Antes de nada...



Ni el Jardín de Balamb, ni Moltres ni muchos de los personajes, situaciones, lugares, objetos y conversaciones y que aparecen en este blog me pertenecen y en ningún momento doy ninguno de ellos por propio.
Por lo tanto, no plagio nada. Yo solo soy dueño de este blog.

27 de enero de 2016

Para los nuevos lectores

Por favor, lee esto antes de empezar a leer la historia.

Si has llegado a este blog por primera vez, te doy la bienvenida. Como podrás ver, hace bastante tiempo que no actualizo. He estado muy ocupado, pero el principal motivo es que me quedé sin inspiración para seguir escribiendo. Para solucionarlo, decidí volver a leer todo lo que había escrito, para así familiarizarme de nuevo con la historia y pensar en posibles desarrollos. De modo que reescribí los capítulos ya publicados, en parte para corregir algunos errores, pero también para introducir pequeños cambios en la historia, los personajes y los diálogos.

Total, que a día de hoy aún no he terminado. Por eso, si lees el capítulo 30 verás que no coincide con lo que ha ocurrido en el anterior, porque de momento solo he editado hasta el capítulo 29. Si quieres seguir leyendo después del 29, adelante, pero recuerda que la historia a partir de ese punto no va a tener mucho sentido debido a estos cambios.

Por lo demás, te doy la bienvenida a mi historia. Espero que disfrutes tanto leyéndola como yo he disfrutado escribiéndola a lo largo de estos años. Y tanto a los nuevos lectores como a los que seguís desde el principio os pido paciencia. Tengo intención de terminar de editar los capítulos antiguos y de continuar con la historia. ¡Tengo muchas ideas que me encantaría compartir con vosotros! Ojalá podáis leerlas muy pronto.

Recordad que siempre podéis dejar algún comentario opinando sobre los acontecimientos, personajes y demás. El último comentario es de hace un año, y me hace ilusión recibir nuevos. Aunque es normal que tras tanto tiempo sin actualizar nadie me diga nada XD

¡Prometo esforzarme para continuar con la historia cuanto antes!

6 de marzo de 2013

XXXV: Mientras tanto...



Aquel día empezó como otro todos los demás. Paré la alarma a las 6 en punto, como siempre. Ahora la ponía más bajita para no despertar a Lisander. Me llevaba bien con él. Nos habíamos hecho amigos en los pocos meses desde que nos conocíamos.
Me levanté sin hacer ruido, me duché, me vestí y preparé los libros para clase.
Busqué mi daga y la saqué brillo. Cuanto más avanza un Caballero Oscuro en su aprendizaje, mejor es el arma que lleva. En uno o dos años ya podría utilizar una lanza. Y más adelante un espadón.

- ¿Otra vez has madrugao? – me saludó Lisander.
- Sí.
- Con lo malo que es. Estás zumbao.
- Anda, levántate que vamos a llegar tarde.
- ¡Pero que queda una hora pa’ las clases! – protestó mientras se levantaba -. Anda, tira a desayunar, que ya luego voy yo.
- Vale. Está bien.

Lisander se metió al baño. Yo me puse los zapatos y salí de la habitación. Miré a ambos lados del pasillo para ver si había algún conocido. No me gustaba ir solo a desayunar. Ni a comer ni a nada. Me gustaba el calor humano.
Se acercaba a mí una persona de pelo violeta. No podía ser. No podía ser él.

- Buenas – me saludó Dívdax con una sonrisa.
- Vaya. ¿A qué se debe este cambio de actitud? Te recuerdo que la última vez que hablamos me amenazaste.
- No he venido a discutir. Me gustaría hacer las paces contigo. Hemos sido buenos amigos, ¿no te da pena que ya no lo seamos?
- Bueno, yo… vale. Si quieres hablar, hablamos. ¿Pero no tienes entrenamiento hoy?
- Nos han dado el día libre. ¿Vamos al patio a hablar?
- ¿No podemos hablar mientras desayunamos?
- Preferiría hablar contigo… en privado.

Bajó la vista cuando dijo esas palabras y… ¿se sonrojó? No me podía creer lo que estaba pasando. Creía que Dívdax y yo nunca volveríamos a ser amigos.
Comenzamos a andar hasta llegar al patio. Yo seguía a Dívdax, cruzamos el patio entero hasta que se sentó en un banco alejado. Me senté junto a él.

- Bueno. ¿Y de qué quieres hablar?
- De ti.
- ¿De mí?
- Sí, de ti, Belazor. Te necesito.

Me puse nervioso. El corazón parecía que se me iba a salir del pecho. ¿Acababa de decir lo que yo creía?
Le miré, pero no vi sus ojos violetas, sino una extraña sombra que los rodeaba. No recordaba haberla visto antes en él. Daba un poco de miedo.

- ¿Cómo…?

Le quería preguntar cómo había hecho que apareciera esa sombra, si se la había pintado o algo parecido. Pero Dívdax extendió un brazo hacia mí y… creo que perdí el conocimiento.

Cuando volví en mí estaba en una sala a oscuras. Estaba tumbado en el suelo, con las manos atadas a la espalda, y una mordaza. Me puse muy nervioso. ¿Dónde estaba, qué había pasado, por qué me había hecho eso Dívdax?  No, no era Dívdax. No podía ser Dívdax. Era un mago fuerte, pero no podía dejar a la gente inconsciente solo moviendo la mano. ¿Pero entonces por qué se parecía tanto a él, y para qué me necesitaba?
Intenté hablar, pero ni yo mismo oía mi voz a través de la mordaza. Grité, pero nadie podía oírme.
Después de varios intentos conseguí levantarme. Menos mal que no me habían atado los tobillos, solo las manos. Bajé los brazos cuanto pude y metí las piernas por el hueco entre los brazos, con cuidado, ya que no podía ver. Todo estaba envuelto en sombras. Me caí al suelo, pero conseguí que los brazos se me quedaran por delante del pecho, y no por detrás de la espalda. Con las manos libres pude aflojarme el nudo de la mordaza, que estaba apretadísimo. Tardé bastante, pero conseguí quitármela.

- ¡EH! ¡SOCORRO! ¿ME OYE ALGUIEN? – grité.

Escuché el eco de mi voz. Tenía que estar en un sitio muy grande. Empecé a moverme a tientas por la estancia, buscando con los pies posibles agujeros o cosas raras en el terreno, como charcos o arena. Todo el suelo parecía de un material bastante duro, tal vez metálico. Mis ojos comenzaron a adaptarse a la sombra, podía ver pequeños brillos a lo lejos. Me acerqué a ellos, despacio para no caerme. Había un tablero con varios botones y palancas. Podía ser una trampa. Pero si me querían vivo me habrían puesto vigilancia, y si no me necesitaban ya me habrían matado. Pulsé varios botones, pero no ocurrió nada.

- ¡SOCORRO! ¿NO ME OYE NADIE? ¡ESTOY AQUÍ! ¡SOY BELAZOR!

Era una lástima que siendo Caballero Oscuro no pudiera aprovechar toda la oscuridad del sitio para hacer acumular fuerza o hacer algo para escapar.
Me puse a dar vueltas por la habitación sin saber qué hacer ni dónde ir. Después de un rato me senté. No podía hacer nada más.
Pensaba en Dívdax. En lo mucho que le había querido, y lo que él me odiaba a mí. Pensé en Lisander. En mis amigas. En el único recuerdo que creía que tenía de mis padres. Grité otra vez para pedir ayuda. Nadie contestaba.
Escuché un ruido extraño y me levanté corriendo. Sonaba como algo que conocía. Estaba por encima de mí. Algo que se alejaba. Después se acercaba y se volvía a alejar. Tardé un rato en darme cuenta, ¡era el ascensor del Jardín!

- ¿Así que… así que estoy en-en el Jardín? Pero esto… como no sea el sótano…

Me animé sabiendo que estaba más cerca de mi hogar de lo que creía. Pero seguía sin entender por qué Dívdax me había encerrado allí, ni cómo lo había hecho sin ser visto. Empezaba a creer que me había tendido una trampa. Aunque no sabía para qué.
No tenía reloj. Pero el ruido del ascensor significaba que alguien lo estaba usando. O sea, era hora de clase. Me estaba perdiendo las clases de ese día. Lisander se daría cuenta de que no estaba en clase, y avisaría a alguien. Y entonces vendrían a buscarme y yo les contaría que Dívdax me había encerrado allí. Quizá le expulsarían.
¿Pero yo quería que le expulsaran? No le deseaba ningún mal, aunque ya no fuéramos amigos. Pero no podía quedar impune después de hacerme eso.
El estómago me rugía. No tenía comida en los bolsillos. Tampoco parecía que hubiera nada para comer en ese sitio. Y si lo había seguro que era una trampa.
Empecé a marearme por el hambre. Me caí al suelo y me dormí, o perdí el conocimiento, o las dos cosas. A veces me despertaba el ruido del ascensor, pero volvía a dormirme en cuanto lo dejaba de escuchar. Perdí la noción del tiempo.

* * *

Eran las nueve de la mañana, terminaba la clase y Belazor no había aparecido. Me había extrañado no verle cuando empezó la clase, pero me extrañó más aún que terminara la hora y no hubiera llegado.

- Este se ha quedao encerrado en la habitación. Capaz.

Como me daba un poco igual llegar tarde a la siguiente clase bajé por las escaleras y tiré para el pasillo de las habitaciones. Llamé a la puerta de la nuestra.

- Belazor. ¿Estás dentro?

No me contestó. “Se habrá quedao dormido”, pensé. Metí la llave, la giré y entré, pero Belazor no estaba en la cama. Tampoco en el baño ni, aunque era ridículo pensarlo, debajo de la cama.

- ¿Y este dónde se mete?

No sabía si avisar a alguien. Era raro que Belazor no fuera a clase, pero que tampoco estuviera en la habitación… Ni tampoco le había visto en el comedor por la mañana. De hecho, no le había visto desde que me levanté.

 - Bueno, él sabrá lo que hace.

Cerré la puerta y volví a clase. Llegué cinco minutos tarde, pero daba igual porque era Historia. Además, me gustaba discutir con la profesora.
Pero Belazor tampoco fue a esa clase, ni a la siguiente. Cuando llegó la hora de comer pregunté a algunas de sus amigas, que dijeron que tampoco le habían visto. Volví a la habitación, fui a la enfermería, y como tampoco estaba, fui a hablar con un profesor.
Llamé a la puerta de la Sala de Profesores y entré, pero dentro solo estaba Ryuzaki, que me enseñaba las artes de los Dragontinos.

- Hola, Lisander. ¿Puedo ayudarte? – me preguntó.
- No encuentro a una persona.
- ¿De quién se trata?
- Belazor, mi compañero de habitación. Esta mañana se fue a desayunar y no le he vuelto a ver.
- Quizá haya sufrido un mareo y esté en la enfermería – contestó sin darle importancia.
- No está allí, ni tampoco en su habitación. No ha ido a clase.

Entonces Ryuzaki me miró muy serio. Me preguntó si mis palabras eran verdad, y le respondí que sí.

- Coge tu lanza y vuelve aquí lo más rápido que puedas.
- ¿Pero qué pasa?
- Hazlo – me ordenó mientras terminaba de colocar unos papeles a gran velocidad.

Sin perder un segundo me fui a la habitación, cogí mi lanza y mis muñequeras. Antes de salir se me ocurrió abrir uno de los cajones de Belazor. Cogí su daga, por si acaso, y volví al pasillo de profesores, donde Ryuzaki me esperaba frente a una puerta.

- Atento, Lisander – me advirtió -. Es importante que estés atento a cualquier cosa, que no hagas ningún movimiento brusco y, sobre todo, que te mantengas en silencio. ¿Podrás hacerlo?
- Pues claro.
- Bien. Allá vamos.

Ryuzaki abrió la última puerta del pasillo, que chirrió como si no quisiera que la abrieran. Al otro lado había una escalera pegada a la pared que subía y bajaba a la vez. Ryuzaki bajó, y yo le seguí. A medida que avanzábamos había cada vez menos luz. No se veía el suelo.
Al final llegamos a una sala circular muy pequeña. Ryuzaki dijo algo y apareció una llama en su mano que iluminó los alrededores. Delante de nosotros había un enorme montón de acero fundido que daba paso a una habitación completamente a oscuras. A lo lejos se oyó un ruido.

- Atento, Lisander – susurró Ryuzaki.

Me puse en posición de ataque.

- ¿Quién eres? – preguntó una voz.
- ¿Belazor? – le llamé.
- ¿Quién eres? – preguntó Ryuzaki en voz alta. El eco repitió su pregunta.
- Soy Belazor – contestó rápidamente -. De cuarto grado. Estudiante del Jardín, nú-número de identificación 30158.
- ¿Quién está contigo?
- Nadie. Estoy so-solo.

Un rayo verde salió de la mano de Ryuzaki y recorrió la sala por completo.

- Está solo, Lisander. Recógele y vámonos.

Mis ojos empezaron a adaptarse a la oscuridad. Me acerqué hasta el lugar donde había oído la voz de Belazor y le ayudé a levantarse. Corté las ataduras de sus manos con mi lanza.

- ¿Estás bien?
- Cansado. Muy cansado.
- ¿Cómo has llegado aquí?
- Dívdax… él…
- Venga, nos largamos de aquí.

No di importancia a la mención a Dívdax, pensé que el pobre estaba delirando. Dejé que se apoyara en mí para andar. Le llevé hasta donde estaba Ryuzaki y volvimos a la sala de la escalera.

- ¿Te encuentras bien? – le preguntó Ryuzaki.
- Cansado. Necesito descansar. Y comer algo…
- Escúchame, Belazor. Es muy importante que hagas caso a lo que te voy a decir ahora y que respondas con precisión. ¿Cómo has llegado aquí?
- Esta mañana. Me levanté para desayunar. Me encontré con… con Dívdax en el pasillo… me dijo que quería hab…lar conmigo. Fuimos al patio. Hizo algo… y me quedé inconsciente. Cuando me desperté ya estaba aquí.
- ¿Dívdax te ha hecho esto? – pregunté.
- Aguarda, Lisander. No saques conclusiones precipitadas. Belazor, ¿estás seguro de que te encontraste con Dívdax?
- Bueno… Era Dívdax. Pero actuaba de forma extraña… Decía cosas raras… Y tenía los ojos muy… oscuros…
- ¿Qué cosas raras dijo?
- Que me… necesitaba.

Ryuzaki se cruzó de brazos, pensativo. Me preocupó la expresión de su cara.

- ¿Qué pasa? – le pregunté.
- Necesito vuestra colaboración. Dívdax puede correr grave peligro.
- Te recuerdo que soy yo el que estaba encerrado – le cortó Belazor.
- Dívdax no es el culpable de lo que te ha ocurrido. De hecho, no has visto a Dívdax en todo el día.
- ¿Entonces quién era?
- Escuchadme atentamente. Hace meses, Dívdax se encontró con un individuo que se hizo pasar por el Director Cid. Le engañó y le encerró aquí durante horas. Es una persona que puede cambiar de aspecto. Estoy convencido de que es él con quien te has encontrado esta mañana.
- ¿Y para qué me ha…?
- Te necesitaba, Belazor. Necesitaba encerrarte aquí. ¿Para qué? ¿Se te ocurre la respuesta, Lisander?
- Supongo… que si Belazor está aquí… ese tío puede hacerse pasar por Belazor sin levantar sospechas. Si Belazor estuviera en las aulas la gente podría verles a él y al falso. Y eso no le conviene. Necesita pasar desapercibido.
- Bien deducido. Yo pienso lo mismo. Es muy probable que quiera aprovechar tu aspecto para acercarse a Dívdax. Han pasado varios meses desde la última vez que se encontraron, Dívdax habrá bajado la guardia y no se lo esperará. Por eso necesito pediros algo. ¿Queréis ayudar a Dívdax?
- Cuenta conmigo – dije.
- ¿Qué hay de ti, Belazor?
- ¿Seguro que no fue Dívdax quien me encerró aquí?
- Pronto podrás hablar con él y preguntárselo tú mismo. Pero tenemos que seguir los planes del impostor. Hacerle creer que todo va como él lo ha planeado. Es mejor pillarle por sorpresa.
- ¿Qué propones? – pregunté.
- Belazor no debe ser visto. Y tampoco podemos acercarnos a Dívdax, el impostor puede estar observándole. Si sospecha que planeamos algo perderíamos el factor sorpresa.
- ¿Entonces… quieres que me quede aquí? – preguntó Belazor.
- Es tu decisión.  Si quieres ayudar a Dívdax, deberías quedarte aquí. Te traeré comida y luz. Pero es imprescindible que no salgas de aquí. Si decides salir e ir a tu habitación, o a la enfermería, no te retendré.
- …De acuerdo. Me quedaré aquí si eso le ayu-yuda. Pero más vale que tengas razón con lo de que no era él de verdad.
- Gracias, Belazor. Lisander… tú debes buscar cualquier persona sospechosa por el Jardín. Tengo las grabaciones de las cámaras de seguridad. Es probable que “Belazor 2” ya se haya puesto en contacto con Dívdax. Ve a mi habitación en cuanto puedas.
- ¿Dónde está?
- En la tercera planta. El ascensor oculta una puerta en la parte de atrás. Si consigues abrirla, llegarás a mi habitación.
 - De acuerdo.
- Dirígete hacia allí en cuanto puedas. Yo voy a traerte provisiones, Belazor. No tardaré.

Mientras oíamos a Ryuzaki alejarse recordé que tenía la daga de Belazor.

- Ten esto – le dije, sacándola del bolsillo -. Por si te hace falta.
- Muchas gracias – la cogió y se la guardó -. ¿Crees lo que dice Ryuzaki?
- Creo que no conozco a Dívdax lo suficiente como para decir que es buena o mala persona. Pero no parece mal chaval. No creo que te haya encerrado aquí.
- ¿En serio crees que una persona se ha podido transformar en él?
- Tú manipulas la oscuridad, Dívdax crea rayos y hielo, y yo puedo saltar casi diez metros en vertical. ¿Qué te dice que no existe la magia para convertirse en otro?
- Bueno, os haré caso. Espero que tengáis razón.
- Yo también. Supongo que esta noche ya podrás salir, así que hasta esta noche.
- ¿Y qué voy a hacer todo ese tiempo?
- Tú sabrás. Practica magia o algo.

Me despedí de él y volví a subir la escalera. Ya de vuelta en el pasillo, fui al centro del vestíbulo y me monté en el ascensor. Pulsé el botón del último piso y esperé a que subiera. Cuando se abrió vi un recibidor con alfombra roja, y una puerta llena de relieves, la puerta del despacho del director. Me di la vuelta y miré el panel ascensor. Inspeccioné con cuidado cada detalle para encontrar algo que me hiciera abrir la puerta. Golpeé la pared con los dedos, la empujé y cedió un poco. Entonces encontré un saliente en la parte de arriba del ascensor. Lo agarré para utilizarlo como si fuera un picaporte y encontré con el dedo otro pequeño saliente en el tirador, como un botón. Lo pulsé y la puerta se abrió con facilidad.

Era la primera vez que veía la habitación de Ryuzaki. Hacía calor, y olía un poco a rancio. Ryuzaki no ventilaba mucho su habitación. Entré y la puerta se cerró a la vez que oía el ascensor bajar.

- Ya pensaré luego cómo salir.

La habitación era más grande que la que compartía con Belazor, pero muy oscura. Había varias ventanas con las persianas bajadas casi del todo, así que solo unos pocos rayos de luz la iluminaban. No había cama. Pero sí había una mesa en el centro de la habitación con varias pantallas encendidas en las que se veía gente moviéndose. Me acerqué y reconocí varias partes del Jardín, gente hablando o yendo de un sitio a otro.
A un lado de la pared había un corcho con muchos papeles clavados con chinchetas. Había recortes de periódico, estadísticas y en el centro, una imagen que parecía hecha a mano, quizá dibujada por el propio Ryuzaki. Era el rostro de un hombre joven vestido con traje y corbata. Tenía cara seria, pelo rubio/castaño y ojos… ¿rojos?

- No te entretengas en eso – dijo la voz de Ryuzaki a mi espalda.
- ¿Cómo has entrado?
- Saltando. Aquí están las grabaciones.

Sacó varios CDs de un cajón y los metió en los lectores que había debajo de las pantallas.

- Aún no las he visto, de modo que ambos tenemos que permanecer atentos a cualquier detalle relevante. Es evidente que el impostor aparecerá tarde o temprano delante de Belazor, pero tenemos que intentar detectar cualquier anomalía incluso antes de eso.
- Vale.

Ryuzaki puso en marcha las cintas.

- Tú ocúpate de las pantallas del lado derecho: planta baja. Yo me ocuparé de las demás: primera y segunda planta y exteriores.
- ¿No hay una cámara del sótano?
- Me temo que no. Y aunque la hubiera, no habría suficiente iluminación como para que se distinguiera algo. ¿A qué hora se suele levantar Belazor?
- Antes de las 7.
- ¿Y a qué hora sale de su habitación?
- No lo sé. Hoy se ha ido cuando me he levantao yo, que ha sido casi a las 8.
- Está bien. Estos CDs empiezan a grabar a las 6 de la mañana. Atento a esas dos horas.

En la parte de debajo de cada pantalla había un reloj que avanzaba muy deprisa. Cada segundo en el vídeo eran veinte en la realidad, así que había que estar atento para ver algo.
Vi a Ryuzaki recorriendo pasillos, supongo que vigilando que todo estuviera en orden. Una puerta se abrió en nuestro pasillo, y salió… ¿Dívdax?

- Ryuzaki, ¿es él?
- No, creo que es el auténtico Dívdax. Mira.

Varios alumnos y alumnas más salieron de sus habitaciones y se unieron a Dívdax hasta salir del Jardín.

- Ah, los entrenamientos – recordé.

Después de que los últimos salieran corriendo de sus habitaciones las pantallas se mantuvieron en calma un buen rato. La enfermera Kadowaki llegó a la entrada del Jardín sobre las 7 y se metió en la enfermería. Sacaba cosas de los armarios y guardaba otras. Las cocineras comenzaban a servir las mesas. Todo normal.

- Me temo que aquí no hay nada que nos dé ninguna pista – dijo Ryuzaki cuando el reloj marcaba las 7:45.
- Pues a mirar el pasillo de las habitaciones.

Los dos dirigimos la vista a la cámara del pasillo. En poco tiempo una figura se materializó de la nada, y adoptó la forma de Dívdax. Hasta el momento había creído a Ryuzaki, pero de todas formas me sorprendió verlo con mis propios ojos.

- No hay duda, es él – dijo Ryuzaki.
- ¿El impostor?
- Creo que sí.

Vimos a Belazor salir de la habitación, y al impostor andar hacia él. Dijeron algo y se fueron juntos por el pasillo, hacia el vestíbulo. No, hacia el patio. Les vimos caminar hasta el límite de la pantalla… y la imagen se perdía.

- ¿No hay más cámaras en el patio? – pregunté.
- Lamentablemente, no. Pero podemos esperar y ver si vuelven a cruzar por aquí – dijo Ryuzaki.

Pero pasaron los minutos y no se les volvió a ver. Ryuzaki rebobinó la cinta varias veces y vimos las escenas hasta aprendérnoslas de memoria, pero la información no cambiaba. Tampoco había nada extraño antes de que el impostor apareciera en nuestro pasillo.

- Seguimos sin saber cómo se llevó a Belazor al sótano.
- ¿Y no pudo hacer que Belazor cambiara de aspecto como hace él?
- Lo dudo. De poder hacerlo, no se habría tomado la molestia de encerrarle en el sótano. Le habría convertido en un botón o en una piedra, y lo habría arrojado en cualquier parte. Suena cruel, pero no dudaría que fuera capaz de hacerlo.
- Yo tampoco.
- Entonces sabemos que el impostor se encontraba en el Jardín antes de las 7:45, quizá desde hace varios días para conocer la rutina de Belazor y Dívdax.
- Ahora hay que buscar el momento en el que habla con Dívdax.

Ryuzaki asintió, rebobinó de las cintas y llegó a las 8:10. Los estudiantes de sexto habían vuelto al Jardín y estaban desayunando. No tardé en encontrar a Dívdax en una de las mesas de la cafetería. Sus dos amigos estaban con él. Se fueron, y después se acercó otra figura.

- Ahí está.

Hablaron durante un par de minutos y Dívdax salió del comedor mientras el impostor tomaba asiento en una mesa él solo y se servía el desayuno. Después de aquello se levantó, volvió a entrar en el patio y desapareció ante nuestros ojos.

- Seguro que se convirtió en un pájaro o alguna otra criatura lo suficientemente pequeña como para pasar desapercibida – opinó Ryuzaki.
- ¿Cómo sabes que puede convertirse en un animal?
- Sabemos que puede cambiar de tamaño. Ha sido Dívdax, Belazor y el Director Cid. Los tres tienen cuerpos muy distintos. Además, también le has visto emplear su poder en el pasillo de las habitaciones. Es capaz de transformarse en algo lo suficientemente pequeño como para no ser detectado por las cámaras.
- Ajá.
- Pero no te fijes solo en él. ¿No has visto esto?

Rebobinó de nuevo las cintas hasta la conversación entre Dívdax y Belazor. Ryuzaki señaló a Dívdax, y me fijé en él. Salió de la cafetería, y luego… ¿echaba a correr?

- ¿Qué le habrá dicho? – me pregunté.
- Algo lo suficientemente preocupante como para asustarle, pero no lo suficiente como para notificárselo a un miembro del personal del Jardín.

Dívdax no hizo nada extraño en las demás grabaciones. Se quedó en su habitación, fue a la biblioteca, de nuevo a la habitación, más tarde al comedor, y después de vuelta a su habitación. Seguro que todavía estaba ahí dentro.

- ¿Y ahora qué hacemos, Ryuzaki?
- ¿Ahora? Vigilaré a Dívdax desde aquí. Cuando vuelva a necesitar tu ayuda te lo haré saber.
- ¿Y para eso me querías? ¿Para mirar pantallas?
- Por supuesto que no. Quería que estuvieras al corriente de la situación. Puedes volver a tus asuntos, pero ten tu arma preparada. Iré a buscarte cuando llegue el momento de actuar.
- De acuerdo.
- Gracias por tu ayuda, Lisander.
- De nada.

Ya me iba cuando volví a fijarme en el dibujo de aquel hombre con traje.

- Ryuzaki… ¿puedo preguntarte una cosa?
- Era un amigo – me contestó, como si me hubiera leído el pensamiento -. O eso creí durante mucho tiempo.
- Vale.
- No tiene sentido estancarse en el pasado, Lisander. Ahora estamos aquí. Y aquí y ahora son las dos cosas que importan. Nada más.
- Entendido.

19 de febrero de 2013

XXXIV: Al borde de la Muerte




Buscar una aguja en un pajar no es tan difícil como suena, porque tienes una idea definida de lo que estás buscando. Encontrarla puede resultar tan sencillo como utilizar un imán lo suficientemente potente como para atraerla, separándola de la paja. No es difícil, pero sí algo estúpido. Es más fácil conseguir una aguja nueva que un imán con la suficiente potencia.
En cualquier caso, no es difícil encontrar si sabes lo que estás buscando. Pero es muy distinto estar en medio de un pajar y no saber lo que buscas. ¿Qué haces? ¿Hundes las manos entre los montones de paja intentando encontrar algo que no sabes que estás buscando? Podría ser una aguja lo que buscas, podría ser una piedra, o podría no ser ninguna de las dos cosas, pero durante la búsqueda quizá te claves algunas agujas y te golpees con algunas piedras.
Toda esta metáfora viene a que, después de un par de semanas, no había conseguido ninguna información sobre el país del que Ryuzaki me había hablado. Y cada vez que estaba a punto de ocurrírseme algo (o según diría Ryuzaki, recordarlo), se desvanecía de mi mente. Era como mirar una de esas ilusiones ópticas: al fijar la vista en un punto es cuando el cerebro crea las ilusiones, pero al moverla, la ilusión desaparece.
No quise contar a Leta nada sobre el tema, me limité a hablarle de la parte de la conversación referente a Moltres. Me contestó que había decidido darle a Kirin a Ryuzaki. No podía haber estado más de acuerdo con ella.

- ¿Y qué pasa contigo? – me preguntó -. ¿Te vas a quedar con Moltres sabiendo que es peligroso?
- Puedo apañármelas. Recuerda que mi especialidad es el Hielo. Teniendo el fuego de Moltres no habrá quien pueda conmigo.
- Pero quizá me habría sido de utilidad quedarme yo con Kirin. O habérselo dado a Kei.

Kei seguía hablando con Aqua de vez en cuando, aunque con menor frecuencia que antes. Supuse que le dolería tener que hablar con ella a distancia, además de seguir sin noticias de su padre.
A veces me cruzaba con Belazor por los pasillos. Me limitaba a mirarle con odio un segundo y a apartar después la mirada para que su asquerosa cara no me desagradase la vista. Él ya no me suplicaba perdón por algo que jamás había tenido importancia, pero murmuraba algo cada vez que me veía. No conseguía entender qué, pero me traía sin cuidado.

- SeeDs del futuro, suficiente por hoy – anunció la voz de Shantotto tras el entrenamiento del día, sacándome de los recuerdos -. Tengo un mensaje para vosotros, acercaos y os lo doy.

Los entrenamientos se hacían cada vez más duros, aunque con el conflicto mental que tenía, el ejercicio físico era casi un alivio, incluso teniendo que levantarme a diario entre las 5 y las 7 de la mañana y acabar sudado y con la vista nublada. Pero al menos ya no jadeaba al terminar, ni me temblaban las piernas al andar. Era un avance importante desde el principio del trimestre.
Todos los presentes nos acercamos a ella y nos colocamos en fila, esperando escuchar su mensaje.

- Sé que Junio aún está lejano, y que la primavera apenas ha empezado. No obstante, que realicemos un simulacro ha sido planeado.
- ¿Un simulacro?
- ¿De qué? ¿De incendio?
- ¡De amenaza terrorista! ¡El Jardín lleno de monstruos!
- Ya deberíais haber aprendido que nadie me interrumpe sin recibir su merecido – Shantotto extendió los brazos y cayeron varios rayos del cielo, que golpearon a los estudiantes que habían hablado. Tragué saliva, sintiéndome intimidado -. Como iba diciendo, mañana se realizará el simulacro. No se os dará datos sobre objetivos o villanos hasta mañana, en el previo momento de descanso. Es todo.
- Ya era hora de hacer un examen de esto – dijo Kei mientras nos íbamos.
- Si es que ha querido decir eso. Sigo sin entenderla a veces.
- ¿De qué crees que será el examen?
- Ni idea. ¿Liberar a un pueblo invadido por un ejército?
- Tío, no te pases. Que ni siquiera estamos graduados aún.
- ¿Te imaginas? ¿Habría alguien tan imbécil como para mandar a una panda de chavales de 18 años sin graduar para luchar contra un ejército hecho y derecho?
- Me pitan los oídos – dijo el director Cid, que salía del Jardín y se acercaba a nosotros mientras se rascaba frenéticamente el oído -. Buenos días, muchachos.
- Buenos días, señor director.
- Decidme, ¿ya habéis terminado la clase de hoy?
- Sí, señor. Nos han informado sobre el simulacro de mañana.
- Ajá. Bueno, voy a hablar con Shantotto. Y vosotros, a desayunar. Creo que hoy dan bollos de crema de avellanas con los cafés. ¡Ñam, ñam!
- Ya he perdido la fe de verle actuar con normalidad alguna vez – susurró Kei mientras el director se alejaba.
 - Después de seis meses uno se acostumbra.
- ¡Seis meses! – dijo Kei -. Es verdad, ya llevo aquí medio año.
- El tiempo vuela.
- Pero ojo lo que hemos pasado ya. Parece que hayan pasado años desde que me vine aquí.
- Y tú que lo digas.

Al llegar al comedor nos sentamos en la mesa de siempre. Leta se nos unió poco después.

- ¡Qué nervios! - dijo tras sentarse.
- Cálmate, chica, que es solo una prueba - dijo Kei.
- Ya, pero es como nuestro primer examen. ¿Qué creéis que será?
- Han dicho por ahí que van a llenar el Jardín de monstruos y habrá que cargárselos - dije -. Ojo la prisa que se da la gente para empezar a inventar cosas.
- Yo creo que será algo como el primer día - dijo Kei -. ¿Os acordáis, cuando la mujer esa que estaba rodeada de monstruos?
- Qué horror de día - recordé.
- Espero que los monstruos sean más débiles - deseó Leta.
- Ya tienes nivel para cargártelos - la animé -. No te quites puntos antes de tiempo.
- Mañana saldremos de dudas.
- Más vale irse a dormir pronto hoy, para no estar cansado - sugerí.

Me tomé el desayuno con bastante calma, y Kei y Leta se fueron bastante antes que yo. Cuando por fin me terminé el café, una persona se sentó en la silla vacía que había frente a mí.



- Hola, Dívdax - me saludó Belazor.
- Adiós, Belazor - me despedí sin mirarle siquiera.
- Nada de adiós. Tenemos que hablar.
- No, no tenemos – me levanté y me dispuse a irme.
- Sí, sí tenemos. Hay que solucionar esto de una vez por todas. Esta noche, en la Zona de Entrenamiento.
- Está prohibido acceder de noche a la Zona de Entrenamiento.
- Me dan igual las normas. Tendrás que correr el riesgo.
- ¿Desde cuándo es normal en Belazor esta actitud?
- Si piensas que voy a saltarme las normas solo por…
- Esta noche – insistió, tajante -. En la Zona de Entrenamiento. Trae a Moltres si quieres.

Le miré a los ojos, tratando de intimidarle con la mirada.

- Creo que te advertí lo que te pasaría si volvías a mencionar a...
- Las cosas han cambiado – me cortó, poniéndose en pie -. Ya no me dan miedo tus amenazas, Dívdax Palazzo.

Pero al mirarle, detecté en sus ojos una frialdad que nunca antes había visto en Belazor. Una frialdad tan profunda que me hizo estremecerme… ¿de miedo, quizá? Belazor pareció notarlo, y sonrió con desdén.

- Hasta esta noche, Dívdax.

Me alejé intentando aparentar que no me había puesto nervioso, pero dándome prisa para alejarme de él cuanto antes. ¿Desde cuándo me daba miedo Belazor? ¿Y desde cuándo actuaba de forma tan rara?

- ¿De qué coño va? Sabe perfectamente que nos podemos meter en un lío por acceder a la Zona de Entrenamiento de noche y sin permiso de un profesor. ¿Pero y si se va de la lengua? La gente podría empezar a hacer preguntas, podría llegar a oídos de profesores... Y no solo yo tendría problemas, también Ryuzaki por permitirme tener a Moltres, y Kei y Leta por no haberme delatado. Además, si voy podría solucionar esto con él de una vez por todas.

Comenté todo esto a Kei, que se ofreció a “partirle la cara a Belazor” por mí. Agradecí su ofrecimiento pero le dije que yo me encargaría.

- Se le van a quitar las ganas de hablar – dije, intentando hacerme el valiente para reponerme del susto aún reciente.

[...]

Poco después de cenar me vestí, cogí a Estrella Fulgurante y me dirigí a la Zona de Entrenamiento, no sin antes esconder bien a Moltres en la habitación.
Sus palabras “trae a Moltres si quieres”, se repetían en mi mente una y otra vez.
- Igual es una trampa para intentar quitármelo. O igual lleva a más gente y se lo quiere enseñar a todos. Sería mi fin. Podrían expulsarme. Pero no hay vuelta atrás. No soy ningún cobarde, no pienso quedarme en mi habitación. Aunque mañana madrugue.

Tras asegurarme de que no había ningún profesor en los pasillos cercanos, entré en la Zona de Entrenamiento.
Estaba configurada como de costumbre, formando una especie de jungla llena de árboles, desniveles y con un pequeño riachuelo. Avancé por la espesura deshaciéndome de los pocos monstruos que salieron a mi encuentro, hasta llegar a una ligera elevación del terreno, desde la que podía ver gran parte del lugar. Esperaba no tener que esperar mucho.

- Me alegro de que hayas venido - dijo la voz de Belazor a mi espalda.

El sobresalto me hizo dar un salto para alejarme de él.

- ¡¿Qué coño pasa hoy con Belazor?!
- ¿De qué quieres hablar? - pregunté.
- Vas al grano.
- No quiero perder aquí el tiempo. Mañana madrugo.
- Tranquilo, terminaremos pronto. Aunque seguro que recordarás esto durante mucho tiempo.



En la mano de Belazor se materializó una guadaña de metal, que brillaba con intensidad, reflejando la luz de la enorme sala.

- Has hecho bien en traerte ese bastón - dijo Belazor -. ¡Te hará falta!

Belazor saltó hacia mí a la vez que agitaba el brazo, segando el aire con su guadaña. Apenas tuve tiempo de esquivar su ataque; salté de nuevo hacia atrás más por reflejo que por Decisión propia, y caí rodando unos metros, manchándome de tierra y quedando aturdido. Me levanté rápidamente y le vi corriendo hacia mí, dispuesto a lanzar un segundo ataque.

- ¿QUÉ COJONES ESTÁS HACIENDO? - le grité.
- ¡Cumplir con el destino!  ¡Y el destino es que mueras aquí esta noche, a mis manos!
- ¡Electro!

Belazor hizo girar la guadaña, mi rayo impactó contra la hoja metálica y rebotó, golpeándome en el pecho. Un horrible calambrazo sacudió todo mi ser y me hizo gritar.

- ¡Tu magia es ahora tan inútil como tú!

No esperé a esquivar su siguiente ataque, sino que eché a correr en dirección a la salida sin perder un segundo.

- ¡Es inútil escapar de mí, Dívdax!

La tierra a mis pies empezó a agitarse como si Belazor la estuviera moldeando cual montón de arcilla. Los árboles se derrumbaban o se elevaban al quedarse sus raíces sin tierra, las ramas caían a mi alrededor, y en más de una ocasión perdí el equilibrio y me golpeé contra el suelo o contra un tronco.

- ¿Desde cuándo tiene Belazor estos poderes? ¡Es ridículo! Tiene más poder incluso que yo, no puede ser él. Pero entonces… ¡eso significa que ese impostor hijo de puta me ha vuelto a engañar! ¡¿Cómo he podido ser tan imbécil?!

A lo lejos oía sus pasos acercándose. Caminaba con calma, sabiendo que acabaría por darme alcance más temprano que tarde. No tenía escapatoria, estaba a su merced. Comencé a pensar en un plan.

- Si me acerco me parte en dos, y los ataques físicos tampoco son mi fuerte. Y si le ataco con magia me la devolverá. ¡Tenía que haber traído a Moltres, maldita sea! Necesito una estrategia. No puedo esquivarle eternamente. Tengo que escapar de este sitio. Del Jardín, de Balamb, de este país y de este mundo. No estaré a salvo en ninguna parte.

- ¡Ryuzaki! - grité -. ¡RYUZAKI!
- ¡Grita todo lo que quieras, ¡solo yo puedo oírte!!

- Un programa especial de ordenador es lo que permite cambiar la apariencia de la Zona de Entrenamiento - recordé -. Ese programa tiene varios sensores dispuestos alrededor de la sala, así que solo tengo que encontrar uno y destruirlo. El sistema fallará y hará que la sala desaparezca. Entonces solo tendré que correr hacia la puerta, aunque no tendré la ventaja del terreno desigual para evitar al impostor. Vendrá en línea recta contra mí. Si al menos supiera dónde están los sensores...
- ¡Cae!

Me tiré violentamente al suelo para esquivar un nuevo golpe de su guadaña, que me rasgó la ropa por el costado. Momentos después noté el escozor de una herida abierta. Pero no tenía tiempo para comprobar si era o no grave; apunté al suelo y grité:

- ¡HIELO++!

El impostor giró nuevamente la guadaña para rebotar mi hechizo, aunque no pudo, puesto que no iba dirigido a él. El hechizo impactó en el suelo, y el terreno en unos tres metros a la redonda se congeló y llenó de pequeños cristales gélidos.

- ¿Realmente crees que con esto vas a detenerme? – se burló, golpeando una de las estructuras de hielo y partiéndola en pedazos.

Aproveché ese momento de distracción para lanzar un hechizo de Fuego contra él, que no pudo hacer rebotar con la hoja. Las llamas le envolvieron durante unos segundos, aunque no pareció sentir dolor.

- Eres un chico muy valiente. Tendré que compensarte debidamente por ello.
- No hace falta, gracias. ¡Aqua++!

La hoja volvió a interponerse entre nosotros, pero una vez más, el blanco de mi hechizo no era él, sino el techo. Varios bloques de agua comenzaron a caer a nuestro alrededor. Aproveché su desconcierto para alejarme unos metros corriendo tan rápido como pude. Tenía que evitar que uno de los bloques me golpeara a mí, o que se me encharcaran los zapatos en el barro. Tan pronto como escuché sus pisadas de persecución, grité apuntando al suelo:

- ¡ELECTRO++!

Mi plan funcionó. La corriente eléctrica se liberó con fuerza sobre los charcos del suelo, destrozando varios árboles que aún seguían en pie, y prendiendo fuego a tantos otros. Oí un grito del impostor. Esta vez sí parecía que le había hecho daño.

- ¡Mocoso impertinente! ¡Veremos si lanzas magia cuando te haya seccionado los brazos! ¡LACERACIÓN TRIPLE!

No supe qué esperar de ese ataque. Oí rápidos movimientos de su arma, y al girarme vi que una onda de aire se acercaba a mí a gran velocidad. Si no me hubiera hecho a un lado no me habría golpeado de lleno con el tronco de un árbol, ni me habría clavado astillas en el brazo y en el costado, pero la onda que me había rajado el brazo derecho podría habérmelo cercenado, o aún peor, podría haberme matado. Aunque estaba extremadamente débil, me tiré al suelo (o más bien, me dejé caer) para esquivar las otras dos ondas que supuse que seguirían a la primera. Las oí silbar sobre mí, cortando varios troncos y ramas que, por suerte, no me cayeron encima. Hice acopio de fuerzas para levantarme de nuevo, y reemprendí la huida, presionando con fuerza con la mano izquierda la herida del brazo, mientras me seguían aquellos pasos cada vez más rápidos. Estaba empezando a ponerse nervioso.

- No puedo seguir así; cualquiera de sus ataques puede matarme, y no podré seguir esquivándole mucho tiempo, o la pérdida de sangre perderá el combate por mí. Necesito escapar de aquí. Necesito ayuda. Pero no hay nadie. Si pudiera encontrar algún sensor… quizá podría esquivar un ataque y hacer que impactara contra el sensor… y entonces lanzaría Ruina y escaparía… No sé si puedo lanzar Ruina, no lo he intentado desde hace semanas, pero no tengo otra opción. Necesito encontrar esos sensores.

Intenté ponerme en la mente de los creadores de la sala, y decidí que los sensores estarían situados a intervalos fijos de distancia unos de otros y de las esquinas. Calculé que debía encontrarme cerca de una de las paredes de la sala, así que solo tenía que avanzar hasta quedarme cerca de la esquina. Pero después, ¿qué? ¿Cómo encontraba el sensor? Y peor aún, ¿cómo le obligaba a lanzar un ataque contra el suelo?
La voz del impostor anunció que un nuevo ataque triple se dirigía hacia mí. Me situé tras un árbol y lancé el hechizo de Hielo más potente que me permitieron las pocas fuerzas que me quedaban. Pretendía crear un escudo de hielo que hiciera rebotar las ondas. Su ataque rebotó mi escudo improvisado, haciendo mella en el hielo y clavándome pequeñas esquirlas gélidas en la cara, pero conseguí salvar la vida una vez más. Solo esperaba conservar energía suficiente para lanzar Ruina durante mi huida.

- ¿Sabes por qué se llama Laceración Triple, Dívdax? No es porque dispare tres por ataque. ¡Es porque nadie sobrevive a ella más de dos veces!
- Solo intenta ponerte nervioso – me dije -. Tranquilízate. Vas a salir de esta. Ten confianza.

No me creía mis palabras, pero no podía rendirme todavía. Tenía que salir de la Zona de Entrenamiento, recorrer al menos dos pasillos y, entonces, rendirme y caer inconsciente. Pero todavía no podía dejarme vencer por el agotamiento, que ya ni siquiera me permitía correr. Justificaba mi lentitud andando diciéndome mentalmente que estaba acumulando fuerzas para la huida.
El destino quiso que tropezara, haciéndome perder toda esperanza de salvar la vida. Un tropiezo podía suponer varios segundos para recuperar el equilibrio, levantarme y retomar el ritmo anterior. Segundos que podían resultar vitales, segundos que quizá equivalían a la poca ventaja que aún le sacaba al impostor.
Pero el destino no quería que perdiera la ventaja. Lo que el destino quiso fue que mi cabeza golpeara contra un objeto especialmente duro en el suelo. Dicho así resulta casi de chiste, pero lo cierto es que ese golpe me salvó la vida.
Al alzar la vista para detectar el origen del golpe me encontré con un objeto de color azul metálico, medio enterrado en el suelo. Esperanzado, rasqué la tierra alrededor con los dedos, y detecté unos pequeñísimos destellos. Había encontrado el sensor.

- Ahora tengo que aprovechar la posición en la que me encuentro. Es muy arriesgado, y tengo que calcular el momento justo, o todo puede salir mal. Va a ser la finta más difícil que haga en toda mi vida, pero no tengo otra opción. Es intentarlo o morir.

- Veo que no va a hacer falta que recurra de nuevo a la Laceración Triple.

Me giré para quedarme bocarriba, y vi a Belazor acercándose a mí. No conseguí levantarme, aunque tampoco era mi intención; tenía que quedarme tumbado. Retrocedí unos pocos centímetros, moviéndome como un cangrejo, lo suficiente como para que mi cabeza ocultara mi descubrimiento.

- Por favor, no – supliqué. No confiaba del todo en mi plan, por lo que mis súplicas no eran del todo fingidas -. Haré lo que quieras, por favor, no me mates, por favor, por favor…
- Mírame a los ojos.

Mientras se acercaba, recordé que no había detectado nada fuera de lo común cuando, hace meses, el impostor haciéndose pasar por el Director Cid me encerró en el sótano. Pero esta vez sí había algo distintivo en el impostor: sus ojos estaban cubiertos de sombras. Quizá fuera un efecto provocado por la luz del fuego que yo mismo había creado, que se seguía extendiendo por toda la sala, o quizá fuera lo mismo que había visto en los ojos de Belazor por la mañana. Retiré la vista al momento, aterrorizado.

- ¿Qué le ha pasado a Belazor?
- Te he dado una orden. Mírame a los ojos, Dívdax Palazzo.

Levanté la vista de nuevo, para mi sufrimiento mental. Su rostro no demostraba ningún sentimiento, solo una indiferencia que irónicamente, me daba más miedo que cualquier otra cosa. Prefería que me mirara con odio, o incluso con una sonrisa de burla en los labios, cualquier cosa antes que esa indiferencia. Si sobrevivía, aquella mirada me perseguiría en mis pesadillas durante meses. Creo que comencé a llorar.

- No ha sido culpa tuya – dijo -. Simplemente te encontrabas en el lugar equivocado en el momento equivocado. No te preocupes, no habrá represalias contra tus amigos.

Intenté decir algo, pero no era capaz de articular ninguna palabra. Y aunque hubiera podido, dudo que me hubiera servido de nada.

- Quien quiera ser el poseedor de Moltres… para ser el verdadero amo de una de las joyas, debe arrebatársela a su anterior propietario – recitó -. Cuando alguien gana una joya, la lealtad de ésta cambia.
- Te daré a Moltres…  Te daré a Moltres, pero no me mates, no me hagas daño…
- ¿No crees que ya te la habría quitado, después de todas las oportunidades que he tenido para hacerlo? Durante meses has dejado tu habitación sola por las mañanas, durante las comidas. Te llevo observando mucho tiempo. Si quisiera quitártela ya lo habría hecho, pero no me habría servido de nada. No funciona así. Mientras tú vivas, Dívdax, el Cristal Anaranjado no será completamente mío.
- ¡Por favor!
- Recuerda lo que tienes que hacer – me dije, ya que comenzaba a perder toda esperanza de sobrevivir.

Belazor alzó el brazo, y con él, la guadaña. Tres o cuatro segundos después, caería brutalmente sobre mi cabeza y me mataría.

- Calma, Dívdax, te vas a salvar, tú solo cuenta hasta tres… Está levantando el brazo… SE HA PARADO. ¡¡¡AHORA!!!

El tiempo pareció detenerse durante un segundo. El brazo de Belazor comenzó el letal descenso, y la hoja de su arma trazó una curva destinada a poner fin a mi historia.
Encomendé mi alma a Arceus y rodé hacia un lado. Sentí que Belazor quiso decir algo, pero su brazo no fue tan rápido como su ojo, y no pudo el ataque, tal y como yo había previsto.
Su guadaña perforó el sensor, y este liberó una descarga eléctrica que recorrió la guadaña y el brazo de Belazor. La iluminación de la sala pareció volverse loca, y me puse en pie mientras los árboles y la tierra comenzaban a desvanecerse. Por suerte, la punta de la guadaña parecía haberse quedado clavada en el sensor, lo que volvía a darme ventaja. Vi de reojo que Belazor intentaba extraerla, probablemente no tardara más de cinco segundos en lograrlo.

- ¡MALDITO CRÍO DE MIERDA! ¡VEN AQUÍ Y MUERE!
- Todavía no ha llegado mi hora – dije sin reconocer mi voz.

Eché a correr apenas encontré la silueta de la puerta. Reuní toda la fuerza que me quedaba, apunté hacia atrás con Estrella Fulgurante y clamé desde lo más profundo de mi ser:

- ¡RUINA!

Sin esperar a ver si mi hechizo había surtido efecto, eché a correr en dirección a la puerta. Oí un ligero estallido, que me hizo pensar que el hechizo había surtido efecto. Me habría gustado girarme y ver la cantidad de niebla que había conseguido crear, pero prefería salvar la vida y quedarme con la duda.
Escuché cómo el impostor extrajo al fin la guadaña de la maquinaria del sensor.

- ¡MOCOSO COBARDE!

Sin dejar que sus gritos me distrajeran, seguí corriendo hacia la puerta, de la que me separaban apenas cinco metros. Extendí el brazo para abrirla.

- ¡LACERACIÓN TRIPLE!