la puerta.

–Dívdax... ¿Estás ahí? Soy Belazor... ¿Puedes abrirme y... hablamos...?


No contestó nadie. Volví a llamar.


–
¿Dívdax? Contesta, por favor.
–Div, abre y mándale a la mierda de mi parte –dijo una voz desde dentro.

Parecía su nuevo compañero de habitación. Cerré los puños con furia al oír sus comentarios, pero intenté ignorarle. Esperé un poco más para dar tiempo a Div de vestirse y salir, pero no oí ningún ruido de dentro de la habitación. Cuando volví a llamar, un tío de casi dos metros y con cara de mala uva me abrió la puerta. Era el nuevo amigo de Dívdax, con el que siempre estaba ahora, por el que me había cambiado. Intenté que no se me notara mucho el odio cuando le miré a los ojos.


–Bu-buenos...
–No está aquí, vete a la mierda y no llames más –dijo con brusquedad.

Me asomé a la habitación. Vi que la cama de Div estaba vacía y la puerta del baño abierta, parecía verdad que no estaba ahí dentro. El tío borde empezó a cerrar para que no pudiera seguir mirando.

–¿Cuando vuelva le pu-puedes decir que...? –me cerró la puerta en las narices–. Gracias...

Ya me habían vuelto a dejar con la palabra en la boca. Esa era una especialidad de Dívdax. Pero no tenía tiempo para enfadarme. ¿Cómo es que no estaba en su habitación, dónde podía haber ido tan temprano? A la noche anterior estaba en su habitación, lo sabía porque hablé con él para pedirle que viniera a cenar conmigo. ¿A lo mejor estaba desayunando?


Salí al vestíbulo y justo se encendieron las luces del Jardín. Nunca me había dado cuenta de que se activaban exactamente a esa hora.
Entré en el comedor. Las mesas todavía no estaban servidas y no había ni un alma, ni siquiera olía a pan recién hecho. Me acerqué a la cocina para hablar con las cocineras. Parecían muy atareadas, llevaban cestos de un lado a otro y preparaban bandejas con cubiertos. Llamé a una para que me hiciera caso.

–Hola...

–¡Arceus bendito! –chilló la que estaba más cerca–. Qué susto me has dado.
–Perdón... No era mi... intención.
–No hemos terminado todavía, vuelve en un rato.
–No, es que... estoy buscando a alguien... ¿Ha venido un chico de...?
–Aquí no ha venido nadie. Y déjanos trabajar, que bastante tenemos ya con el corte de luz.
–¿Se ha ido la luz?
–¿No has visto que estaba todo a oscuras hasta hace nada?
–Es verdad... Por eso no había luz en el pas-pasillo.

La cocinera ya había vuelto a sus tareas. Se estaban quejando en alto y hacían una lista de todas las cosas que faltaban por preparar. Parecía que tenían mucho trabajo por delante...

–¿Pu-puedo ayudar en algo? –me ofrecí.
–Sí, vete y no molestes más. Vuelve cuando sea la hora de desayunar.
–Está bien...

Salí de la cocina arrastrando los pies, sintiéndome un estorbo para todo el mundo. Ya era la tercera persona que me mandaba a tomar viento en lo que iba de día. Al menos, cuando Dívdax lo hacía, no me importaba tanto. Ya estaba acostumbrado a su forma de ser...

Salí otra vez al vestíbulo y ya volvía a mi habitación cuando oí el motor del ascensor. Fui corriendo hasta allí con la esperanza de que se hubiera bajado Dívdax. Sabía que era una estupidez, pero algo me hizo pensar que Dívdax estaba allí, por raro que parezca...
Lamentablemente, cuando llegué delante del ascensor no había nadie. Pulsé el botón para que se abrieran las puertas y comprobé que tampoco había nadie dentro. Estaba vacío... ¿Quién lo había llamado? ¿Había bajado solo? ¿No se había subido nadie?

–Si había alguien dentro, no ha podido ir lejos...

Miré los pasillos que había alrededor. No había visto a nadie entrar ni salir de ninguno, pero fui al más cercano, que era el de la biblioteca. Estaba igual de vacío que el vestíbulo, pero avancé hasta la puerta, en la que había un cartel que indicaba las horas de apertura y de cierre.


Horario

Lunes a viernes 9:00 a 19:30
Sábados 11:00 a 17:00
Domingos y festivos cerrada

Tenía que estar cerrada porque aún no era la hora de abrir, pero aun así llamé
a la puerta y tiré del pomo, por si acaso. No se abría, así que Dívdax no podía estar dentro. Si él o cualquier otra persona se había bajado del ascensor, ya no le encontraría, porque con el tiempo que había perdido en ir a la biblioteca ya podría haberse ido a cualquier parte.

Me senté en uno de los bancos del pasillo mientras hacía un plano mental del Jardín. Me olvidé de lo que había pasado con el ascensor, porque no parecía importante, y volví a pensar en Dívdax. Durante los fines de semana no se podía entrar en las aulas, y el acceso al despacho del director estaba restringido. Además, sabía que la noche anterior había estado en el Jardín, porque le estuve mirando durante la cena... así que solo podía estar en la planta baja. ¿Cuántos pasillos distintos había?

Para empezar, estaban los dormitorios, el comedor y la biblioteca, que ya estaban descartados. ¿Estaría en la zona de entrenamiento...? No, era muy temprano para que la abrieran. También estaban los pasillos de jefatura y de la enfermería... Pero Dívdax no tenía motivos para ir a ninguno de esos sitios. ¿O tal vez sí? ¿Y si estaba enfermo?

Me levanté de nuevo y fui corriendo hacia la enfermería con las esperanzas renovadas. Llamé a la puerta y la empujé, pero estaba cerrada. Eso significaba que tampoco podía estar ahí dentro. Me alegré de que no estuviera enfermo ni en peligro, pero enseguida volvió la incertidumbre de no saber dónde estaba. Apoyé las manos en las rodillas para recuperar el aliento por la carrera que acababa de dar.

–¿Debería buscar a un profesor y pedirle ayuda? Es lo que se debe hacer en estos casos...


Volví al vestíbulo cada vez más confuso y sin saber qué hacer. Me dirigí a mi habitación por instinto y pasé por delante del patio interior. Sabía que Dívdax entraba ahí a veces para estar solo, alguna vez le había seguido desde lejos para observarle en la distancia, sin que él se diera cuenta. No perdía nada por probar...


Entré en el patio. Hacía un poco de frío. Miré a lo lejos, entre los árboles, hacia el sitio en el que Div se metía siempre que quería pensar en sus cosas, pero tampoco parecía que estuviera ahí. Me senté en el borde de la fuente, que estaba apagada. El asiento de piedra también estaba frío, pero no me importaba.
Intenté ponerme en la piel de Div para saber en qué pensaba cuando se metía él solo en el patio. ¿Se acordaría de mí alguna vez? ¿Me consideraría un amigo? ¿Por lo menos pensaría en mí como algo más que una molestia? Ojalá hubiera podido estar a su lado cualquiera de esas veces para mirarle sin tener que esconderme, hablar con él y atreverme a sincerarme...

Oí unas voces provenientes del pasillo de los dormitorios. Dos chicas acababan de pasar por allí. Salí corriendo del patio para hablar con ellas y las reconocí a mitad de la carrera: eran Leana y Lovrina, dos magas rojas de mi mismo curso. Eran dos chicas de estatura media, Leana era más seria y llevaba suelto el pelo, que era de color rubio platino, mientras que Lovrina era más habladora, tenía los ojos grandes y llevaba su cabellera rosa recogida en dos coletas.

–¡Chicas! ¡Perdonad...!

Se dieron la vuelta y Lovrina pegó un chillido al verme.

–¡Belazor! ¿De dónde sales? Qué susto.
–Per-perdón, no, no quería...
–¿Por qué vienes tan corriendo, qué pasa? –preguntó Leana.
–Es una lar-lar-larga histo-to-to...
–Bel, ¿estás bien? Tranquilízate, tío.

Me estaba poniendo nervioso y por eso tartamudeaba tanto y vocalizaba tan mal. Así no había forma de que me entendieran...

–Sí, perdonad... ¿Habéis vis-visto a Div?
–¿Div? –repitió Lovrina–. No me suena, ¿y a ti?
–Tampoco –respondió Leana–. ¿Quién es ese?
–Mago negro, sexto gra-grado, pelo violeta, ojos violetas... –hice una descripción de él.
–No sé, no me suena...
–Es mi antiguo compa-pañero de habi-bi-bitación.
–Ah, vale, creo que sé quién dices –contestó Lovrina–. En plan, de vista, sabes.
–¿Eso es que le has visto? –me alegré.
–No, o sea, hoy no –añadió, haciendo trizas mis esperanzas.
–¿No estará en su habitación? –intervino Leana.
–Ya he mirado y n-no está.
–Pues no sé, tío...
–¿Has preguntado al conserje? –propuso Leana–. A lo mejor él lo sabe.
–Sí, tienes r-razón... Gracias, luego nos vem-vemos.

Se fueron hacia el comedor para desayunar. ¡Qué tonto había sido por no acordarme de Ryuzaki! Él siempre estaba al corriente de todo lo que ocurría en el Jardín. ¿Pero dónde podría encontrarle? Eran menos de las nueve y ya había explorado casi todos los pasillos, pero no había encontrado rastro de él... ni tampoco de Div.

Decidí que lo mejor era ir a jefatura de estudios, el único sitio que me quedaba por mirar. Había varias puertas de distintos despachos. Llamé a la sala de profesores e intenté abrir, pero también estaba cerrada. Suspiré desanimado.

–¿Por qué hoy todo me sale mal?

Me sentía desolado. Div no estaba en ninguna parte y parecía que el mundo entero me diera la espalda. ¿Por qué nadie se tomaba en serio que no encontrara a Dívdax? ¿Por qué a nadie le importaba cómo me sentía? ¿Por qué a Div no le importaba cómo me sentía? 

En realidad, no tenía derecho a enfadarme con nadie, porque ni yo mismo estaba preocupado por él. Estaba siendo un hipócrita. Toda mi búsqueda y mi preocupación no eran más que una mentira que intenté creerme para no hacer frente a la verdad. Y la única verdad era que estaba celoso. 

Sin darme cuenta, me vinieron a la cabeza montones de recuerdos de nuestra infancia. Me acordé de cuando Div y yo éramos pequeños y jugábamos juntos en el orfanato de mamá Rede, de cuando me contaba chistes y me hablaba de sus sueños de aprender magia... Decía que iba a convertirse en el mago más fuerte del mundo. Siempre habíamos sido amigos hasta... hasta hacía muy poco... cuando empecé a ponerme más pesado de la cuenta con él... Pero no había podido evitarlo. Siempre había valorado nuestra amistad, pero ya no podía conformarme solo con ser su amigo. Me gustaba Dívdax.

No podía decirle nada porque para mí era una figura inalcanzable y, aunque lo había intentado muchas veces, siempre me lo acababa callando por miedo a perder su amistad. Pero ahora, por comportarme como un idiota, había perdido las dos cosas...

En el fondo sabía perfectamente dónde estaba Dívdax. Había tenido que pasar la noche en otra habitación. Me temblaban los puños al pensarlo, estaba lleno de furia. Por eso le estaba buscando por todas partes, porque no quería creer que estuviera con otra persona, que hubiera pasado la noche con alguien que no fuera yo. No podría soportarlo. No quería aceptarlo, pero no podía negar la realidad. Había elegido a otra persona en lugar de a mí. Pero lo peor es que no me sorprende. Yo tampoco querría estar con alguien como yo...

–Parece que necesitas ayuda.

Me habló una voz que me resultaba conocida, pero no reconocí quién era porque veía borroso. Había empezado a llorar sin darme cuenta y las lágrimas me tapaban la vista. Me quité las gafas para secarme los ojos y me las volví a poner. La persona que me estaba hablando era Ryuzaki, el conserje. Me había puesto tan triste que ni siquiera me alegré de verle, aunque le estaba buscando hacía un momento.

Ryuzaki tenía la piel tan pálida y las orejas tan marcadas como siempre. Había extendido una mano hacia mí, me estaba ofreciendo un pañuelo.

–N-no hace falta, gra-gra-grac...


El conserje dobló el pañuelo y se lo guardó con un gesto muy rápido.


–Como quieras. He oído que me estabas buscando, y es innegable que te ocurre algo. ¿Puedo saber qué ha pasado? 

–Estoy b-b-bus... Estoy bus...
–Necesito que respires hondo. En este estado, no te puedo ayudar.

Ryuzaki se acercó a mí, pero, en lugar de sentarse a mi lado, se subió al banco y se puso en cuclillas encima de él. Intenté calmarme un poco y volví a pensar que Dívdax estaba desaparecido y no enrollándose con alguien que no era yo.

–Ryuzaki, estoy b... buscando a Dívdax... ¿Le has vis-visto?

–No, hoy no le he visto, a pesar de que llevo despierto desde las seis.
–¿De verdad?
–¿Te has puesto así solo porque no le encuentras? No es propio de un Seed dejarse llevar por sus emociones.
–No, yo... No es eso.

No quería decirle a Ryuzaki cómo me sentía, por mucho que necesitara compartirlo con alguien. Ese sentimiento era personal y nos pertenecía solo a Div y a mí.

–Es sábado por la mañana y me consta que se esfuerza más de la cuenta en sus entrenamientos –continuó Ryuzaki–. Sería natural que esté aprovechando el día para descansar.
–Es que no está en su habitación...
–¿Y has pensado que podría estar desayunando? Sería lo más normal, a estas horas. 
–No, el comedor... acaba de, de abrir y las cocineras me han dicho que no había lle-llegado nadie más cuando he ido a pre-preguntar... No está en ninguna pa-parte y ya no sé dónde más buscar...
–¿A qué te refieres con ninguna parte? –ahora tenía la voz más seria–. ¿Dónde le has buscado?
–En s-su habitación, la cafetería, el patio... También he ido a la bi-biblioteca y a la enferme-mería, y ahora he venido a la sala de pro, de pro, de profesores, pero todo estaba cerrado o vacío...
–¿Y no estaba en ninguno de los sitios que mencionas?
–No... Su compañero d-de habitación dice que n-no estaba, la habitación estaba vacía y...
–¿A qué hora has salido de tu habitación?
–Pongo siempre el despertador a las o-ocho los sábados...
–¿Y ha ocurrido algo fuera de lo común en el tiempo que llevas despierto? Aparte de lo de no encontrar a Dívdax.
–No... Bueno, no había luz en el pasillo, se encendió m-más tarde... Las co-cocineras me han dicho que había un corte de luz...
–Eso pensaba. Debo hacer unas comprobaciones –dijo, levantándose de golpe–. Entre tanto, te aconsejo que vayas a desayunar. Parece que no has comido aún, y un Seed profesional nunca descuida su salud.
–¿Pero le ha pasado algo...?

Ryuzaki desapareció de mi vista más rápido de lo que había aparecido. Se había puesto muy serio, ¿eso es que ocurría algo grave? ¿O solo estaba jugando conmigo para intentar distraerme?


Ya no sabía qué pensar. Seguía un poco preocupado, pero no sabía si era una preocupación auténtica o solo parte de mi paranoia. Aquel fin de semana, el día en el que iba a reconciliarme con Div, había empezado de la peor forma imaginable. No le había encontrado, me sentía rechazado por él y ni siquiera podía ayudar a nadie con sus cosas... Nadie me necesitaba. No sirvo para nada.

Volví directamente a mi habitación porque no quería desayunar. Lisander seguía en su cama. Me metí en el baño y abrí el grifo de la ducha para que con el ruido del agua no me escuchara llorar. Solo podía pensar en Div, en mí y en lo patético que era por haber perdido a mi mejor amigo. Por culpa de mi actitud y de lo pesado que había sido con él, Div ahora estaba en los brazos de otra persona. Me había olvidado para siempre... Nunca iba a estar con él...
Sentía que sobraba en el mundo. Pegué la frente a las baldosas del suelo y me apreté contra ellas con toda la fuerza que pude. Quería desaparecer, convertirme en una baldosa más, quería que me tragara el suelo y dejar de existir. No tenía sentido vivir en un mundo en el que no podía estar con Div.